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Sueños grandilocuentes

viernes 11 de enero de 2008, 13:53h
Me podía haber dado por hacer lo que se prepara para la noche anterior a la llegada de los Reyes Magos en los hogares de todo el planeta en los que previamente se ha producido un gasto necesario para obtener el regalo deseado. En vez de escribir la carta a Sus Majestades en el plazo establecido y más tarde dejar cáscaras de manzana y/o mandarina junto a la ventana por la que supuestamente llegarán los camellos de los Magos de Oriente para entregar el objeto de mis deseos, pasé de todo y no hice nada de lo que debería de haber llevado a cabo.

Me limité a meterme en la cama, la noche del 5 de enero, lo más pronto posible, de acuerdo con  las reglas establecidas, y, sin darme cuenta, entré en un profundo y placentero sueño del que salí escaldado y muy mosqueado. Los primeros trazos del viaje onírico dibujan mi presencia en una reunión de consejeros de Caja Madrid en la que se analizan asuntos económicos que me suenan a chino. Se discuten las nuevas inversiones de la entidad crediticia madrileña y de nuevo no entiendo nada.

En la reunión somos muchos: unos elegidos por el PP o la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, otros por el PSOE,  con  o sin el beneplácito del presidente del Gobierno de España, el socialista José Luís Rodríguez Zapatero, y otros de la cuerda de IU, no sé si con el apoyo de Gaspar Llamazares o sólo de Ángel Pérez. También hay personas que están donde yo estoy en sueños que dicen tener un cargo  como el mío porque les ha colocado su sindicato o su asociación de empresarios. En definitiva, todos colocados y bien colocados porque algún sindicato, partido o patronal ha pensado en ellos para defender en el Consejo de Administración de Caja Madrid sus distintos modelo de gestión empresarial y financiera.

De pronto, mi  sueño entra en  una nueva etapa, quizá coincidiendo con la fase REM (Movimiento Rápido de los Ojos, por sus siglas en inglés Rapid Eye Movement) de profunda penetración en el subconsciente,  en la que identifico rostros y situaciones. A lo lejos, oigo que la discusión se centra en la posibilidad de que la entidad crediticia compre acciones de una empresa ligada a la producción de programas televisivos llamados basura, en unos momentos en los que la clase política en general se muestra contraria a estos contenidos en los que el morbo, el mal gusto y la insidia se mantienen en su estado más puro y salvaje.

Recuerdo el careto de los consejeros haciendo como que esto no iba con ellos y pasando de parecer proclives a invertir en algo que sus partidos, sindicatos y patronales aborrecen. Eso dicen en público. Estaba a punto de llegar la luz a mi habitación, lo que significaba que tenía que arreglarme para la llegada de mis hijas Leire, Azeguiñe, y de su hermanita Iratxe, que siempre me ha llamado papa Nino, pero parecía que me costaba salir del sueño. No quería dejar de soñar porque me acababan de entregar un reloj precioso valorado en casi dos millones de las antiguas pesetas, por ser consejero de Caja Madrid. Ya tenía pensado venderlo para atenuar la difícil situación económica en la que suben los precios de los productos alimenticios de primera necesidad, las hipotecas, el petróleo, el gas, la luz… Todo menos los salarios. Por fin me desperté, el sueño se acabó y el timbre sonaba.

Eran mis niñas, a las que conté el sueño. Dijeron de inmediato y al unísono que eso no era posible, cómo iban a aceptar los consejeros rojos o azules, blancos o negros, que una entidad casi pública tire el dinero de esa manera tan descarada y vergonzante con la que se nos avecina. Tienen razón mis hijas, el presidente de Caja Madrid, Miguel Blesa, jamás consentiría algo que sólo sucede en mis sueños.
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