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La excelencia

miércoles 13 de mayo de 2009, 18:21h
Actualizado: 19 de mayo de 2009, 12:59h
Los políticos son expertos en utilizar estrategias dialécticas para inyectar ideologías, ideas y valores (por ese orden) a cucharadas en los mensajes que transmiten a la sociedad. La más sencilla consiste en hablar bien clarito a un electorado que no acostumbra a leer entre líneas más que lo necesario. ¿Perogrullo? No y lo explicaré. Me refiero a las palabras que dicen los políticos que sí significan lo que tienen que significar y que no están allí por casualidad, sino porque hay que transmitir valores con los que 'educar' en un camino determinado a los ciudadanos. Por ejemplo, llama la atención cómo se está implantando en el discurso de los gobernantes regionales la filosofía de la excelencia.

Según la Real Academia Española de la Lengua, la excelencia tiene dos significados: "Superior calidad o bondad que hace digno de singular aprecio y estimación algo" y "Tratamiento de respeto y cortesía que se da a algunas personas por su dignidad o empleo". De por sí, el término es un concepto positivo al que hay que tender y que en cualquier ideario que se precie debe estar presente. Lo curioso es de dónde parece proceder esta manía por la excelencia. La mayor parte de los políticos madrileños han recibido o han tenido relación con la educación jesuita, que encuentra en este concepto una de sus bases educativas.

El alcalde de Madrid y ex presidente de la Comunidad, Alberto Ruiz-Gallardón, estudió (al igual que Rodrigo Rato y José María Álvarez del Manzano) en Nuestra Señora del Recuerdo, colegio jesuita de Chamartín. La excelencia es su palabra fetiche. La usa en los buenos discursos. Siempre en positivo. Cuando ocupaba el sillón regional creó la marca de calidad 'Madrid Excelente', con la que se avala la calidad de gestión y el compromiso social de las empresas regionales. Posteriormente, como primer edil, trasladó estos valores a las candidaturas olímpicas de Madrid 2012 y 2016. Además, el Consistorio promociona la Villa a través del equipo de baloncesto de la universidad estadounidense de Georgetown, centro católico gestionado por estos religiosos en el que, por cierto, realiza sus ponencias José María Aznar.
 
La presidenta regional, Esperanza Aguirre, no estudió en un centro jesuita. Asistió al colegio de la Asunción (gestionado por las religiosas seguidoras de la beata francesa María Eugenia de Jesús) y al Instituto Británico. Su relación con la compañía de Jesús viene a través de la familia de su marido, Fernando Ramírez de Haro, conde de Murillo. Aguirre salió en defensa de la causa de esta organización cuando su cuñado Íñigo Ramírez de Haro presentó en el Círculo de Bellas Artes la polémica obra 'Me cago en Dios', en la que narraba su visión sobre la educación católica que recibió en el colegio jesuita en que estudió. La presidenta aludió a que ofendía "sus sentimientos más profundos". La jefa del Ejecutivo regional, reforzó también la idea de la excelencia creando unos premios a tal efecto en 2007.

La presidenta y el alcalde no son los únicos que sacan a pasear la excelencia en sus intervenciones. El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, habla de excelencia habitualmente. La usa para un roto y un descosido y eso que estudió en el Colegio de las Discípulas de Jesús de León (no jesuita) y en el Colegio Leonés. Cuando no es para hablar del premio Príncipe de Asturias a Rafael Nadal lo hace para comentar la tarea de la policía científica. El presidente del PP, Mariano Rajoy (que estudió en los jesuitas de León), se refirió a ella, por ejemplo, en un campus de FAES como eje principal de la reforma educativa que proponen los populares. El ministro de Industria, Miguel Sebastián, habló de crear modelos y redes de excelencia para el sector rural o la sociedad de la información. El secretario general de los socialistas madrileños, Tomás Gómez, que estudió en colegios públicos de Parla, la esgrimió al hablar de la calidad educativa del colegio Mirasierra para evitar que lo tiraran abajo. Y así podríamos seguir durante mucho tiempo.

La excelencia es uno de los pilares básicos de la compañía de Jesús. Según José Ignacio Rodríguez, delegado de educación de la provincia jesuita de Castilla, "el concepto de excelencia proviene de los 'Ejercicios Espirituales' de San Ignacio con su característico 'magis'. Ese concepto pide que el sujeto se movilice hasta lo más y lo mejor en todo, con lo que despliega todas sus potencialidades, pero ello debe ser sin voluntarismos que quebranten al sujeto, que le distorsionen. Lo más y lo mejor siempre, pero a la vez con un sentido profundamente paciente y comprensivo, 'lo que descansadamente se pueda llevar'. Se trata de mantener dos polos en tensión: el idealismo de llegar muy lejos, tan lejos como sea posible, y el realismo de sus posibilidades". Para el religioso, "en educación eso tiene una traducción en la excelencia educativa, que no debe ser nunca confundida con excelencia académica (de los resultados en notas de materias), pues eso es solo una parte, una dimensión. La excelencia en educación o es excelencia humana, integral, o para nosotros no es excelencia".

En ese sentido, la excelencia integral del jesuita se articula en cuatro factores educativos: la competencia (buena preparación para la vida), la consciencia ("de las cualidades, y del mundo de bondad y de injusticias que nos rodea", comenta), la compasión ("con sentimientos que empatizan con la situación de los otros") y el compromiso ("la realidad nos moviliza para jugárnosla por cambiar el estado de cosas a mejor para todos").

El problema de la buena educación es que casa poco con la mala política. Esta última tiene la costumbre de utilizar las palabras vaciándolas de valores en su ejercicio diario, cuando debería ser el ejemplo de los mismos. Por eso, es difícil que las utilicen sin pervertirlas. La imagen ética que contempla el ciudadano de muchos de sus representantes es que la competencia en política es salvaje, que el compromiso sólo moviliza cuando está garantizada su rentabilidad, que a pesar de la consciencia se manipula la información para presentar una realidad maníquea, y lo más grave: que rara vez se percibe que los políticos tengan un atisbo de empatía con la situación de los que más lo necesitan, a pesar de que se esfuercen porque eso parezca. Quizás por estas razones, antes de trasladar conceptos como la excelencia a la sociedad, más de un político (y aquí hay para dar y tomar en todos los grupos) debería desempolvar aquello que le decía su abuelita, su párroco, su maestro o su padre de pequeños, con respecto a la decencia y los valores, y aplicarlo en su trabajo diario. Por desgracia, si lo hiciera, seguro que no le luciría mucho el pelo.
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