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España en vilo

jueves 31 de mayo de 2018, 11:04h

Pedro Sánchez ha conseguido poner a la nación en vilo con una moción de censura contra Mariano Rajoy que pone en juego la estabilidad económica y la unidad de España. No se puede valorar moralmente una censura de un partido contra un Gobierno porque no se basa en una alternativa razonada desde una propuesta ideológica socialista ni está dirigida contra responsabilidades del Gobierno actual. Es un desafío personal de quítate tú para ponerme yo con el pretexto de unas incidencias judiciales que ni son únicas, ni son distintas de otras pasadas o por venir y que se producen tanto en el área del partido del uno como en el del otro. Un impaciente Sánchez, obsesionado por sentarse en el sillón de la Moncloa, aunque sea a título provisional, frente a un parsimonioso Rajoy convencido que su lento ocaso era un signo imprescindible de normalidad política. Se trata de retirar la confianza personal a Rajoy por cercanías con corrupciones para dársela a otro líder, al frente de un partido con idénticas máculas de conducta, pero cuyo liderazgo fue renovado más recientemente por un nuevo dirigente de distinta edad y no coincidente en el tiempo con la podredumbres pero sin apoyo popular suficiente ni relevancia parlamentaria homogénea en que apoyarse.

Para conseguir apoyo parlamentario suficiente Pedro Sánchez habla de elecciones en perspectiva, dispuesto a negociar cual sea dicho plazo una vez situado en el poder, con las que pretende situarse a sí mismo como el protagonista purificador y conciliador de las más diferentes y contradictorias tendencias operantes en los sótanos de la política aún llamada española. No son conocidos qué pactos o compromisos ha enlazado para que confíen en su gestión los aspirantes a trocear España y los demagogos del izquierdismo radical. Algo tiene que haber tramado para que quienes lo han conocido como colaborador indiscutible de la aplicación del Artículo 155 en Cataluña puedan pasar a considerarlo protector de la libertad del secesionismo. No se conocen públicamente sus compromisos ni que estos sean acordes con los sentimientos profundos del electorado que conserva su propio partido. Solo el sueño de desbaratar el aparato del Estado opresor por español, por europeo o por capitalista puede unificar negativamente a todos los gérmenes destructivos de una nación inerme puesta en manos de un personaje de versatilidad incierta.

No se comprende porqué Sánchez deberá ser quien arbitre la sustitución de Mariano Rajoy desde una coincidencia de piezas anatómicas a lo Frankenstein presidida por un partido socialista perdedor de elecciones. No se sabe qué interés puede tener nadie, a la derecha o a la izquierda, en provocar un caos institucional con todos los náufragos que esperan sobrevivir agarrados a los residuos flotantes tras el hundimiento de España. Hay que estar muy desesperado para afrontar un futuro sobre las espaldas de un hombre sin experiencia de Gobierno ni carácter previsible. Para instrumentar un acortamiento de la legislatura y un proceso electoral regenerador podría valer cualquiera mejor que Pedro Sánchez. Inclusive la agonía de Rajoy si decidiese por propia iniciativa no presentarse a una nueva legislatura resultaría una oferta más convincente que un Pedro Sánchez encaramado en el cuadro de mandos del Gobierno.

Pedro Sánchez se apoya en un escenario tan truculento que ha convertido a un Rajoy descendente en una supervivencia deseable, aunque solo sea por uh tiempo limitado. Un tiempo que necesita España para prepararse objetivamente para unas elecciones generales, una vez superado el espectáculo de la moción de censura, aprobados los Presupuestos Generales del Estado, consolidada la vigencia de una justicia independiente en todo el territorio nacional, incluida Cataluña, y recuperado el equilibrio de la estructura constitucional. España necesita limpieza política, es evidente, pero sobre todo, políticos sin sospechas de traición a la unidad nacional.

No es cierto que la era constitucional esté agotada ni el progreso de España haya tocado techo. No es cierto que los partidos constitucionalistas españoles hayan perdido capacidad movilizadora si tuviesen voluntad de defender el bien común. Los tres partidos constitucionalistas que deben y pueden pactar el momento conveniente del cierre de la legislatura no se han comportado como tales porque se ha interpuesto la ambición personalista de Pedro Sánchez. Debieran ser los tres partidos, entre los que se encuentra el más votado en Cataluña, los que debieran comprometerse conjuntamente contra la corrupción y contra la rotura del sistema y de la identidad española. Es la conclusión que debería recuperarse si fracasase una moción de censura inoportuna que amaga con el retroceso de la historia a tiempos aciagos de frentismo y miseria. A los españoles les convendría un fin de legislatura ordenado en el que los partidos constitucionalistas estuviesen conjurados para la convocatoria de unas elecciones generales limpias y serenas, ajustadas en forma y plazo a las previsiones legales y consensuadas con las competencias del presidente de un Gobierno sensible al clamor de la opinión pública y a las circunstancias sobrevenidas que aconsejan una medida de temperatura del cuerpo electoral. Pero el final de esta legislatura no debería estar dictado por el capricho de Pedro Sánchez, el chalet de Pablo Iglesias y la fuga de Puigdemont. Detrás del sanchismo solo se presiente la confluencia de las tres “pes” de Pedro, Pablo y Puigdemont unidas en un solo propósito: derribar a Rajoy. Después sonará el estruendo del desconcierto o la resaca del fracaso de una moción de censura que solo habrá sido un episodio oportunista en la historia del parlamentarismo español. Este episodio mantendrá en vilo a los españoles hasta que unos nuevos comicios expresen la voluntad mayoritaria de un pueblo por encima de un choque de personalismos.

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