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Artur Mas y el centro perdido

Artur Mas y el centro perdido

lunes 22 de enero de 2007, 22:56h
Actualizado: 19 de septiembre de 2007, 18:32h

El áspero tumulto de la política española hace que alguna fuerza, numéricamente reducida en el conjunto del Estado, aunque mayoritaria en su propia Comunidad, cobre de vez en cuando enorme importancia como factor de sentido común y por tanto, de estabilidad. Es el caso de la coalición nacionalista moderada, CiU, que forman los liberales y democristianos de Catalunya y de su reducido pero brillante grupo parlamentario en el Congreso.

No es cosa de ahora. Josep Tarradellas, el exilado que volvió sin resentimientos de Saint Martin le Beau, resultó decisivo para hacer posible la vertebración de las nacionalidades históricas en la arquitectura de consenso de la Constitución de 1978. Más adelante, establecida ya la democracia, Jordi Pujol fortaleció la gobernabilidad del PSOE cuando era necesario y proporcionó los mejores cuatro años de gobierno al PP entre 1996 y 2000. Ahora, una vez más partida España en dos –“Españolito que vienes / al mundo, te guarde Dios / una de las dos Españas / ha de helarte el corazón”–, son muchos los que vuelven los ojos al burlado de La Moncloa, Artur Mas, pero éste es ya el gato escaldado que del agua huye. Si la credibilidad de Rodríguez Zapatero está a cero para todos los que no forman parte de su específico círculo de confianza, es fácil entender que para Artur Mas esté muy por debajo de cero.

Le sobran motivos y razones al político catalán. Cuando la reforma del Estatut había naufragado, no sólo por la simpática frivolidad táctica de Maragall, sino por la evidencia de que Rodríguez Zapatero la utilizaba como un instrumento más de su estrategia de expulsar al PP del espacio político, acudió Artur Mas al salvamento al borde mismo del precipicio. Por aquellas fechas, un PP desconcertado, terca y suicidamente cautivo en las profundidades abisales del 11-M, había abandonado no tanto el espacio de centro como a sus propios electores centristas, que venían desasosegados desde el giro que siguió a la mayoría absoluta del 2000.

La estrategia de CiU ha sido siempre, con tirios y troyanos, la centralidad, desde el entendimiento de contribuir, lo mismo en España que en Catalunya, a que gobiernen los que, en cada etapa, desde la derecha o desde la izquierda, ocupen el espacio centrado de la contienda política. Las grandes reformas que han permitido e impulsado el extraordinario éxito económico de España, el salto a la posición que ahora ocupamos entre los nueve países más ricos del mundo, se hicieron entre 1996 y 2000, cuando los nacionalistas moderados catalanes dieron a Aznar la llave de la gobernabilidad y le proporcionaron la imagen centrista que condujo a la mayoría absoluta electoral y con ella, al peligro, finalmente consumado, de morir de éxito.

Nadie puede –ni nadie serio lo ha intentado– negar a Rodrigo Rato el mérito de haber dirigido la política económica en aquellos años extraordinarios. Pero seguro que tampoco Rodrigo Rato negaría la importancia que tuvo, para el acierto en las reformas y la gestión, su buena sintonía con CiU para hacer lo que convenía al país.

Así que Artur Mas acudió a La Moncloa y salvó in extremis la reforma del Estatut y al propio Rodríguez Zapatero un minuto antes de que se despeñaran por el precipicio. El dirigente catalán no ocultó sus razones, sino que las manifestó públicamente con ejemplar transparencia. No le gustaban la torpeza y sectarismo con que Maragall había manejado la reforma, pero ésta proporcionaba más amplias competencias de autogobierno y era por tanto útil para la voluntad y la ambición de profundizar el fortalecimiento de Catalunya como una sociedad modernizada y abierta. Al mismo tiempo, sin cerrar opciones al futuro, Artur Mas entendía que Rodríguez Zapatero respetaría y respaldaría una eventual victoria electoral de CiU, de manera que, en ese caso, contribuiría a facilitar el gobierno de los nacionalistas catalanes en el Palau, sobre todo, después de la triste experiencia de ineficacia y cosas peores del primer tripartito.

Luego, ya se sabe lo que pasó. Artur Mas ganó limpiamente las elecciones, con notable ventaja sobre el PSC, y faltaron minutos a Montilla para reeditar el tripartito, lo que obviamente no hubiera podido hacer el turbio, enredador y sectario político cordobés sin el respaldo o para ser más precisos, el impulso de Rodríguez Zapatero. Como Artur Mas es un político de fiar y un caballero de palabra, incluso él mismo se vio la cara de tonto en el espejo.

