viernes 02 de febrero de 2007, 10:14h
Actualizado: 19 de septiembre de 2007, 11:55h
Cada año que pasa el Feria Internacional del Turismo, FITUR, alcanza cotas mayores. De tal manera que el recinto ferial Juan Carlos I se les está quedando pequeño. Este año, hay más de 13.000 empresas de todo tipo que llegan de 170 países de todo el mundo. FITUR, la segunda feria turística más importante de todo el mundo, es un gran foro para la industria y un inmenso escaparate para el visitante.
No es lo mismo enfrentarse a FITUR desde el punto de vista del viajero, del cliente, del turista, del visitante que desde los ojos de un operador o de un periodista. Para los primeros, la Feria es un sinfín, -digo sin fin porque es prácticamente imposible verlo todo- de flashes, de posters, fotografías, vídeos, folletos y carteles en los que recrearse. Allí, los magos del marketing han volcado los últimos lemas –después de exprimir las meninges de los creativos hasta le última gota- las últimas estampas de lo más atractivo de cada uno de sus países o de cada una de sus Comunidades Autónomas y, si me apuran, de cada uno de los pueblos de España porque en los pabellones dedicados a la industria turística nacional, se encuentra uno con patronatos de turismo que nunca hubiera soñado que existieran.
Para el protoviajero, aquello es una mina, una borrachera de imágenes, una tonelada de información impresa. Para el profesional, es otra cosa. Debieran ustedes vivir alguna vez la insoportable levedad del “ser” turístico.
Créanme si les digo que Fitur es un matahombres. Es un negocio agotador en el que se caminan leguas y se gasta hasta la última gotita de saliva en un parlotear frenético e incesante.
Si el cliente , el viajero, el turista, el visitante, pudiera ver, a última hora de la tarde a toda esa legión de chicas monísimas que pueblan los pabellones y reinan en las stands, se quedarían de piedra: zapatos esparcidos por la moqueta, alguna que otra greña de tanto mesarse los cabellos, pies hinchados, risa floja, ojeras y flojeras por doquier. Un auténtico “desparrame”. Y sobrevolando todo ese cansancio una idea feroz: mañana más.
Y, en efecto, al día siguiente se las encontrará usted de nuevo con el ojo pintado y la sonrisa por bandera porque el cliente, el viajero, el turista, el visitante, no tiene la culpa de que esto del turismo sea tan duro y hay que vender la idea de que todo lo que le ofrecemos está diseñado para su disfrute y su descanso, lo que, ciertamente, es verdad pero, ¡cuánto esfuerzo cuesta!
Los informadores, otra de las razas que menudea entre los miles de personas que habitan ese espacio multicolor, tienen también lo suyo. Estos son coleccionistas de tarjetas –en lo que no se distinguen de otros muchos, es
cierto- que corren de aquí para allá en busca de delegados, gerentes, jefes de prensa y todo aquel ser que les pueda facilitar una pista sobre cómo hacer su trabajo con menos esfuerzo: ¿Tenéis fotos de los campos de golf de tal o cual región? ¿No? ¿Dónde las puedo pedir? Y aquí, tarjetas, teléfonos, direcciones y otras pistas que los magos del marketing se afanan en brindar no vaya a ser que la ausencia del dato genere eso que llamamos “mala prensa”
para su país, su región, o su pueblito que, como hemos dicho, de todo hay en esta feria del señor.
FITUR seguirá siendo, por ahora, la segunda mayor feria turística del mundo pero, por la marcha que lleva, no descarten ustedes que se convierta algún día en la primera. Y si quieren un consejo útil para salir con bien de la
acontecimiento: tómenselo con calma. Lo mejor es planificar la visita y hacerlo por orden para no caminar kilómetros de más. No pretendan verlo todo, es inútil, y, además, sólo sacarán en limpio confusión. Lo mejor es trazarse un plan predeterminado sobre lo que se quiere ver y, armados de plano, hacer una ruta lógica por los pabellones. No está de más planificar una “paradinha” a lo brasileño, para un piscolabis. Ojo, procuren, en la medida de lo posible, hacerlo a deshora si no quieren padecer una cola, como la historia de Tolkien, interminable.
Con esas mínimas precauciones y alguna otra como proveerse de alguna botella de agua (el ambiente en los pabellones es seco) y de un calzado cómodo, FITUR puede resultar una experiencia verdaderamente agradable y, si me apuran, productiva, porque seguramente podremos enterarnos de ofertas que creíamos fuera de nuestro alcance y que no son tal. Así que, ¡ánimo!, las vacaciones merecen este esfuerzo.