Título: Elegía
Autor: Philip Roth
Editorial: Mondadori
Precio: 15,5 €
“La vejez no es una batalla; la vejez es una masacre”, declara el protagonista de esta novela, la última del autor de “Pastoral americana” y “La conjura contra América”, por citar sólo dos títulos entre su muy interesante obra. Esta vez, ciertamente, lo que nos ofrece es el relato de una masacre, la que lleva a cabo el tiempo sobre los hombres. Al margen de acuerdos o desacuerdos sobre este calificativo, las 150 páginas son una enumeración de la desgracia, de la lenta pero inexorable pérdida de la vida a medida que los años transcurren, una elegía a lo vivido y perdido para siempre. Con esa ignominiosa realidad como horizonte, Philip Roth nos muestra las vidas de los personajes que han dado sentido a la del protagonista, muerto y enterrado en la primera página; pasajes de vidas que explican la suya, retazos de un ayer individual y colectivo que, por contraste, remarca la ignominia de la propia desaparición, del paso de la vida al recuerdo.
Es, pues, un adiós a sí mismo, la amarga narración del deterioro físico y mental de ciudadanos que, como el protagonista, pertenecen a la clase media de Nueva York, la urbe más representativa de la abundancia más obscena y de la más negra miseria. La puerta de la muerte es cuanto finalmente les iguala. Los materiales que Roth maneja se refieren a seres de su generación y el estilo serenamente amargo que desprende todo el texto hace pensar que escritor haya empezado a preocuparse del despiadado asalto de la edad, por la perceptible destrucción de lo que fuimos y de lo que tuvimos una vez para acabar perdiéndolo. Uno de los personajes, una viuda en estado terminal, dice refiriéndose a su esposo muerto: “¿Sabes qué es lo que serviría? El sonido de esa voz que ha desaparecido. La voz del hombre excepcional al que amaba. Creo que podría soportar todo esto si él estuviera aquí. Pero sin él no puedo”. El dolor y la amargura de la pérdida acompañan el discurso de los personajes; pero también el sentimiento de la traición, de la deslealtad, de la constancia, del desengaño, de la añoranza, del amor filial sobre todos los demás, el reconocimiento del fracaso en el territorio más querido por el autor que es la familia.
La maestría de Roth vuelve a deleitarnos con este texto sencillo, sin fuegos artificiales pero lleno de profundidad y de ternura; tal vez incómodo porque los personajes se mueven sobre escenarios cuya consideración pretendemos posponer –hospitales, casas de jubilados, cementerios- pero a los que, más tarde o más temprano, habremos de llegar. Bien es cierto que no recomendamos su lectura en la sala de espera de una visita al médico, pongamos por caso, o mientras se espera el turno para una resonancia magnética o del resultado de un electrocardiograma.
Título: Por amor al arte
Autor: Andreu Martín
Editorial: La Factoría de ideas
Precio: 18,95 €
En realidad no importa que la novela haya sido escrita ahora o hace años; tampoco importa que se manejen elementos pertenecientes a una época pasada. No importa porque la maldad, la corrupción, la crueldad sangrienta, la amoralidad, la infinita ambición de los poderosos y la estúpida envidia de los ciudadanos que habitan los vagones de cola del convoy social son características permanentes del sistema que los seres humanos hemos organizado para que rija nuestras vidas; y esto es lo que hay, decenio tras decenio, corregido y aumentado a medida que el sistema perfecciona sus mecanismos. Esto es lo que hay; o al menos esto es lo que Andreu Martín nos muestra, inmisericorde, sin tapujos ni paños calientes, algo que viene haciendo desde hace ya muchos años desde la estructura narrativa de la llamada novela negra de la cual, creemos, es el mejor representante en estos pagos, con diferencia sobre el resto de autores españoles que dedican su tiempo y saber a este género.
En esta novela no se salva ni Dios. Empresarios, policías, jueces, médicos, artistas, clases medias y clases bajas, ociosos y trabajadores, guardas jurados o empleados de supermercados. Todos componen una red de ciudadanos cuya actividad principal es dar satisfacción a sus más bajos instintos, orientados a producir dolor, sangre y muerte. En un argumento que gira alrededor del arte de la pintura y que deriva a la producción de videos en los que el protagonismo corresponde a la pornografía y a la muerte en directo -productos de consumo muy restringido pero muy bien pagado por determinados habitantes de este perro mundo-, el autor nos lleva hasta el interior de unas vidas y de unas actividades que ponen los pelos de punta. Y si eso se produce en nuestra piel es, sencillamente, porque sabemos que lo que cuenta Andreu Martín en esta novela ocurre ciertamente en la realidad.
