OPINIÓN/Víctor Gijón
Hablar con lengua de serpiente (el PP)
miércoles 20 de febrero de 2008, 14:29h
Actualizado: 21 de febrero de 2008, 07:34h
El PP dice una cosa y hace otra. Habla de moderación pero practica y practicó en los últimos cuatro años una política de tierra quemada. De radicalidad, pero no en el sentido de ir a la raíz de los problemas, sino haciendo de la desmesura y la exageración el centro de su actividad partidaria.
Durante cuatro años han sometido a los ciudadanos a la ducha escocesa. Un día anunciaban viaje al centro y al siguiente se despeñaban por el pasado. Recuerdo que esa forma de actuar era calificada en las pelis del oeste como hablar con lengua de serpiente.
Desde hace una semanas los estrategas electorales del PP les dicen que si quieren tener alguna opción de ganar las elecciones del 9-M necesitan los votos moderados. Y Mariano Rajoy y los suyos, como el culpable cobarde pillado en falta, se apresura a exclamar que ellos no han sido (los crispadores de cuatro años), que han sido ellos (los socialistas). Pero una cosa son las palabras y otras los hechos.
No es el primer intento por convencer a la ciudadanía de que, aparentado ser lo que no son, la derecha más extrema de Europa son liebre en lugar de gato. Que son centro en lugar de conservadores al más viejo estilo. En sus sucesivos intentos por viajar cabía el centro político el PP o perdió el tren o extravío la brújula. Y es que el viaje del los populares no tiene destino en el centro, sino en el pasado. No son sólo sus actitudes. Ni siquiera que hayan lapidado de los pocos dirigentes que han destacado por su moderación y centrismo política, como recordaba en Hospitalet Felipe González. El retorno a un pasado casposo y retrógrado está plasmado en las propuestas electorales con que concurren e las legislativas del próximo 9 de marzo. También en la selección de candidatos para concurrir a dichos comicios.
El último damnificado por el viaje hacia las catacumbas del PP, el alcalde de Madrid Alberto Ruiz Gallardón, no es, precisamente, alguien que se destaque por su progresista. Si representa, sin embargo, a esa derecha que no se enreda en conspiraciones paranoicas sobre la autoría del 11-M, que respeta las decisiones judiciales y respeta y aplica las leyes, aunque no sean de su agrado, como la que legaliza los matrimonios homosexuales. La recepción este fin de semana a los colectivos de gays y lesbianas que al día siguiente iban a manifestarse, y se manifestaron, ante la sede del PP en protesta por su propuesta electoral de eliminar derechos legales alcanzados con el Gobierno Zapatero, debe inscribirse más en el respeto de Gallardón por las leyes que en su ya abierto enfrentamiento con Génova.
No es Gallardón el único dirigente popular que ha puesto por delante de la doctrina oficial la lógica y el sentido común. En Cantabria tenemos un ejemplo claro: el de Jesús López-Medel, que tras doce años como Diputado al Congreso ha decidido regresar a la actividad profesional. López-Medel, que es Abogado del Estado, renunció a ir en las listas del PP porque, muy probablemente, era consciente de que no contaban con él. Su postura contraria a la guerra de Irak o su coincidencia con Gallardón y otros dirigentes populares de la necesidad de rebajar el clima de tensión, cambiar la forma de hacer oposición, que consideraba excesivamente crispada, le convertía en un personaje incómodo para los ultras que hoy mandan en el PP.
Hace cuatro años López-Medel fue laminado de las candidaturas de Cantabria, en las que ocupó la cabeza de lista en 1996 y 2000, las dos primeras victorias del PP en elecciones legislativas depués de la mayoría absoluta alcanzada por el PSOE en 1982. Los Sieso y Piñeiro, con el apoyo del sector más duro del PP nacional, representado entonces por Francisco Álvarez Cascos, le dejaron fuera. López-Medel fue repescado por Mariano Rajoy para la candidatura de Madrid, cuando todavía el líder popular tenía margen de maniobra y no se había convertido en su personaje del guiñol: muñeco de ventrílocuo que habla por boca de Aznar.
