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El verdadero dilema del 15-M

Estoy verdaderamente sorprendido, no por el surgimiento de la plataforma Democracia real ya, sino por el desconcierto que está causando entre buena parte de los comentaristas y políticos, especialmente entre los que peinan canas. Pareciera que se enteraran hoy de que en España hay un segmento de minorías activas críticas que, en determinados momentos, pueden canalizar el descontento social. ¿Será posible que hayamos olvidado que desde el inicio de la transición dichas minorías nos acompañan bajo diferentes expresiones? Como acertadamente se ha señalado, antes de este hubo otros movimientos, hasta llegar retrospectivamente a la muerte de Franco y las primeras elecciones, cuando se expresó la politización en partidos de extrema izquierda, con una apreciable fuerza movilizadora, pero con poco apoyo electoral. ¿Dónde está la sorpresa? En toda Europa estas minorías activas han existido y existen, fundamentalmente formadas por jóvenes, que de forma intermitente dan algunos sustos a los partidos mayoritarios. La otra cosa que me parece chocante es esa actitud de los columnistas maduros respecto de estos movimientos. Por un lado, están los que rechazan estas expresiones, tildándolas de antisistema, extremistas, quebranta leyes, etc. Por el otro, los que declaran todo su amor a primera vista, con estos jóvenes idealistas y valientes, que son capaces de expresar el malestar de todos nosotros. Parece que ya nos comienza a costar hacer el esfuerzo por mirarlos de frente y considerarlos ni más ni menos que interlocutores válidos. Ni rechazo ni halago, simplemente entendimiento, escucha y deliberación democrática. Y deliberación no consiste en dar al interlocutor la razón como si fuera incapacitado o bisoño. Significa examinar sus argumentos con juicio crítico. Por ejemplo, debe quedar claro que no es lo mismo la movilización social que el ejercicio de elecciones libres. Por ello, cuando se asegura que las movilizaciones de Democracia real ya significan que “el pueblo está arrinconando a los políticos”, debería preguntarse de que proporción del pueblo se está hablando. No debe caerse en el espejismo de considerar la movilización de miles de personas con la “representación” de un pueblo de decenas de millones, que, por cierto, va a expresar su voluntad en elecciones libres y democráticas. Tampoco es aceptable considerar que los males de nuestra democracia son producto exclusivo de la clase política, como si el conjunto de la sociedad pudiera considerarse víctima inocente. La idea de que el bipartidismo alejado de la ciudadanía es una construcción de los políticos no resiste el menor análisis. La votación mayoritaria hacia el PSOE y el PP es un producto directo de la sociedad española y si esa sigue siendo la decisión mayoritaria el día 22 de mayo, habrá que respetarla. Son las y los españoles quienes votan libremente y si no les gusta lo que hacen PSOE o PP pueden hacerlo a favor de otras ofertas políticas, pero si votan a los partidos mayoritarios ello será producto de su leal saber y entender. Eso de que el pueblo es inteligente y bruto al mismo tiempo es poco creíble. De igual forma, sobre todo cuando se hacen comparaciones forzadas entre lo que aquí sucede y lo sucedido con la primavera árabe, debe quedar claro que, así como realizar movilizaciones sociales para abrir el camino hacia elecciones limpias es un acto democrático, usar la movilización social para entorpecer el libre ejercicio del sufragio universal es todo lo contrario. Por otra parte, la deliberación también debe estar acompañada de un esfuerzo real por entender al interlocutor y sus deseos. Pues bien, si se realiza ese esfuerzo (mejor si  se hace mediante una visión comparada) es posible apreciar el verdadero dilema que enfrenta el 15-M. Dependiendo de sus propias acciones y decisiones, este movimiento encara dos perspectivas posibles. Una de ellas, consiste en permanecer como una minoría activa crítica que, cual Guadiana, emerge de forma intermitente para facilitar la expresión de un determinado descontento social (algo que viene haciendo desde la transición). La otra perspectiva es la de convertirse en un movimiento social más estable que llegue a modificar la clase política en la dirección que le interesa. Ello puede suceder produciendo indirectamente un cambio del abanico partidario o directamente mediante la conversión en fuerza política que modifica ese abanico. Un ejemplo de esto último es el caso de los verdes alemanes, que surgieron como movimiento social con un discurso antisistema y hoy, sobre todo después de la catástrofe de Fukushima, están recibiendo el apoyo masivo de la sociedad alemana. Pero, para llegar a ser capaces de modificar directamente la clase política, el movimiento social debe saber avanzar interpelando sin romper con las reglas básicas del juego democrático, protestando sin llegar al enfrentamiento violento. En breve, esta perspectiva refiere en buena medida a su propio funcionamiento en una sociedad democrática. Y no está claro por qué razón no podría producirse aquí la ósmosis social y política que se ha producido en otros lados. Desde luego, la clave del éxito parece consistir en mantener de forma prolongada la capacidad de convencimiento de la ciudadanía para que apoye distintas ofertas políticas de las actualmente existentes. En esto consiste precisamente el desarrollo de la vida democrática.   (*) Enrique Gomáriz es periodista - Lea también: Rubalcaba, inesperado protagonista de la recta final de las elecciones: ¿permitirá las concentraciones?
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