Ahora muchos se precian de no opinar. Y extienden un manto “de respeto” sobre un ex militar. Como ciudadano, no tengo por qué atenerme a esa situación. Yo no fui compañero de curso –no podría haberlo sido- del ex general Santelices. Pero entiendo perfectamente lo ocurrido.
Siendo muy joven, él se vio enfrentado a una situación difícil, como miles o millones de seres humanos –militares, sacerdotes, ingenieros, periodistas, médicos, etc.- en todo el mundo. O acataba las órdenes que se le daban, o enfrentaba a un pelotón de fusilamiento. Es decir, la diferencia era estar detrás o adelante del mismo pelotón.
El optó por quedarse detrás. No es disculpable, pero es comprensible. Todos aspiramos a ser héroes, pero a nadie se le puede exigir ese heroísmo que en el momento decisivo uno mismo quizás no habría sido capaz de asumir. Hasta aquí, estamos de acuerdo.
En lo que no se puede estar de acuerdo es en el silencio culpable y cómplice durante treinta años. ¿Jamás el ex general sintió la más mínima inquietud, en sus desvelos nocturnos, por ir a los tribunales y revelar lo que él había visto y en lo que había participado? Esto parece imposible e increíble. Es un silencio culpable que no tiene perdón.
Cuando se inició el juicio por la Caravana de la Muerte, cuando en todo Chile se buscaban testimonios para aclarar la verdad y determinar la culpabilidad de personajes como Pinochet y Arellano Stark, el ahora ex militar Santelices guardó silencio. ¿Qué ocultaba, por qué temía –si dicen que es tan valiente- decir la verdad y relatar su participación en un episodio tremendo?
Lo ha dicho el propio vocero del Gobierno, remitiéndose a documentos judiciales. El joven inocente, de apenas 20 años, con cargo de subteniente, cumpliendo órdenes fue a buscar a catorce presos políticos que estaban en la cárcel de Antofagasta, los llevó a una quebrada cercana, los formó y dispuso el escenario para el fusilamiento, iluminó la escena con los focos de los camiones que él mandaba. Y los entregó a sus colegas que venían con Arellano Stark, para que cumpliendo las órdenes de Pinochet los masacraran vilmente.
Escena de pesadilla. Horror de horrores que nunca más debe vivirse en Chile ni en ningún lugar del mundo. Puede ser que el joven tímido –aunque valiente- no se atrevió a desobedecer las órdenes, sobre todo porque estaba viendo cómo actuaban las fieras salvajes en que se habían convertido sus propios compañeros. Les tuvo miedo. ¿Y les siguió temiendo durante una semana después del horror, un mes, un año, diez años, veinte, treinta años?
Hasta que se vio enfrentado a un tribunal y ¡habló!, pero en reserva. Cuidando que nadie más lo supiera. Y continuó cumpliendo sus labores en el mismo ejército, pero ahora ya no como subteniente, sino como general jefe de la más importante guarnición del país y aspirante a integrar la reducida nómina de oficiales entre los que se seleccione al comandante en jefe.
Por último, es importante que se aclaren algunos detalles. El silencioso ex oficial, ¿se va a su casa con su suculenta jubilación, se lleva los bienes adquiridos durante su heroica carrera, sus hijas seguirán recibiendo su pensión completa, incluso cuando él fallezca? Sería interesante que los chilenos supiéramos esos detalles, si es que la valerosa institución militar acepta decir la verdad. Y recomendar –o exigir- a todos los demás generales que hoy están en funciones, que revelen su pasado.
Sólo así se podrá construir un país mejor. Y no acusando de revivir odiosidades a quienes quieren una sociedad más justa.
Leonardo Cáceres
Editor de Diario Hispano Chileno
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