Título: El viento de la luna
Autor: Antonio Muñoz Molina
Editorial: Seix Barral
Precio: 20 €
Lo que ocurre es que, para algún lector, quizá sean demasiadas las 307 páginas de esta rememoración tan personal como la que nos ofrece Muñoz Molina. O tal vez no sean suficientes, quién sabe. En narraciones como esta la medida está en manos del autor, porque los materiales que maneja pueden alargarse o acortarse a voluntad. Tan elástica es la arcilla de nuestra infancia y adolescencia, se haya nacido en un lugar u otro. Un imaginado Mágina, en tierras de Andalucía, es un excelente lugar en el que fijar la mirada de nuestra memoria sensorial y revisar cuanto vivimos, depurado por el tiempo y la edad madura. Se trata de un relato contado en primera persona, con intención de compromiso no sólo literario sino histórico, la narración de una época gris y aparentemente inacabable vivida por un crío que se aferra a un sueño anclado en el viaje espacial del Apolo XI capitaneado por el comandante Neil Armstrong en 1969, como vía de escape de un mundo del que se siente tanto más extraño cuanto mejor va conociéndolo.
Deliciosa escritura, con frecuencia rozando el lirismo, para una amarga realidad circundante, tan cercana en el tiempo aunque parezca que han pasado siglos. La llegada del primer televisor a la casa de uno de los ricos de la villa, las casas sin agua corriente, sin luz, el imperio de los curas, del cuchicheo, de la represión y del miedo. Un mundo herméticamente cerrado en el que el hecho de vivir, de obtener lo necesario para aplacar el hambre de la familia era una epopeya. Ahora que se habla tanto de la memoria histórica -bien que tímidamente para no herir susceptibilidades, Dios nos valga-, el relato de Antonio Muñoz Molina hace historia de esa memoria colectiva de quienes, acostumbrados al silencio (la otra alternativa era la certeza de la cárcel o incluso de la muerte), nunca alzaron su voz ni golpearon las negras cadenas de quienes les quitaron la libertad que es como quitar la vida. Decíamos que quizá son demasiadas páginas para algunos lectores pero a nosotros nos parecen pocas. La denodada e intuitiva lucha de un chico por encontrar una salida hacia la luz desde su todavía corta vida es un espectáculo emocionante.
Título: El pecho
Autor: Philip Roth
Editorial: Mondadori
Precio: 12 €
Se trata de un relato corto publicado en 1972, cuando Philip Roth tenía 39 años. El asunto es que el profesor David Kepesh se despierta un día cualquiera transformado en un pecho de mujer de setenta kilos. Las peripecias que al profesor-pecho le suceden desde ese momento recuerdan inmediatamente a las angustias de Samsa en “La metamorfosis”, de Franz Kafka. No por ello es menos interesante el trabajo de Roth, que utiliza un lenguaje bronco y desnudo, desprovisto de amaneramiento alguno para un relato fantástico en el que el humor juega un papel importante. La alegoría que el autor maneja con talento de maestro le brinda la oportunidad de reflexionar sobre la sexualidad, pero también sobre la desgracia incontrolable que anida en “lo real” y sobre la locura como única vía de liberación. Un Roth buscando todavía su camino pero moviéndose ya en terrenos propios. Se recomienda leer este relato antes o después de “Elegía”, su última novela publicada en España.
Título: La felicidad
Autor: Lluís-Anton Baulenas
Editorial: Planeta
Precio: 21 €
He aquí un novelón de 495 páginas al terminar la última de las cuales uno se queda con ganas de otras 100. Folletín, descarnado realismo, costumbrismo, novela negra incluso. Todo en una coctelera, con aliño de buen y sano humor; el resultado: un relato apasionante, con un ritmo que no decae en ningún momento y con historias que se entrecruzan para formar un complejo entramado de peripecias en el que no faltan aventuras rocambolescas, amores y odios, persecuciones y crímenes, además de tertulias con los muertos por parte de una de las protagonistas, que posee el don de relacionarse con los habitantes del más allá. Barcelona es el ámbito en el que se desarrolla, la Barcelona de principios del siglo XX hasta justo las vísperas de la Semana Trágica, mientras manzanas enteras de casas caen demolidas por la piqueta para dar salida al mar a Vía Layetana. Por si todo eso fuera poco, la suerte acude en auxilio de quienes el lector desea que ganen y acaban triunfantes y enriquecidos. Lo dicho, relato apasionante de Baulenas que ya nos ofreció otra excelente novela en 2005, “Por un saco de huesos”, premio Ramon Lluc de ese año.
Título: Curso de librería
Autor: Fernando San Basilio
Editorial: Caballo de Troya
Precio: 11,90 €
Podríamos limitarnos a decir que esta novela es divertida; y lo es. Pero también es amarga aunque el lector sonría y, a veces, ría a carcajadas; también es algunas cosas más. Como dice en el “Aviso a los lectores” Constantino Bértolo, director literario del sello, “en esta novela se rompe la baraja y los fracasados son retratados sin maquillaje poético que los disfrace de antihéroes de nuestro tiempo”. Nada más cierto; Fernando San Basilio rompe el esquema. En esta novela no hay antihéroes sino miseria, oscuridad, estupidez, vagancia, borreguismo, ausencia de futuro, un presente impresentable y un pasado del que lo único rescatable es el berrido que reveló que estábamos vivos y que entrábamos a formar parte de este valle de lágrimas. No cae bien ninguno de los personajes, bordes, romos de cerebro, alevines de tiburones que no llegarán a morder porque nunca les crecerán suficientemente los dientes. Son personajes que se mueven inútilmente en un mundo inútil, en una maraña tejida por idiotas para idiotas, como gallinas de corral destinadas a pepitoria.
