Faltan unas horas para que en Pamplona (en francés, Pampelune) un coro plurisexual y bastante intoxicado etílicamente (o sea, totalmente pedo total, como dirían los de las clases bajas) se arranque a cantar eso de “¡¡¡pobre de mí// pobre de mí/ s’han acabao// las fiestas de San Fermín!!!” , y, luego, los integrantes de semejante engendro cacofónico, para consolarse de tan infausta pérdida, se lancen de cabeza a bares, cafeterías, cantinas y otros antros hosteleros a acabar con las existencias de bebestibles. Con ello se pone punto final al anual macromegabotellón sanferminero. Cosa que sucederá a las 23:59 horas de hoy.
A esas horas, no obstante, Ella, la lehendakarisa de Madrid Herría, y lideresa indiscutible (por otra parte, bastante discutida en privado) del peperío madrileñí, hará un buen rato que ya habrá obtenido la condición de madre política –o sea, suegra—de la ya esposa de su hijo primogénito. De ahí a pasar a la condición de abuela sólo la separan los ayuntamientos carnales que, sin obstáculos ni físicos, farmacéuticos y/o mecánicos a la procreación, que tengan a bien practicar los recién casados.
Sí, amadísimos, globalizados, megaletileonorisofiados y manoseados niños y niñas que me leéis, hoy los condes de Murillo están de casorio familiar. Eso sí, en la intimidad de una de las fincas de la familia. Algo así como una reunión familiar a la que sólo acceden los íntimos. Es decir, que no han sido invitados ni siquiera los enemigos más próximos, tales que sus correligionarios de partido. Eso sí, Ana Botella y su marido estarán chez Madame la Comtesse. Ventajas de estar incluido José María Aznar en la categoría de ex presidentes del Gobierno.
Realmente, Esperanza Aguirre y Gil de Biedma nunca da una puntada sin hilo. Es el paradigma del savoir faire, savoir être, savoir ennuyer (no os lo traduzco porque se trata de la lengua francesa y no de las lenguas catalana, vasca y gallega, amenazantes del castellano). Ella cuando es buena es buenísima. Pero Ella, cuando es mala, es muchísimo mejor. Si no que se lo pregunten a los de la canallesca que disfrutan como enanos siguiendo sus dichos y hechos. Y es que la presidenta de la Comunidad de Madrid tiene muy buena mano para casi todo. Mano para la cocina (siempre y cuando el servicio se encargue de pelar patatas, cortar hortalizas, descamar pescados, quitar plumas a las aves). Excelente mano para la gestión de la cosa pública. Amorosas manos para acariciar criaturas. Fuertes manos para lanzar zarpazos, cual pantera juguetona. Blancas y bien cuidadas manos con zarpas de acero, a lo Freddy Kruger, el friki de Viernes 13 y sus tropocientas secuelas cinematográficas. La lideresa madrileña, si le viene, coge tres kilos de solomillo de toro de lidia y en un pispas, en un decir Rajoy, los deja reducidos a steak tartare, listos para el añadido de huevo crudo, cebollita trinchada finamente, alcaparras, copita de coñac y un toquecito de salsa Worcester.
Manos aceradas las de Madame la Présidente, pequeñines/as míos/as. Nada de terciopelos recubriéndolas. Nada de finos encajes de Camariñas. Nada de guantes de tafilete. Sus manos –y sus uñas—son de acero al tungsteno. Convendría que la que ya es su nuera lo tuviera en cuenta. Esperanza Aguirre la política la hace fuera de casa, lejos del hogar familiar. O sea, que de mamá política, nada de nada. Suegra y bien suegra. Es el papel que mejor le va. En casa y, en especial, en la Presidencia de la Comunidad de Madrid. De momento. Que ya se verá, a la vuelta del verano, como ejerce de suegra –incluso de suegrona—en el Partido Popular. O sea, que Marianito Rajoy ya puede empezar a temblar. Y de él abajo, todos y todas.