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Vientos cambiantes

Vientos cambiantes

Los últimos seis años fueron para la Argentina de viento a favor. Los precios de nuestras principales exportaciones aumentaron sensiblemente más que los de los productos importados. El mundo creció en forma sostenida a una tasa anual promedio del orden del 5%, como no se registraba desde hace mucho tiempo atrás. Pero, además, aquellos países que están mejorando notablemente la dieta alimenticia de sus inmensas poblaciones fueron, justamente, los que más crecieron en estos años. Es el caso de China, India y diversas naciones africanas. Por otro lado, las tasas de interés se mantuvieron en general reducidas y la globalización impulsó un fuerte crecimiento del flujo de capitales hacia los países emergentes. Los países desarrollados aumentaron su inversión directa en el resto del mundo y exportaron también capitales financieros dispuestos a hacer diferencias de más corto plazo. El mundo le prestó una gran ayuda a las economías emergentes.

La Argentina se favoreció con ese marco tan promisorio, aunque menos que otros países. El empeño de nuestros dos últimos gobiernos en romper las reglas y en buscar malas compañías internacionales, afectó claramente la inversión extranjera directa, más sensible a la seguridad jurídica y a las reglas de largo plazo. Pero los extraordinarios precios del petróleo y los productos agrícolas, más la política de un tipo de cambio alto, le permitieron a nuestros gobiernos, desde Duhalde a los Kirchner, gravar fuertemente las exportaciones y hacerse de recursos fiscales extraordinarios. La sustitución de importaciones al amparo de la política cambiaria, junto con un fuerte aliento al consumo aprovechando la disposición de capacidad ociosa en la industria y la infraestructura, fueron la base del aumento del nivel  de actividad a partir de 2003.

La reaparición de la inflación fue el primer llamado de atención sobre la dificultad de sostener esta fórmula económica por mucho tiempo más. El gobierno desoyó esa alarma y apeló a los peores métodos para combatir la inflación. Finalmente optó por romper el termómetro trampeando los índices, e insistió en un irracional aliento al consumo con control de precios, que genera distorsiones de precios, crecientes subsidios y desequilibrios entre oferta y demanda. El marco internacional parecía seguir siendo favorable. La crisis de las hipotecas y su propagación a los mercados financieros, hasta hace pocos días no tocaba los mercados de productos agrícolas ni parecía hacer mella en los elevados precios del petróleo y los minerales. De hecho siguieron subiendo aún cuando esta crisis estaba bien avanzada. Muchos sosteníamos la esperanza de que las causas estructurales que incidían sobre la demanda mundial de alimentos, como su uso energético o la decisión social de mejorar la dieta en países superpoblados, sostuviera la demanda de granos y oleaginosas y por lo tanto sus altos precios. Pero en estos días aparecieron algunos síntomas que ponen en riesgo esa esperanza. En primer lugar, la crisis internacional muestra una tendencia a extenderse y agravarse. Ya está afectando la economía real de los Estados Unidos y no sólo a sus bancos y mercados financieros. Además se extiende a Europa e inevitablemente alcanzará a otras economías desarrolladas y a las emergentes. La China e India también están expuestas, ya que exportan una proporción importante de su producción a los Estados Unidos.

Hace diez días los mercados internacionales de los productos primarios acusaron el primer impacto. Muchos fondos que habían tomado posiciones especulativas y venían ganando con las fuertes subas de precios ocurridas en los últimos dos meses, hicieron toma de ganancias y vendieron sus posiciones en forma masiva. Los precios se desplomaron. La soja y el trigo perdieron un 10% y un 15%, respectivamente, en una semana. Luego recuperaron pero la sensación de precariedad quedó evidente. En sólo siete días nuestro voraz gobierno kirchnerista había quedado off side con los aumentos de retenciones, que ya eran confiscatorios aún con los precios internacionales récord al momento de instrumentarlos. A pesar de que estas nuevas retenciones tienen alguna movilidad hacia abajo con la reducción  de los precios, también la tienen hacia arriba con el aumento. No sólo resultan confiscatorias, sino destructivas. Frente a este cambio de viento e inestabilidad en los mercados internacionales, el paro agropecuario, que ya tenía una motivación genuina, hoy se presenta como un clamor que no admite ser desoído. Aclaro que no estamos de acuerdo con los cortes de rutas, que deploramos y que no deben emplearse. Aunque peor aún fue la presencia de los muchachos de Moyano. El paro agropecuario tiene un motivo genuino y el Gobierno debe hacer la lectura correcta y revisar a fondo su modelo económico, así como sus malas prácticas institucionales. De lo contrario será cada vez más evidente que sus políticas han comenzado a destruir.

Manuel A. Solanet

Presidente Fundación Futuro Argentino
www.futuroargentino.com.ar
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