Zapatero ha celebrado sus cien días de Gobierno –en realidad, cuatro años y cien días, que no hubo solución de continuidad- con un muy criticado mitin-fiesta en la Casa de Campo de Madrid. Pero un mitin-fiesta muy particular: allí se han dado cita casi más ‘jefes’ que ‘indios’; es decir, mucho, muchísimo alto cargo del tipo pelotari acompañados de unos cuantos militantes de a pie, pero de animado espíritu palmero.
Tras escuchar el discurso presidencial, cabe una primera consideración: es conocido que esperar algún tipo de autocrítica por parte de Zapatero es como creer en la bondad infinita del ser humano; pero tanta autocomplacencia, tanta búsqueda de aplauso fácil de acólitos, tanto renegar de la propia responsabilidad y buscar justificaciones en acciones u omisiones ajenas es vivir en una burbuja peligrosa, acaso antitética y que puede producir temor social.
Porque Zapatero ha hablado de las medidas que ha adoptado en cien días, y ha obviado lo que ha hecho mal y hasta lo que no ha hecho en cuatro años anteriores. El presidente se ha colocado en el mismo pedestal en el que se atornilló en marzo de 2004, cuando era tan fácil –y tan justo y tan real y tan necesario- echarle la culpa de todo a Aznar… pero ahora no se pueden repetir fórmulas. Ahora hay que reconocer que la herencia que hoy padece el Gobierno es la herencia que se ha dejado a sí mismo este mismo Gobierno. Zapatero se defiende con el ataque. Está muy bien en la guerra, en la batalla futbolera, en otros frentes, pero no en la gobernación de un país cuando ese país empieza a tener muy serios problemas y necesita de gobernantes rigurosos que nos hablen como a un pueblo mayor de edad.
En esas circunstancias no resulta muy creíble la sinceridad de Zapatero en su anuncio-oferta del “máximo consenso” a Mariano Rajoy para afrontar una "situación difícil" en el plano económico, cuando previamente deja sin reconocer -¡aún todavía hoy!- el calado de la crisis que nos afecta, ni mucho menos la responsabilidad del Gobierno que él preside, y además descalifica al oponente en un juego táctico del te quiero-te aborrezco.
Zapatero sabe que no quiere acuerdos con Rajoy en materia económica, porque “no estoy de acuerdo con esa receta de Rajoy de hacer una reducción del gasto público, porque ya sabemos quien la paga, los de siempre, los trabajadores”. Muchos estamos con él en ese rechazo al recorte social. Pero, ¿no hay fórmulas de entendimiento al hablar? ¿No es preferible hablar primero y pegar después?
Pero Zapatero quiere, necesita acuerdos para acaso apuntalar una imagen personal que cada día se derrumba un poco más en la opinión pública. Está solo, parlamentariamente hablando y tiene que romper su imagen de soledad en temas diversos, como antiterrorismo, o en la Justicia, que cada vez es un mayor carajal. Ahí tiene sentido la reunión con Rajoy. Y la foto, claro, la foto que necesita el dialogante y talantudo ZP.
En definitiva, un mitin-fiesta para un ego. Pero así no vamos a ninguna parte.