Dice la sabiduría popular que la primera vez que alguien te engaña, el truhán es el culpable, pero que la segunda vez lo es el propio engañado. Esto último sabe el propio afectado que le puede suceder a Artur Mas si, por meritorio instinto de conciliación y mediación, entrase ahora al trapo de la nueva estrategia de niebla y confusión con que Rodríguez Zapatero intenta ocultar los ominosos recovecos de la fracasada negociación con ETA.. No sólo volvería a ser burlado a las primeras de cambio, sino que abriría una brecha duradera y difícil de sellar entre el nacionalismo moderado catalán y el centrismo liberal español, que antes o después volverá a tomar las riendas del PP.

Mientras, se han difundido encuestas para todos los gustos en relación con la gresca que tuvo lugar el lunes de la semana pasada en el Congreso de los Diputados. La estrategia de comunicación del PP sigue extraviada, a pesar de que tiene a su frente una buena cabeza, Gabriel Elorriaga. Rajoy vapuleó sin duda a Rodríguez Zapatero en el hemiciclo, pero perdió la batalla de imagen ante la opinión pública, no por los periodistas, sino por la televisión. Es muy distinto el calor del hemiciclo a cómo se percibe el debate por los telespectadores a través de ese medio frío que es la televisión y que provoca un rechazo instintivo, sensitivo, a todo lo que parezca acaloramiento o agresividad.
 
Cierto que convendría leer despacio la transcripción literal de ambas intervenciones. Se vería entonces que la de Rodríguez Zapatero, aparte de su penuria formal, que sonroja en no pocos párrafos, fue una sucesión reiterativa de eslóganes y lugares comunes sin una sola idea que echarse a las neuronas. No había propuestas susceptibles de ser debatidas, ni informaciones que aportasen alguna luz a la formación de una opinión pública consciente. No fue un discurso, sino el cumplimiento administrativo, mal redactado y pronunciado, de un trámite incómodo.

La intervención de Rajoy fue al menos un discurso, tampoco para echar las campanas al vuelo, pero tenía coherencia, hilo conductor y argumentos, con una construcción menos brillante de lo que es habitual en el político gallego. Hizo acusaciones que son muy ciertas, pero sobraron esos desahogos de tertulia de casino provinciano que tienen gracia, pero están bien sólo para según qué temas y momentos. En definitiva, Rajoy halagó el oído de los convencidos, pero a cambio de no ganarse la opinión centrista, más que harta del sectarismo, las mentiras, las trampas y los raros resentimientos personales de Rodríguez Zapatero, pero emocionalmente necesitada de la vuelta al consenso.

Y sin embargo es cierto que, leyendo el discurso, se ve que Rajoy, a pesar de la dureza de sus críticas, tendió la mano a Rodríguez Zapatero para la reconstrucción del consenso contra el terrorismo. Pero esta segunda parte, la esencial, de su actitud no quisieron escucharla los adversarios, pero tampoco la percibieron los ciudadanos por televisión. Ganó la batalla de la palabra –que es, en definitiva, la batalla de las ideas– pero perdió la batalla de la imagen, que es la de los votos.

Sucedió además, y con esto se vuelve al argumento inicial de este comentario, que Durán i Lleida no tiene buen feeling con parte de la bancada del PP. Esto es recíproco y se nota en las sesiones. El democristiano Durán es, como Artur Mas y la mayor parte de los dirigentes de CiU, un centrista serio, moderado en la forma y en el fondo, político de acuerdos y consensos y no precisamente un simpatizante de los modos y formas de los socialistas catalanes, pero el sector más derechista de la bancada del PP la tiene tomada con él, quizá porque les molesta su tenaz buena educación.

Es un grave error y aún más grave es que no se corrija desde la dirección parlamentaria del partido. No sólo porque Durán tuvo mucho que ver en 1996 con que fuera posible el acuerdo de Legislatura del PP con los nacionalistas, sino porque, en la confrontación ya radical y sin ósmosis posible entre las minorías socialista y popular del Congreso, lo que diga Durán se percibe y trasmite a la opinión pública como uno de los más creíbles veredictos del centrismo. Si contra la realidad de sus ideas y principios, unos cuantos radicales hacen que se le vea enfrentado al PP, están haciendo un inmerecido regalo de lujo a Rodríguez Zapatero.

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