El espacio principal de la novela es una escuela del INEM; los protagonistas, los alumnos, provenientes de las filas del paro laboral que asisten a un curso para aprender a trabajar en librerías o adquirir los conocimientos necesarios para convertirse en libreros autónomos. Todo ello, en teoría. En la práctica, una de las más estúpidas maneras de perder el tiempo a bajo coste. Una parábola de lo que es hoy una parte de nuestra sociedad, situada en algún lugar del llamado primer mundo: el ocio bovino, la insolidaridad, la enseñanza para el túnel de la ignorancia. Y por debajo, el paro, la angustia del desamparo y la desorientación, que tampoco son capaces de sentir y percibir los personajes, adecuados para tropa, conformes con un vermú en la taberna y con poder dormir durante la estulta exposición del profesor de turno.
Los que traza San Basilio son personajes veraces en su inverosimilitud, profesores y escritores que transitan en un espacio de embuste en el que intentan ocultar la mediocridad del universo literario y editorial. Escritura cáustica; sencilla y valiosa, llena de referencias a esquemas y latiguillos por todos conocidos. Narrada en primera persona, la novela destila amargura y melancólica impotencia, una cierta y grisácea poesía en la relación con las pequeñas cosas que sobreviven en universo gris. Y, sin embargo, la carcajada brota incontenible. Así es la vida.
Título: No es país para viejos
Autor: Cormac McCarthy
Editorial: Mondadori
Precio: 18 €
Si el mundo fuera estrictamente como lo describe Cormac McCarthy, habría que apearse de él inmediatamente y huir lo más lejos posible. Afortunadamente, no es así, aunque a veces lo parezca; en todo caso, a lo mejor hay que apearse, al menos en esa parte del planeta llamado Texas. Allí, en ese inmenso estado de EE.UU., transcurre la acción de esta magnífica novela de McCarthy, “No es país para viejos”. En realidad, ni para viejos ni para nadie, porque se trata de un país donde florece casi exclusivamente el mal, vencedor indiscutible de cualquier otro valor.
Se trata de un thriller en su más pura acepción, un thriller en el que hay muchas más cosas debidas a la sabiduría narrativa de McCarthy, quien nos invita –nos obliga más bien- a asomarnos al más hondo abismo del alma humana. Cada uno de los breves capítulos es de una dureza demoledora que, sin embargo, atrapa al lector sin permitirle el sosiego. El ritmo es perfecto en la estructura de la narración, bien que al límite de la asfixia. Con una escritura absolutamente desnuda, gélida, sin imágenes ni descripciones psicológicas o ambientales, el autor nos muestra cómo el mal campa sin fronteras encarnado en un personaje llamado Antón Chigurh, concebido y descrito más allá de los esquemas tradicionales del “malo”. El tal Chigurh, lejos de cualquier tipo de consideración hacia cuanto le rodea, se limita a la acción, que no es otra que eliminar a todos aquellos que suponen un obstáculo en la consecución de su objetivo. Y su objetivo no es otro que matar, quitar la vida.
El bien -quizá haya que decir el hombre normal inmerso en sus contradicciones- toma la identidad del viejo sheriff Bell, quien, zarandeado en una lucha sin esperanza, filosofa en cortos y muy interesantes monólogos sobre la hecatombe, sobre la destrucción de un mundo del que apenas van quedando vestigios humanos; y se hace preguntas para las que sabe no hay respuestas mientras apura sus últimos años desde la desolación y la impotencia. Valga un ejemplo, en la página 155: “Hace tiempo leí en un periódico de aquí que unos maestros encontraron de casualidad una encuesta que enviaron en los años treinta a varias escuelas del país. Incluía un cuestionario sobre cuáles eran los problemas de la enseñanza en las escuelas. Y encontraron unos formularios que habían enviado desde varios puntos del país respondiendo a estas preguntas. Y los mayores problemas mencionados eran cosas como hablar en clase y correr por los pasillos. Mascar chicle. Copiar los deberes. Cosas por el estilo. Cogieron uno de los impresos que estaba en blanco, hicieron fotocopias y los volvieron a enviar a las mismas escuelas. Cuarenta años después. Y he aquí las respuestas. Violación, incendio premeditado, asesinato. Drogas. Suicidio. Me puse a pensar en eso. Porque la mayoría de las veces cuando digo que el mundo se está yendo al infierno la gente simplemente sonríe y me dice que me estoy haciendo viejo. Que ese es uno de los síntomas. Pero lo que yo creo es que cualquiera que no vea la diferencia entre violar y asesinar gente y mascar chicle tiene un problema mucho mayor que el que tengo yo. Y cuarenta años tampoco es tanto. Tal vez los próximos cuarenta sacarán a la luz algún problema más. Si no es demasiado tarde”. Magnífico y demoledor relato totalmente recomendable; por si fuera poco, se lee de un tirón.