Le pregunto a un amigo por qué han desparecido sus sugerentes y refrescantes artículos de un diario de gran difusión:
-Es que no se me ocurre nada de qué hablar- me contesta.
¡Vaya! Al parecer es el único ciudadano que no pretende imponer sus opiniones sobre lo divino y lo humano en este país que amanece cada día con predicadores mediáticos y se acuesta con vociferantes contertulios.
Aquí todo el mundo habla de lo que sea, comenzando por unos periódicos que sustituyen los meros hechos informativos por la interpretación interesada y tendenciosa de los mismos. Aquí largan la suya cada día políticos y periodistas, pero también lo hacen magistrados, policías, taxistas e incluso médicos que opinan tan campantes sobre la enfermedad de Fidel Castro ante las cámaras de televisión.
No conozco a nadie que todavía no haya dicho la suya sobre el sedicente proceso de diálogo con ETA, sobre la excarcelación de De Juana Chaos y hasta sobre la OPA hostil contra Endesa, aunque luego no sea capaz de interpretar un sencillo balance empresarial.
Es que somos gentes comunicativas, claro, pero también inquietas y hasta imprudentes. De esto no se salva ni el mismo presidente de Gobierno, Rodríguez Zapatero, quien suele avanzar hipótesis -optimistas, generalmente- que la realidad se encarga de desmentir de inmediato.
En ese guirigay colectivo al que todos aportamos nuestro granito de arena, unos magistrados, como Baltasar Garzón, lo mismo dictan autos judiciales que hacen entrevistas a políticos; otros guardias civiles igual ponen multas de tráfico que se manifiestan como si fuesen militantes antisistema, y algunas ministras de cuota nos ordenan qué alimentos debemos comer, cuáles tallas debemos vestir y cuántos pisos podemos tener.
Aquí no callan ni los ediles pillados con las manos en la masa de recalificaciones urbanísticas y cobro ilegal de comisiones. Lo más suave que suelen decir en esos casos es que son objeto de una conspiración, de un ajuste de cuentas político o de una prevaricación judicial.
Hemos perdido, pues, el arte de hablar pausada y relajadamente, como añora mi colega Rafael Torres. En vez de la reflexión compartida, se impone la confusión a gritos. De esta forma no es que exista más raciocinio colectivo, pero sí más vocerío.
Comprendo, pues, a mi amigo que ha dejado lo de escribir artículos reflexivos para mejor ocasión. Mientras continúe predominando la gresca, el bochinche y la barahúnda, a lo mejor uno también debería hacer lo mismo que él.