'El hermano pequeño', es Poe y es Agatha Christie
Ración doble de clasicismo y modernidad en la nueva novela negra de Guelbenzu
jueves 05 de mayo de 2011, 17:58h
Actualizado: 06 de mayo de 2011, 10:05h
Uno de los grandes/grandes de nuestro panorama literario, José María Guelbenzu, tiene nueva y afortunada obra. Que paradójicamente se titula 'El hermano pequeño', un relato que combina con maestría las dos grandes líneas del género policíaco: la clásica novela de enigma que inaugura Allan Poe (ésta contiene un guiño a uno de sus cuentos clásicos, 'La carta robada') y continúan Conan Doyle y Agatha Christie: y la novela negra moderna, con su análisis social. Esto último está presente en 'El hermano pequeño', con su retrato del mundo rural, las fuerzas vivas de una ciudad de provincias y la sospecha de la connivencia de algunas instituciones con esas fuerzas vivas.
La resolución, por supuesto, contendrá varias sorpresas. En eso, José María Guelbenzu se mantiene fiel a un género, que, por otra parte, transgrede en algunas de sus convenciones. Si en algún título anterior del ciclo, el asesino se conocía desde las primeras páginas (la intriga residía en conocer el móvil y en saber si sería detenido), en 'El hermano pequeño' se descubre quién es el asesino cuando éste ya ha escapado. Lo que también descubre Mariana de Marco es que el único personaje interesante del drama al que acaba de asistir es la víctima.
La juez Mariana de Marco, bien conocida ya de los lectores por las varias novelas de J. M. Guelbenzu en las que ha aparecido, está en la ciudad de G…(una importante villa del Cantábrico), donde ocupa una plaza en un Juzgado de Instrucción. La tarea de instruir un caso se parece mucho al trabajo tradicional de los detectives, así que la juez (así la llama siempre el autor; no jueza), aficionada a desenredar misterios, está más en su salsa que nunca.
Y en las primeras páginas, como cumple al género, aparece un cadáver. Es el de una mujer joven, con señales de violencia y las manos cortadas. La brutalidad de este último detalle es especialmente sorprendente, toda vez que la presunta finalidad del hecho (dificultar la identificación de la asesinada) se revela inútil enseguida; se trata de una mujer de la ciudad a la que muchos pueden reconocer.
La mujer, Elena, había trabajado como modelo erótica, actividad que había dejado tras una especie de conversión religiosa, para retirarse a la ciudad de G…, donde llevaba una vida apacible, casada con un hombre tranquilo y más bien apocado. Por cierto, que la investigación del pasado de la mujer entusiasma a los miembros de la policía judicial, que tienen que revisar las páginas de las revistas en las que ésta aparecía.
El pasado de Elena, lógicamente, no les gustaba nada a sus suegros, gente de campo más bien hosca, con mucha retranca y que “pueden salir por mal sitio”, como le avisa a Mariana de Marco el inspector de policía; “gente –se dice en la novela- de pocas palabras, más inclinadas sobre la tierra que sobre los humanos”.
El suegro, concretamente, trabaja en una finca colindante, a las órdenes de una especie de cacique moderno, Montclair, un tipo prepotente, encantado de haberse conocido, pero que también puede encantar a los demás si se lo propone. La finca está guardada por un vigilante con cara y actitud de pocos amigos, que –“incapaz de entablar contacto con la especie humana para cualquier otra cosa que no sea el alejamiento”- echa con cajas destempladas a quien se acerca a husmear. Con lo que todo el mundo sospecha que en esa finca se oculta algo misterioso.
Un crimen de brutos
Con casi ninguna pista sólida (porque “es un crimen de brutos”, pero, en cuanto a las pistas, parece obra de “un asesino exquisitamente profesional”), Mariana empieza a instruir el caso, rodeada de un inspector que “está hecho un borde”, un comisario “duro y altivo” y un juez decano que es “un corrupto y un rijoso”. Unos prepotentes a los que no está dispuesta a bailarles el agua porque no se ha metido a juez “para agradar a nadie, sino para hacer cumplir la ley” (también –dice en otro momento- “para intentar que la justicia sea un contrapeso a la incertidumbre”). De modo que prefiere “ser muy seca y cortante a ceder terreno y luego tener que recuperarlo”.
En esas circunstancias e investigando como quien tantea en la oscuridad, la vida personal de la juez se ve sacudida por la llegada de su hermano pequeño, del que lleva años sin tener noticias. Éste aparece como uno de esos conseguidores simpáticos, que se mueven en el límite de la ley y a los que, alguna vez, se les acaba la correa y acaban en la cárcel. La repentina e inesperada aparición, con todo lo que remueve de recuerdos y conflictos familiares, se cruza como un obstáculo en el camino de Mariana.
Entretanto, el comisario jefe y el juez decano se plantean quitarle el caso con la excusa de que la instrucción no avanza como es debido, aunque el lector pueda sospechar que la razón es justamente la contraria.
Mariana, fiel a su costumbre, se acaba involucrando en el caso más de lo que debiera. Como ella misma dice, “por muy objetiva que pretenda ser aplicando la ley, no puedo dejar pasar la vida con indiferencia por delante de mí; y eso es lo que transcurre diariamente por el despacho de un juez: la vida; la vida llena de gente”. Y acaba metiéndose en la boca del lobo al establecer una relación mucho más cercana de lo recomendable con Montclair.