"Aquí no matamos perros, matamos collas. Viva la Nación Camba” (Graffiti en la ciudad de Santa Cruz). “Así van a sufrir los perros de la ‘media luna’” (Grito de enardecidos “ponchos rojos” al degollar dos canes en Achacachi —La Razón, 23-XI-07—).
El profundo odio entre sectores de la sociedad boliviana se origina en la conquista que no exterminó a todos los indios, como hicieron los ingleses en Norteamérica, porque eran irremplazables en los infernales socavones potosinos. El 6-08-1825 nació un remedo de República, gobernada por continuadores del coloniaje, encomenderos y saqueadores de minas, de la que se excluyó a los aborígenes (90 por ciento de la población).
Los españoles, al no traer a sus mujeres al Alto Perú, generaron un mestizaje que se fortaleció en el tiempo. Contingentes indígenas protagonizaron heroicas rebeliones, como la de Tupaj Katari, en 1781, que pese a ser anterior a la Revolución Francesa, es ignorada por el eurocentrismo. Mestizos e indígenas combatieron en la Guerra de la Independencia. El mestizo Andrés de Santa Cruz fue presidente de Perú, Bolivia y de la Confederación de ambos países. Aymaras y quechuas respaldaron al presidente Belzu y fueron el corazón de la resistencia al Gobierno de Melgarejo, quien encabezó el asalto a las tierras de comunidad.
La historia de Bolivia es la historia de indomestizos e intelectuales por construir un Estado nacional incluyente. Con luces, sombras y traiciones, como la del general Pando a Pablo Zárate Willca, como la mezcla de sangres de todas las regiones en las guerras internacionales, como la defensa del patrimonio nacional de Busch, como el congreso indigenista de Villarroel, como la cuota de sangre de la guerra civil de 1949 y como el suceso central de la historia, la Revolución del 9-04-52, se busca estructurar la bolivianidad.
Infelizmente, el nacionalismo visionario de Montenegro, Céspedes, Almaraz y Zavaleta se convirtió en su antítesis con Sánchez de Lozada, luego de pasar por el pragmatismo de Paz Estenssoro, que terminó respaldando al gonismo neoliberal. Las nacionalizaciones del petróleo de Toro, Ovando y Evo Morales, el despertar del cholaje encabezado por Carlos Palenque, las reivindicaciones autonomistas y el indigenismo insurgente son los nuevos actores del drama nacional.
Evo hereda el pasado de un país dividido por el odio, pero con aportes de heroísmos y esperanzas. Los bolivianos podemos unirnos, como ocurrió en la épica batalla de Villamontes, que impidió el descuartizamiento del territorio, o ahondar nuestras diferencias, como ocurre con el proyecto de subdividirnos en 36 naciones y con enfrentamientos entre citadinos y gente del campo. Lo anterior pasa por terminar con la exclusión indígena, revalorizar nuestras culturas milenarias, como lo hace la nueva Constitución del MAS, pero sin destruir las bases de la convivencia nacional. El autonomismo es positivo, pero no es casual que Sergio Antelo, ideólogo de la Nación Camba, llame al Estado boliviano “Estado Canalla”, coincidiendo con el fundamentalismo indigenista.
Detrás del “graffiti” de Santa Cruz están las petroleras y terratenientes racistas. Detrás de los degolladores de Achacachi se encuentran decenas de ONG financiadas por el imperialismo. Lo importante es que la idea de Patria ha sido arrebatada por el pueblo indomestizo de manos de los constituyentes impostores de 1825 y ese pueblo sabrá defenderla con el coraje de nuestros mártires que nos encargaron defender la unidad nacional.
*Ex Ministro de Hidrocarburos y Energía
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Tomado de la edición de La Prensa 06/01/2008