En estos cuatro años de tierra quemada, de deriva derechista del partido han dejado al político cántabro, que fue presidente de la Comisión de Justicia del Congreso y actualmente ejercía de Relator Internacional para los Derechos Humanos en los antiguos países del Este y la ex Unión Soviética, sin espacio político. No está sobrado el PP de parlamentarios de su altura, con peso intelectual y categoría. Es evidente que para el PP tiene más futuro personajes como la candidata a senadora por Gran Canaria, de cuyo nombre prefiero olvidarme, que en un debate sobre emigración llamó seis veces a la ablación de clítoris oblación –“Ofrenda y sacrificio que se hace a Dios” (RAE)-- de clítoris y que señaló como actuación a perseguir pro su gravedad la lapidación, sin que hasta el momento nadie haya podido presentar estadística alguna que incluya el asesinato a golpe de piedras en territorio nacional de mujer alguna por delitos de adulterio.
Gallardón, Lopez-Medel… Antes fue Josep Piqué, desautorizado y forzado a dejar Cataluña para que la facción ultra del PP catalán pudiera campar a su anchas y hacer planteamientos que van en contra de principios constitucionales como la cooficialidad del catalán. Pero mucho antes que Piqué quedó fuera de juego Rodrigo Rato. Aznar no lo quiso como ‘sucesor’, optando por Rajoy, al que colocó, a derecha y siniestra, y más como garantes del mantenimiento de principios inamovibles que como colaboradores fieles, a Ángel Acebes y Eduardo Zaplana.
Rato era demasiado independiente, demasiado centrado para merecer la confianza de Aznar hace cuatro años. Por ello, y siendo el mejor colocado por altura intelectual y capacidad política, fue preterido en la línea sucesoria. Rajoy, que ejerce como el gallego del chiste y que nunca se sabe si sube o baja, es en realidad un político que sube y baja, pero nunca por voluntad propia. De su paso por distintos ministerios y responsabilidades en los gobiernos de Aznar poco recuerdo queda. Ni siquiera el mismo debe recordar lo que hizo, ya que si no sería incomprensible que acusará al Gobierno actual de no atajar la delincuencia, cuando durante su estancia al frente del Ministerio del Interior se produjeron las más altas tasas de actividad delictiva de la reciente historia española.
Puede que fuera Rato el que dijo no a participar en la campaña electoral a su vuelta del Fondo Monetario Internacional. Pero, en todo caso, hay una clara y explícita declaración de principios en el hecho de que el presidente del PP elija como número dos de su lista y presente como ministro de Economía en la sombra a Manuel Pizarro, un empresario derechista y visceral antinacionalista. Un radical en las formas y en el fondo, con planteamientos económicos más cercano a los neocons, nacidos al calor de la Administración Bush, que a los políticos liberales en la línea de Sarkozy. Por cierto que habría que recordar que la era Bush ha concluido con algunos neocons nadando en la abundancia, pero con un inmenso déficit presupuestario. Pizarro, de momento, es un neocon forrado. Esperemos que los españoles no le den la ocasión de esquilmar las arcas publicas.
El derechismo del PP española le lleva, incluso, a considerar moderada la política sobre emigración del presidente francés. Rajoy que ha optado por una propuesta que casi copia literalmente la defendida en el vecino país por el ultraderechista Le Pen y con referentes en pequeñas formaciones xenófobas en otros países europeos. ¿Y qué decir de incluir en las listas a homófobos declarados como ese periodista de Albacete, especialista en chiste malos sobre homoxesuales?
Hay que reconocer, no obstante, que a los débiles intentos de Rajoy por girar al centro les han seguido campañas desaforadas de medios beligerantes, reclamando más madera. Pero librarse del abrazo del oso, que un día si y otro también practican Pedro J. Ramírez o Federico Jiménez Losantos, es lo que diferencia a un líder político con criterio e independiente de una marioneta.
Rajoy pudo caminar al centro y no quiso o no lo dejaron. Pero la responsabilidad es la misma. Preferir a Pizarro antes que a Rato, a Zaplana antes que a Ruiz Gallardón, a un homófobo en lugar de López-Medel, es toda una declaración de principios. El viaje a ninguna parte del PP ya tiene destino: un país donde reine la derecha más rancia y reaccionaria de toda Europa. Y que ahora vaya de mititn en mitin reclamándose como el más moderado no cuela. Ni siquiera lo admiten sus seguidores que siguen atronando los mítines con los que parece el eslogan no oficial de la campaña: “A por ellos (los socialistas), oe…”.