Cuando celebraba su triunfo electoral, el presidente Correa prometió la radicalización del socialismo: en la nueva etapa de su Gobierno, se propone profundizar los cambios emprendidos en los dos años precedentes. No obstante, el contenido de esa radicalización es impreciso: cuáles son los cambios que pretende profundizar, qué significa para el país esa noción ambigua de socialismo del siglo XXI, acerca del que uno de sus inspiradores, el alemán Hanz Dietrich, declaró que "es un proceso en construcción", y cuál es, en concreto, la propuesta de cambio para los próximos cuatro años.
Por supuesto, resulta loable la preocupación social del primer mandatario, pero no es suficiente como contenido programático el plausible anuncio de "la opción preferencial por los pobres", principio general compartido por muchos sectores de la Iglesia latinoamericana después del Vaticano II y la Segunda Conferencia del Episcopado Latinoamericano que se efectuó en Medellín en 1968.
Como señaló el Análisis de este Diario del pasado lunes, hasta ahora ese socialismo del siglo XXI ha sido un conjunto de acciones para regular ciertas prácticas de los actores en el mercado, mayor inversión pública, una ambigua política de control de los recursos naturales; aumentos en el gasto social del Estado y un reforzamiento del poder estatal. Además, se ha caracterizado por una actitud hostil hacia grupos empresariales y una política comercial reacia, por razones ideológicas, a la apertura comercial con los mercados más improtantes para el Ecuador.
En realidad, en beneficio de los cambios que necesita el país, es necesario que el Gobierno señale con claridad en qué mismo consiste la radicalización a la que se refirió el presidente de la República y cómo esta ayudará para afrontar la difícil situación a la que ha llevado al país el manejo de la economía en los más de dos años de Gobierno, agravada por la crisis económica internacional.