El boletín económico de abril del Banco de España, como valioso informe trimestral de la economía del país, merece un estudio sosegado. Son nada menos que 224 páginas de apretado texto y abrumadoras en datos que reflejan la reconocida calidad de los servicios técnicos de la entidad. Pero es inevitable un breve comentario de alcance de ese valioso documento el día en que sus contenidos han vuelto a caer como un jarro de agua fría sobre la actividad empresarial y profesional del país, porque evidencian, una vez más, que lo peor de la crisis todavía no ha pasado, que probablemente vamos a escarbar en su fondo y que el cambio de signo, el anhelado inicio de la recuperación, está lejos y difícil. En un par de días comprometemos al lector un análisis metódico y en profundidad del importante informe.
De momento, si hace pocos días sabíamos oficialmente que el desempleo ha alcanzado, en España, cotas inéditas en los registros estadísticos del país, hoy hemos conocido que la contracción de nuestra economía se mueve, igualmente, en tasas máximas en las estadísticas disponibles de la contabilidad nacional. En estas condiciones, cualquier optimismo, por infundado, no sólo no ayuda, sino que puede convertirse en palanca de profundización de la crisis.
Los elementos no ofrecen novedades por sobradamente conocidos y comentados en las últimas semanas: caída más que significativa del PIB –sin que sirva de consuelo el comparativo con la tremenda caída en Estados Unidos, que sólo nos dice aquello tan sabido de que “
la fe sin hechos está muerta”, y que no se mueven montañas sólo con palabras y eslóganes–, pronunciada reducción de la demanda nacional –nada menos que el 4,9% respecto al trimestre anterior, según el citado boletín del Banco de España–, fuerte redacción del consumo de los hogares, acentuadamente en bienes duraderos, y ello a pesar del significativo descenso de la inflación y de los tipos de interés, lo que hace cobrar aún mayor significación al dato.
El resto lo saben los lectores por la información que reciben día a día: sigue el retroceso de la inversión en bienes de equipo y se acentúa la crisis del sector inmobiliario, sin que las facilidades de crédito, la caída de precios reales en el mercado y la reducción del coste de las hipotecas, consiga dar salida al creciente número de propiedades, tanto de segunda mano como de obra nueva, disponibles. Se ve llegar, ya inexorablemente, una seria crisis del turismo, lo que agravaría el estado de conjunto de la economía española. Ni siquiera los sectores agrario y pesquero, razonables refugios de estas fases negativas del ciclo, se libran esta vez de caídas algo más que acusadas.
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En definitiva, el prestigioso y riguroso análisis del Banco de España, con su excepcional y lógica capacidad de información y evaluación de los datos reales, confirma lo que la mayoría de los analistas vienen advirtiendo en las semanas recientes: la situación económica no sólo no mejora, sino que es previsible todavía un agravamiento antes de que empecemos a ver una lucecita al final de un por otra parte muy largo túnel. El optimismo siempre es agradable, pero en circunstancias como las actuales, con más de 4 millones de parados y cerca de un millón de familias en la indigencia por carecer de trabajo todos sus miembros, el optimismo infundado puede ser no ya inmoral, sino peor.
Los españoles merecemos que se nos diga la verdad, como lo hacen sin duda el Banco de España y organismos menores, pero prestigiosos, como FUNCAS, el IEE y otros varios. Pero no lo hacen, no nos dicen la verdad, los políticos que se encuentran al frente de la toma de decisiones. Y esto último, que en toda ocasión sería reprobable, es un auténtico crimen cuando ya es inevitable reconocer que la economía española está entre la recesión y la depresión, que el paro está fuera de control y que ni siquiera hay certeza íntegra respecto a subsidios y pensiones, y que falta un largo tramo por recorrer –no menos de tres o incluso cuatro años en nuestro país– hasta que podamos respirar con el alivio de la siguiente fase expansiva.
En todas partes –en la calle, en las empresas, en las colas del INEM– se escucha lo mismo: una ardiente reclamación de que las fuerzas políticas pospongan sus pequeñas querellas a las dramáticas exigencias del momento, y que tengan nada más, ni nada menos, que la misma grandeza que todas las fuerzas políticas y sociales tuvieron en aquellos terribles años setenta, cuando acudieron sin fisuras al llamamiento de La Moncloa para concertar, desde las aportaciones y el compromiso de todos, el pacto que puso, con visible éxito, los intereses generales por encima de las conveniencias de particulares y de grupos. Claro que, todo hay que decirlo, el inquilino de La Moncloa era entonces nada menos que
Adolfo Suárez. Todavía está a tiempo
Rodríguez Zapatero de hacer su propia elección entre seguir siendo un pequeño jefe de partido o ser un gran presidente de Gobierno. Pero el tiempo se acaba. Seguro que la mayoría de los españoles, incluso los no socialistas, celebrarían que optase por lo segundo.