¡Que viene el lobo!, nos dijeron durante muchos años. Tantos, que al final creímos que el lobo nunca llegaría. El Banco de España y diferentes instituciones políticas y financieras internacionales nos advirtieron en reiteradas ocasiones sobre la burbuja inmobiliaria española. Desde 2004 esas advertencias se reforzaron. Nos decían que el precio de la vivienda estaba sobrevalorado en un 30% y que resultaba imposible mantener un ritmo de construcción residencial que superaba al conjunto del resto de Europa. Pero oíamos esos avisos como si de rumores lejanos se tratasen. Mirábamos a nuestro entorno y veíamos cómo los pisos subían y cómo los promotores se encaramaban a las listas de los más ricos y poderosos del mundo. Nos hipotecábamos más allá de toda prudencia, hasta el mismo límite de nuestros sueldos, aprovechando la coyuntura bancaria del dinero fácil, rápido y barato. Nos recomendaron que hiciéramos esas hipotecas a tipo fijo, pero también hicimos los oídos sordos. Los tipos estaban tan bajos que nos daba pereza vincular la hipoteca aun tipo fijo más elevado. Y así, endeudados hasta las cejas y a tipo variable, llegamos hasta el verano de 2007, en el que el panorama cambió bruscamente. Los tipos de interés comenzaron a subir y, con ellos, la mensualidad de las hipotecas. El petróleo no se quedaba atrás, y semana tras semana batía sus récords de cotización. La economía de las

familias comenzaba a erosionarse, pero todavía no nos preocupamos en demasía. El gobierno nos tranquilizaba con unas previsiones económicas halagüeñas y con un colchón de superávit a prueba de cambios de ciclos.
Y, de repente, saltaron dos inesperadas crisis que nos llenaron de perplejidad. Primero fue la de la subida de los alimentos, que comenzaron a originar disturbios en distintas zonas del planeta. Recuerdo que las primeras ocurrieron en México, debido a la subida del maíz, condimento básico de las imprescindibles tortillas mexicanas. Después se repitieron en otras regiones y países. El maíz, el trigo, las frutas y las hortalizas se encarecieron de forma brusca e intensa. Otro sablazo más para el bolsillo de la familia media. Y en esto estábamos cuando estalló la crisis de las hipotecas subprime norteamericanas, que hizo tambalear al mundo financiero. No entendimos muy bien de qué se trataba ni el alcance que podría tener. Eran unas hipotecas que se habían concedido a clientes de alto riesgo y que se habían titulizado en mercados financieros. Al final, las entidades que compraron esos paquetes descubrieron que no eran más que aire, por lo que tuvieron que provisionar y reconocer unas altas pérdidas que no esperaban. Los bancos se asustaron. No sabían cuánta basura contenían sus propios balances ni, mucho menos, cuánta podrían ocultar los de la competencia. La desconfianza se instaló entre ellos y tuvo como consecuencia más inmediata que cesaron de prestarse dinero en el interbancario. Las bolsas sufrieron fuertes caídas y algunos bancos tuvieron que ser intervenidos por sus gobiernos respectivos. La prensa financiera internacional hablaba del riesgo de una grave crisis internacional por contagio, pero aquí, en España, se nos seguía diciendo que el marrón de las subprime no nos afectaría y que nuestros bancos estaban inmunizados frente a esos avatares. Terminamos creyendo a esas voces tranquilizadoras, por más que sintiéramos un escalofrío de temor cuando leíamos la prensa internacional. Las ventas de vivienda cayeron con fuerza en la segunda mitad de 2007, mientras que el desempleo se incrementaba por vez primera. Pero el gobierno seguí insistiendo que de crisis nada, y que en 2008 creceríamos alrededor del 3%.
La confianza de empresas y consumidores comenzó a resquebrajarse, pero, todavía, pensábamos que 2008 sería un año de ajuste para los inmobiliarios, pero que las crisis no afectaría a otros sectores. Un crecimiento por encima del 2% sería todavía posible. Comenzó 2008 y nos metimos de lleno en una larga campaña electoral en la que la economía apenas si tuvo relevancia. El gobierno negó una y otra vez la crisis, y manifestó su convencimiento de crecer por encima del 2,5%.
