Libros
Julio Feo: ‘Déjame que te cuente’. Ed. Espejo de Tinta, 349 pags.
lunes 05 de mayo de 2008, 08:26h
Actualizado: 09 de mayo de 2008, 11:56h
Lo primero de todo, pasar por el registro de intereses: claro que uno no es imparcial a la hora de escribir este comentario. Uno es amigo –y a mucha honra—de José Julio Feo, no confundir con Julio Antonio Feo, su hermano, también vinculado a este periódico como corresponsal en París, ni con su primo Jorge Feo, nuestro hombre en Valencia y también buen amigo de quien esto suscribe. Así que comprenderán ustedes que no voy a hacer una crítica rigurosa de este libro, aunque tuviera motivos para hacerla, que no los tengo.
Porque la verdad es que lo he pasado muy bien leyendo estas memorias, que tienen la dosis justa de mala leche para hacerlas apasionantes –no, creo que a Alfonso Guerra no le van a hacer tanta gracia--, los gramos necesarios de ingenuidad para hacernos comprender que están escritas por alguien limpio de corazón y las toneladas de vivencias convenientes para que una obra sea importante.
Así que, para hacer la historia corta, que diría Feo (José Julio), diré que esta segunda parte de las memorias de JF, continuación del explosivo ‘Aquellos años’ (Ediciones B, 1993), tienen pimienta más que suficiente para lanzarse a bucear entre sus páginas. Y tiene, al margen del relato lineal, en el que Feo se calla muy pocas cosas, el morbo añadido de los retratos de algunos de los personajes históricos que Feo conoció en el desempeño de sus misiones públicas y ese largo epílogo firmado por un tal Jaime Fast que me malicio que no debe de andar muy distante del autor, que ensaya aquí una divertida pirueta.
Me temía yo, cuando Julio Feo me pidió que le escribiera el prólogo, no estar a la altura del resto del volumen. También temía que Julio se despachase a gusto y sin contemplaciones contra algunos de los que, por unas razones o por otras, se empeñaron en hacerle la vida imposible. Este último temor resultó infundado; los alfilerazos son por elevación y tienen, por consiguiente, altura. Sé que el cuerpo le hubiese pedido algo más de saña, pero el alma de Feo es bella, valga la contradictio, y su sabiduría veterana entiende que un libro de memorias exige depurar unos cuantos sentimientos, por más justificados que puedan estar. El primero de los temores, desde luego, tiene mucha más consistencia, y solamente puede alegarse en mi favor que un viejo afecto nubla la que acaso debería haber sido una prosa más sobria.
Sáltese usted el prólogo y ya digo: sumérjase en estas memorias, que son un poco propiedad de todos nosotros. Déjele a Julio Feo que le cuente.