martes 16 de octubre de 2007, 20:07h
Actualizado: 18 de octubre de 2007, 07:17h
Si hay algo que destacar de la reunión de esta mañana entre José Luis Rodríguez Zapatero y el lehendakari Juan José Ibarretxe es que, ni en su convocatoria, ni en su desarrollo, ha existido trampa ni cartón. Los papeles de ambos antagonistas ya estaban escritos y repartidos de antemano. No es que fuese un diálogo de sordos, pero presidente y lehendakari se limitaron a decirse lo que todos ya conocíamos. El lehendakari quiere convocar un referéndum no vinculante sobre la autodeterminación. Ni la Constitución ni el Estatuto vasco en vigor lo contemplan. Punto y seguido, que así es la política. Ni se ha roto España ni se ha hundido el Goierri.
Es en las filas de la oposición donde hay truco. El Partido Popular que, entre otras lindezas, acusa a Zapatero e Ibarretxe de haber escenificado un acto electoralista, tiende la prevista y previsible trampa farisea, esa disyuntiva que obliga al interrogado a retratarse y quedar fatal. Es lo que ha hecho, no Mariano Rajoy (que se ha apuntado el tanto de presumir de que Zapatero le ha dicho al lehendakari lo que él, Rajoy, le había dicho públicamente que dijera), pero sí Eduardo Zaplana, en sus habituales funciones de vocero popular. “Si iba a decirle que no a Ibarretxe, ¿por qué le recibe?” vino a decir Zaplana, para tirar luego del habitual argumentario genovés de que aquí hay gato encerrado, etcétera, y que después de las elecciones generales de marzo de 2008, el pérfido Zapatero acabará pasándoles a los nacionalistas todos sus caprichos rompespañas. Es un discurso que, aunque aburra a las ovejas por manido, acaba dando sus frutos mediáticos, ahora que el aire otoñal no es que huela, porque atufa a electoralismo. Es el momento en el que los dos grandes partidos españoles, los que juntos concentran algo así como el 80% de los votos, necesitan arrimarse a sus árboles mediáticos para encontrar buena sombra y mejor cobijo bajo sus ramas.
Ya estamos pues en el círculo infinito: los políticos calientan a los medios afines, quienes, a su vez, calientan a los políticos, aunque no siempre a gusto de estos últimos. (Recuérdense las recientes collejas que Juan Luis Cebrián propinó a Rodríguez Zapatero). Es la otra trampa farisea que se nos tiende a los periodistas, que somos como la loncha de chopped entre la dura rebanada superior de nuestras empresas y la no menos dura rebanada inferior de nuestra ética profesional.
¿Se puede salir de esta trampa? Bueno, cuentan en los Evangelios (Mateo, 22, 15-22; Marcos 12, 13-17; y Lucas, 20, 20-26) que Cristo se salió de ella y no por la tangente, precisamente: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. O sea que habrá que dar a la verdad lo que les corresponde, pese a que los periodistas no somos Cristo, aunque se nos crucifique con la misma saña que a Él.