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Intimidades

Intimidades

lunes 22 de septiembre de 2008, 19:36h
Actualizado: 22 de septiembre de 2008, 19:42h
TITO B. DIAGONAL
Barcelonés de alta cuna y más alto standing financiero, muy apreciado en anteriores etapas de este diario, vuelve a ilustrarnos sobre los entresijos de las clases pudientes.
Aunque no esté el horno para bollos ni la Magdalena para tafetanes tras la cafrada explosiva por partida triple, el sentido común, el seny que decimos por Cataluña, o el sentidiño que dicen los marineros gallegos de mi yate, el common sense de mi amigo lord Collingwood es de obligado cumplimiento en tal día como hoy. Vamos, como que esa panda de mafiosos encapuchados, no se va a salir con la suya.

Y dicho esto, amadísimos, globalizados, megaletileonorisofiados y buenísimos niños y niñas que me leéis, españoles/as todos/as, pasemos a las cosas realmente importantes, esas que requieren siempre mi magisterio (¡toma nota, Jáuregui!) desde el sentido lúdico de la vida que, por cierto, es el único realmente serio.

Y hoy lunes, como con secuencia de este finde, tocan intimidades. Pongamos pues que hablo del XIV Congreso del Partido Popular de la Comunidad de Madrid. O, si lo preferís, del glorioso triunfo de Ella, la lideresa, la lehendakarisa de los siete partidos judiciales que forman la antes provincia y ahora Comunidad Autónoma de Madrid. A Esperanza Aguirre y Gil de Biedma, condesa de Murillo, más que reelegirla como presidenta del partido, los delegados del peperío madrileñí es que la han canonizado por lo civil partidista. ¡Nada menos que la votaron el 96% de los compromisarios! El 4% restante es casi seguro que se encontrase en los lavabos, en la cafetería o, en algunos casos, atendiendo a los SMS de sus teléfonos móviles. Bueno, eso si exceptuamos, a Albertito Ruiz Gallardón.

Dicen que se ha impuesto la unidad. Bueno, según se mire, pequeñines/as míos/as, que también podría decirse que el PPdeM anda dividido. Por un lado, el 96% de los que apoyan a su presidenta, por el otro, aquellos que apoyan a Gallardón. ¿Os acordáis de la botella, no de Ana, sino del recipiente? Sí, hijitos/as, eso de las cantidades de líquido resultantes. Es algo así como una mezcla de la teoría de la relatividad de Albert Einstein y lo del cromatismo cristalero de Quevedo. Todo depende de cómo se mire la cosa, ¿verdad?

Lo cierto es que una gran parte del peperío cierra filas en torno a Esperanza Aguirre. Y no sólo en Madrid, que ya la están viendo con aspiraciones más altas así que lleguemos al 2012, que aún quedan cuarenta meses de tener a Marianito Rajoy Brey ocupando el principal despacho de la sede central pepera. Luego, como dicen los franceses, on verra, ya se verá, aunque a la condesa de Murillo se le haya puesto cara de Margareth Thatcher, que ya se ve ella de candidata primero y de ganadora después, eso sí, sin despeinarse su cuidadísima y mechada melena desmelenada…

Demos pues tiempo al tiempo. Y hasta entonces, no hay nada que una tanto a dos personas tan dispares como Aguirre y Ruiz Gallardón que la enemistad --¿sería pasarse mucho si habláramos de odio mutuo?—manifiesta. Ambos están obsesionados con una melodía sudacamericana –en este momento, Damián, mi valet de chambre, que entre sus vicios inconfesables mantiene el de bailar salsa, cual portorriqueño neoyorquino, no se encuentra en el club para asesorarme al respecto--, cuyo estribillo, entre estruendos de percusión y marcados toques trompeteros, dice: “¡Quítate tú, p’a ponerme yo!”. Tanto si la canta Esperanza como sí lo hace Alberto, seguro que a Mariano le zumban los oídos cosa mala.

La presidenta y el alcalde, no obstante, siguen siendo íntimos. Íntimos enemigos, por supuesto. Tener buenos y fieles amigos es una cosa al alcance, incluso, de Magdalena Álvarez, la ministra de Fomento… ¡Ah!, pero el tener acérrimos a la par que íntimos enemigos eso no resulta frecuente ni dado a la inmensa mayoría de los mortales. Sólo los elegidos por la casquivana diosa Fortuna pueden gozar/sufrir de enemistades de leyenda. Esperanza y Alberto, Alberto y Esperanza harán santamente en cuidarse mutuamente. Si un buen amigo es un tesoro, un íntimo enemigo resulta tan valioso como las joyas de la Corona, tirando por bajo.
Aguirre y Gallardón se saludarán sonrientes a diario. Procurarán zurrase por personas interpuestas que no hay nada más gratificante que recibir la patada destinada a uno en trasero ajeno. Alguien --¿Rajoy, tal vez?—debería regalar a cada uno de ellos una medallita con esta leyenda: “Hoy te odio más que ayer, pero menos que mañana”. Seguro que ambos la acabarían mostrando sonrientes a cámara.
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