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A contracorriente. Quiero ser como Otegi

A contracorriente. Quiero ser como Otegi

jueves 22 de marzo de 2007, 20:53h
Actualizado: 19 de septiembre de 2007, 18:32h
A diferencia de la película de Gurinder Ghadha, no quiero ser como Beckham. Consciente de mis limitaciones, me conformo con ser como Arnaldo Otegi.
Si algún día tengo un tropiezo con la justicia, me gustaría ser tratado como él, no como esos pobres adolescentes a quienes por un hurto menor les cae un saco de años. El dirigente abertzale, en cambio, con condenas en firme, sentencias recurridas en interminables procesos de casación, juicios repetidos y otros en curso de ejecución, entra por una puerta del juzgado y sale incólume por otra.

En mi caso, sé que por mucho menos ya estaría pasando el recuento carcelario cada noche. Y, eso, aunque me hubiese presentado por mí mismo al tribunal, ahorrándoles a los contribuyentes el desplazamiento en un avión especial y los jornales de un montón de funcionarios.

En estos asuntos, como en otros, el señor Otegi nos saca varios codos de ventaja a los demás mortales. En primer lugar, porque él es menos mortal, al no afectarle la acción armada de ETA que, según acaba de afirmar, “lucha porque considera que en estos momentos no existen condiciones democráticas” para su proyecto. Pobrecita ella.

Y es que el representante de la ilegalizada Batasuna, al hablar de estas cosas, no hace apología del terrorismo, no, como tampoco en el homenaje a Olaia Castresana, fallecida al preparar la bomba que iba a explosionar, sino que el suyo no es más que el elogio fúnebre “a jóvenes valientes que han perdido la vida en el conflicto”. De otros jóvenes, de los asesinados por los congéneres de Olaia, no dice nada. Su pérdida, seguramente, debe ser considerada inevitable según el “proyecto independentista democrático”.

 Para el citado Otegi, como exculpación de sus soflamas sucesivas —y de las que realizan Pernando Barrena, Joseba Permach y otros—, todas ellas sólo constituyen la “actividad política que se me supone”. O sea, la de actuar como portavoz de un grupo ilegal, es decir, la comisión continuada de un delito. Y lo dice tan fresco.

Pero hace bien, qué quieren que les diga. En un próximo futuro, nuestro hombre volverá a tener acta de diputado, sus gentes estarán en las diputaciones forales y en las kutxas y recibirán sueldos y sinecuras públicas. Más adelante, su nombre designará a calles y a plazas y en algunas hasta habrá bustos suyos. Y no me digan que eso no es posible en una sociedad en la que personajes como Josu Ternera y Jon Salaberria pasan como si tal cosa del parlamento vasco a ETA, en siniestro viaje de ida y vuelta.

Comprenderán, entonces, por qué uno, puesto a elegir, preferiría cualquiera de los privilegios de Arnaldo Otegi a todas las prebendas de David Beckham. Aun así, me temo, uno no tendría suficiente estómago para aceptarlo. 
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