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Bancos y cajas

martes 31 de marzo de 2009, 06:27h
Actualizado: 11 de julio de 2009, 18:28h
Para tratar de huir del tópico, evitaremos decir que la intervención de la CCM era una intervención anunciada. Pero es así. No se trata de esta Caja en particular sino del complicado panorama financiero español con dos grandes divisiones teóricas, bancos y cajas, y dentro de cada grupo otras dos grandes, Santander y BBVA y Caja Madrid y la Caixa. Son la culminación de una pirámide que se va abriendo y disgregando cada vez más hasta llegar a pequeñas entidades a las que resulta muy difícil clasificar y que son las que, posiblemente, corran mayor peligro.

   No es lógico todo este entramado. No es lógico que con el paso del tiempo las cajas hayan abandonado su espíritu casi altruista -nacieron para combatir la usura que se cebaba en los más pobres- y sean hoy en día competencia directa de los bancos en prácticamente todo, incluidas las vajillas que regalan por depositar una nómina. Sólo se diferencian en que, mientras los bancos tienen que responder ante sus accionistas, las cajas dependen de un extraños conglomerado político-social cada vez más político y menos social.

   Las cajas pequeñas y medias han vivido estos años fundamentalmente del ladrillo en las dos direcciones: en los créditos que daban a constructores y en las hipotecas que concedían a los particulares para comprar esas casas levantadas con su dinero. Cuando estalla la famosa burbuja inmobiliaria, un buen número de cajas se ven atrapadas en los dos frentes: los constructores no devuelven los créditos porque no hay compradores y no hay compradores porque no se dan créditos. Y súmese a esta caótica situación el impago de las hipotecas ya concedidas. 

   Pero es que, además, las cajas atendían -y justo es reconocerlo aunque sea lo que se les ordena en sus estatutos- a una obra social y cultural  muchas veces discutible y otras muchas presionadas por los poderes político-sociales a los que antes me refería. El resultado de todo esto es lo ocurrido en la CCM: al final una buena parte de su capital estaba repartido en unas pocas constructoras que, llegado el momento de las vacas flacas, pincharon y dejaron al descubierto una situación financiera insostenible. Es cierto que no ha habido ni apropiaciones indebidas, ni ganancias escandalosas de directivos, ni otra cosa que no sea una gestión equivocada de la entidad. Es cierto que su presidente Hernández Moltó es un hombre parco en lo material aunque excesivo en lo verbal. Nadie parece que pueda achacarle nada negativo salvo sus "míreme a los ojos" y el convencimiento, antes de que el Banco de España interviniera su Caja, de iniciar bajo su dirección la revolucionara "tercera generación" de estas entidades. Parece que no va a ser así y aunque es necesario decir una vez más que los ahorros de sus impositores están seguros,  no sé yo cómo va a quedar el futuro del propio Hernández Moltó.

   Es hora de ajustar y definir de una vez la vieja polémica de bancos y cajas. Estos momentos de crisis deben servir al menos para diseñar un futuro mejor donde cada uno sepa que terreno es el suyo y donde tiene sus límites. Afrontar esto con rigor, estudiar la viabilidad de tanta pequeña entidad y de un número de sucursales a todas luces excesiva, racionalizar, en una palabra, nuestro sistema financiero, parece una tarea que es mejor empezar en plena crisis que aplazarla sine die hasta la próxima.
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