Zapatero volvió a ganar las elecciones y renegó de nuevo por tres veces de la crisis que nos golpeaba. Sus ministros se esforzaron en el más difícil todavía. Buscar sinónimos paliativos. Desaceleración suave al principio, intensa al final, todos los eufemismos perecían pocos para intentar ocultar la epidemia que nos carcomía. Y, mientras esto sucedía, los alimentos, el petróleo y los tipos de interés seguían subiendo, al igual que los concursos de acreedores de las empresas que no podían atender pagos, así como las tasas de desempleo. La morosidad, se multiplicó por dos en apenas unos meses, anticipo de una tendencia que durará al menos un años más. Si a principios de 2007 la morosidad no llegaba al 0,5%, se estima que en 2009 superará el 2%. Por si fuera poco, la crisis subprime también llegó a nuestro sistema financiero y los bancos endurecieron las condiciones de acceso al crédito hasta unos límites desconocidos hasta la fecha. Las empresas de cualquier sector comenzaron a sufrir problemas de liquidez que los bancos agrandaban al no renovarles pólizas ni concederles nuevos créditos.
Los cínicos afirman que todo lo que va mal puede aún empeorar. Y así nos ocurrió. Los transportistas se declararon en huelga y el país se paralizó, con unas pérdidas para las empresas de difícil y cuantiosa valoración. El desánimo cundió por doquier, y las encuestas de coyuntura mostraban un estado de ánimo y de confianza de familias y empresas que deprimirían al más optimista. Tan fea se puso la cosa, que el propio presidente tuvo que reconocer que la desaceleración estaba siendo más intensa de lo inicialmente estimado y que creceríamos este año por debajo del 2%. A duras penas, y en el curso de un programa de televisión, tuvo que reconocer la crisis que ya devoraba nuestra economía. La EPA del segundo trimestre nos castigó con un incremento del desempleo mucho más elevado de lo que nos esperábamos, y el gobierno se vio forzado a modificar a la baja el crecimiento para 2008 – desde el 2,3% al 1,6% - y un tímido 1% para 2009. Ya no nos la creemos. Con toda probabilidad la realidad será mucho más dura. Este año apenas si creceremos un 1%, y el año que viene ya veremos. Al negar de forma tan insistente la realidad, el gobierno no goza de crédito público en este momento. Cualquiera de sus afirmaciones será puesta bajo sospecha.
El famoso superávit apenas nos daba más que para pagar los famosos 400 euros, cuya eficacia fue puesta en duda por el propio
Solbes. Ya hemos entrado en déficit, y nos mantendremos en números rojos durante varios ejercicios. Otra mala noticia, que merma nuestra solvencia como país y que dificulta su financiación internacional. Y, en medio de estas circunstancias, el gobierno inicia las negociaciones de financiación autonómica, un puzzle o sudoku de dificilísimo encaje. De nuevo los ayuntamientos quedan excluidos de la mesa de la negociación, por lo que les tocará bailar con la más fea durante estos próximos años, dado que sus ingresos por licencias y convenios urbanísticos han quedado en la nada.
El gobierno anunció unas medidas anticrisis, más cosméticas que reales. No confiamos en su eficacia. Nadie dice en voz alta lo que ya muchos pensamos. Que la crisis será profunda y dolorosa, y que no podrá resolverse con la varita mágica del gasto público. Nos tocará sufrir, y sólo podremos remontar vuelo si somos capaces de producir bienes y servicios con más calidad y mejor precio. A esto se le llama incrementar productividad, ser competitivos y aumentar el valor añadido. Es más fácil decirlo que hacerlo.
No hay mal que cien años dure. Pero esta crisis puede instalarse entre nosotros por más tiempo del esperado. Nadie nos habla de esfuerzo, ni de sacrificio, ni de ajuste. Todo parece que se solucionará con un poco de gasto público más. Desgraciadamente, no será así de fácil.