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Lecciones libias

Lecciones libias

¿Dónde está el pueblo entonces? ¿No son suficientes las imágenes para saber cuál es el pueblo. En una ciudad que a cualquier venezolano adulto le recuerda la Caracas de la primera semana de marzo de 1989: huellas de saqueos por doquier, abastos y tiendas cerradas y de pronto, tímidamente algún pequeño negocio abriendo una de sus puertas con extremo cuidado; los libios intentan reestructurar una vida normal. Es ya pasado el mediodía en Trípoli, y en una tienda que venden cualquier cosa que se pueda comer, un joven negro, risueño en medio de la tragedia, maneja la caja del establecimiento, mientras no dejan de entrar variados parroquianos a ver qué consiguen. La periodista de la BBC indaga sobre cómo están llevando la situación, así se entera que mantienen discretas guardias por si aparecen partidarios de Gadafi. Definitivamente los libios -unidos hoy por el odio intenso a Gadafi, su familia y sus esbirros- no terminan de hacerse a la idea de que ya la dictadura colapsó, de que no hay modo que levante cabeza. De pronto, la periodista repara que un loro blanco desde su jaula contempla lo que está pasando y no puede evitar preguntar: ¿habla? Rápido el encargado, en medio de las risas de los parroquianos, responde: "No, no. No habla" y con picardía añade, "Ahora, que ya no está Gadafi sí que hablará ¡y mucho!". Donde ni los loros tuvieron oportunidad alguna fue en la sede de los grupos paramilitares que respaldaban al tirano y su familia. Allí las escenas son verdaderamente dantescas: al igual que en los peores momentos de Bosnia, cientos de prisioneros recogidos por los esbirros, fueron ametrallados de modo inmisericorde. Definitivamente Gadafi, sus hijos y esta tropa de desalmados no tiene otro destino -benigno destino, después de todo- que el Tribunal Penal Internacional de La Haya. Ante las escenas de horror que las cámaras recogen, ante el llanto convulso de hombres y jóvenes, un venezolano no puede sino sentir un asco metafísico ante las obscenas declaraciones de quien funge de Presidente de su país, quien se ha atrevido, en público y ante las cámaras, a confundir el pueblo libio con bandas de criminales de la peor ralea. Ha hecho algo ante lo cual incluso Mugabe y Lukashenco han mantenido un prudente silencio. Su voz obscena se ha dejado oír: sola, estentórea y machacona para defender al asesino. ¡Que Dios lo perdone! Pero es que llevamos semanas y días en que no hacemos otra cosa que ver a jóvenes, en chancleta y ropa barata, con armas de fuego, arriesgando su vida para desalojar al asesino del poder omnímodo que hasta ahora tuvo. ¿Dónde está el pueblo entonces? ¿Es que no son suficientes las imágenes para saber cuál es el pueblo? ¿Es que no termina de entender que la ideología perversa que le hace ver lo que nadie ve e interpretar lo que solo él entiende así, es una ideología que muy pocos venezolanos comparten, gracias a Dios? Aquí hay, además, una importante lección para los venezolanos: esos jóvenes, que de momento han abandonado trabajo, estudios y la seguridad de sus hogares, no han conocido otra cosa que a este payaso enloquecido, no han oído otra cosa que la verborragia aturdidora del fulano Libro Verde y toda esa paja en la que el régimen gastó plata y energía. Nada de eso, llegado el olor de la llamada "primavera árabe", pudo impedir que las ansias de libertad se sobrepusieran y que durante seis largos meses llevaran adelante esta magnífica gesta. Quienes tiemblan, entonces, por una fulana "ideologización" -que ya Cuba abandona aceleradamente- aparten temores y angustias. Nada de eso impedirá que la gente vea las cosas como son y llegado el momento, actúen todos como sus dignos antecesores: cumpliendo palabra a palabra lo que el Himno Nacional nos impone a los venezolanos. No dejará de haber algún "antiimperialista" que esgrima el hecho de la ayuda de la OTAN para impedir la matanza de inocentes, que el propio Gadafi no cesaba de ordenar a sus esbirros, como la razón última del derrumbe del régimen. Que eso sea un hecho innegable no impide -todo lo contrario- el que se dé un gran peso a las "razones": en el mundo de hoy, permanecer impávidos ante la repetición de las matanzas de Srevenica en Yugoslavia, y en la primavera ruandesa de 1994 ya no es posible. ¿Se atrevería alguien a proponer que eso es algo lamentable? Lo que sí es algo luminoso de este momento es el heroico testimonio de los jóvenes libios, quienes no la tuvieron fácil; y el que, de continuo realizan los sirios, que conocen la naturaleza del régimen y de lo que es capaz. Para ellos nuestra simpatía y nuestra solidaridad. [email protected]
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