A Art Buchwald,
magister magnum, in memoriam.
Hace poco más de veinte años, allá por los primeros ochenta del siglo pasado, una caterva de pseudoartistas se sacaron del forro de la camiseta el concepto de Arte Povvera que, en italiano, ese que ayer destrozó José María Aznar en Roma, quiere decir arte pobre. Los incautos acaudalados, naturalmente, picaban y soltaban crecidas sumas por detritus sólidos urbanos, ordenados más o menos armoniosamente (más bien menos). Gracias a ellos, y a el sector cenutrio de la crítica especializada, más de un pseudoartista se hizo rico y acabó invirtiendo sus ahorros en bienes raíces... que así se llama, de acuerdo con el manual, a lo que es la inversión en ladrillo puro y duro. Es decir, que esos fulanos (afortunadamente para el Arte con mayúscula) pasaron de la pobreza, sino a la riqueza, al menos a tener un buen pasar.
Esta semana se celebraba en Barcelona un salón de moda, coincidiendo con la presentación de novedades que toda la industria europea (especialmente la francesa y la italiana) hace por estas fechas. Claro que lo de la capital catalana, por si no lo sabíais, amadísimos, globalizados, megaletileonorizados y mironeados niños y niñas que me leéis, funciona con el nombre de Bread and Butter, o sea, pan y mantequilla. O dicho en el lenguaje de los nutricionistas, hidratos de carbono y grasa animal.
Quizá por este sugerente nombre, ayer, Antoni(o) Miró, en el desfile de sus colecciones masculinas, en lugar de sacar a carne de gimnasio y anabolizantes con barba de tres días, seis horas y 18 minutos, optó por recurrir al ébano, a los subsahariano sin papeles y con el examen de catalanidad a punto de caerles encima.
Sí, pequeñines/as míos/as, la sola mención de algo tan simple como el pan y la mantequilla, hace que se les cree un reflejo pavloviano a los esforzados argonautas que surcan el Atlántico en cayucos y/o pateras. Vamos, que salivan abundantemente a la sola mención de ambas palabras.
Dice el diseñador catalán, vestidor de la mitad de la progresía barcelonesa (la otra mitad, la de la órbita nacional/soberano/independentista luce prendas de Juste de Nin, el diseñador favorito de Carod-Rovira) cuando quiere ir de uniforme, que así se solidariza con los inmigrantes. Que esto es su respuesta al problema de la inmigración, vaya.
Sé que está actitud de Miró ha sentado fatal a los bienpensantes, sean de izquierdas o de derechas. Pues no hay para tanto, buenas gentes. Lo que yo os diga. De entrada, porque Antoni(o), lo que hace es darles una oportunidad a los recién llegados subsaharianos para que se ganen unos euritos (eso aparte de que ellos, por descontado, cobran bastante menos que cualquier musculitos habitual de las pasarelas). O sea, que más solidario, sólo el ropero para pobres de mamá y sus amigas. Pero, además, con encomiable visión de futuro, el diseñador barcelonés redescubre para nosotros aquellos gritos de hace cuarenta años: Black is beatiful!... Lo negro es hermoso. Tanto en las prendas textiles como en los cuerpos de los senegaleses, gambianos y nigerianos. Eso sin olvidarnos de que el inmigrante de hoy, a la que se regularice de papeles, puede ser el comprador de pasado mañana, claro.
No obstante, con mi acertada visión de las cosas, hay algo que rechina en ese puntazo innovador de Miró. Y, naturalmente, es algo que afecta a la ministra de Sanidad, Elena Salgado. Porque, si a las modelos femeninas se les exige un mínimo de masa corporal y el abandono de la talla 36, signo inequívoco de anorexia, no parece que los circunstanciales modelos subsaharianos estuvieran (o estuviesen) demasiado bien nutridos... Algo desnutridos sí que estaban, según me confesó mi sobrina Elisa de las Mercedes, que no se pierde ningún evento de este estilo, porque es una auténtica convencida de la Alianza de Civilizaciones, aunque sólo sea por el espacio de una noche. Ese podría ser el único punto negro. Y nunca mejor dicho.