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Fermín Cabal, dramaturgo: "El futuro de mis obras está en la cuesta de Moyano"

lunes 25 de enero de 2016, 08:30h
Fermín Cabal, dramaturgo: 'El futuro de mis obras está en la cuesta de Moyano'
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(Foto: Foto: Emilio Tenorio)
Fermín Cabal (1948), inició su carrera teatral con el grupo Tábano. Escribe de forma directa, descarnada, con un gran sentido de la economía expresiva y, en muchas ocasiones, sus textos están cerca del sainete.

Nació en León y, tras una corta carrera como actor, muy pronto se hizo dramaturgo “porque era mucho más fácil que ser actor”. Después de dirigir una película, La reina del mate (1985), volvió a la escritura dramática. “Entonces el teatro -asegura el dramaturgo-, se vivía con mucha pasión. Era una de las pocas posibilidades de expresar el sentir social de los españoles, y nosotros éramos los portavoces de públicos muy amplios”.

Algunos de sus más celebrados títulos son Briones (1978), Vade retro (1982), Esta noche gran velada (1983), Caballito del diablo (1985), Ello dispara (1990), Travesía (1992), Castillos en el aire (1995), Otra noche sin Godot (2001), Agripina (2002) y Tejas verdes (2002). En todas ellas muestra con ternura a sus personajes en la tragicomedia de su día a día. Ante sus piezas el espectador se mueve entre la perplejidad, la angustia y la risa. La dignidad de los personajes es lo que está en juego; hablan del dolor y de la risa de la condición humana. Cabal se configura como un valor dramático imprescindible en la época que siguió al franquismo. Textos muy sólidos, cuya temática es la realidad inmediata, la mirada hacia el progreso y la meditación sobre lo inmortal del ser humano visto desde lo cotidiano.

Su formación en el teatro español independiente ha marcado su trayectoria. Fundó Los Goliardos y estuvo al frente de la mítica sala Cadarso y El Gayo Vallecano. Pero, además, Fermín Cabal, ha sido también guionista de series de televisión, de películas, profesor y director de escena.

J.M.V.- Se dice que el teatro se asienta en la incertidumbre, pero entonces, sin embargo, había seguridad de que haciendo teatro independiente (no oficial) los problemas estaban asegurados…

F.C..- Sí, pero ese era parte del condimento del teatro. Cuando eres joven das mucho valor al riesgo, la pasión y en el teatro estaba todo eso.

P.- El teatro independiente de entonces es igual, o parecido, al teatro independiente de hoy?

R.- Entonces, el nuestro era un teatro itinerante, muy precario de medios, pero el teatro se va adaptando a la realidad social en la que crece. Ahora, por ejemplo, estoy representando Tejas verdes en la Sala Nueve Norte de Madrid, y en mi juventud me hubiera encantado poder disponer de un local así. ¡Hubiera sido el sueño de mi vida…! Un sitio donde poder trabajar de manera estable, poder hacer un repertorio que te gustara… Los jóvenes tienen ahora oportunidades que nosotros no tuvimos, pero también es verdad que ahora la vida es mucho más fácil, aunque haya muchísima más competencia. Es mucho más difícil salir adelante ahora que hace 30 o 40 años.

P.- Empezaste siendo actor, luego autor, guionista, cineasta, profesor…

R.- La verdad es que entré en el teatro por amor. Tenía entonces una novia que era actriz y, como lo que quería era estar con ella, estaba dispuesto a hacer cualquier locura, incluso la de ser actor. Pero me di cuenta rápidamente de que yo no era actor y tuve que reciclarme y me hice escritor, que me parecía que era lo más fácil.

P.- Y entre las muchas cosas que has hecho, ¿cuál te ha dado más satisfacciones y cuál más quebraderos de cabeza...?

R.- A mí lo que más me gusta es dirigir. Y también es eso lo que más dolores de cabeza me da. La escritura es un proceso mucho más íntimo, más personal; estás frente a ti mismo y te puedes corregir, y te puedes censurar sin que te vea nadie… Pero, cuando diriges, tienes enfrente de ti a los actores que se pasan el rato pensando que tú no tienes ni idea, que eso lo harían mucho mejor ellos, y eso se convierte en una lucha dura, y una fuente de dolores de cabeza importante. Pero, al mismo tiempo, la posibilidad de entrar en contacto con el público y con los actores que te da la dirección, es muy bonito. A mí me atrae mucho esa inmediatez del teatro. Es un medio caliente… Aunque he hecho mucho cine y televisión, no me gusta, no me siento tan comprometido como con el teatro. Cuando me pongo a mirar a los espectadores de mi teatro (que, por cierto, cada día son más viejos, como yo….), me siento muy acompañado.

P.- No es muy común entre los dramaturgos, pero tú has dado dos y tres vueltas de tuerca a una de tus obras, ‘Tejas verdes’, hasta el punto de convertirla casi en otra distinta…

R.- Esta obra era un encargo. Me la pidió un amigo, Eugenio Amaya, con el que he hecho muchos espectáculos, y, al ser de encargo, yo no escribí lo que a mí me salía, sino lo que necesitaba la compañía. Ahora he tenido la oportunidad de retomar ese material y trabajarlo desde una perspectiva más personal. Y estoy muy contento del resultado…

P.- ¿Te consideras un hombre optimista?

R.- Sí, sí, yo soy un optimista siempre. Por ejemplo, sé que el Sporting va a ganar la liga (Ríe francamente).

P.- ¿Concibes que el teatro pueda vivirse desde un lugar distinto a la pasión?

R.- Un teatro con poca pasión es un teatro con una patología delicada. El teatro frío solo puede hacerse de forma subvencionada, porque si no viene el estado a subvencionarlo, no existe. Pasión viene del griego ‘pathos’, y siempre ha ido ligada al teatro, desde hace ya 2300 años. El teatro produce una catarsis -la purificación de las pasiones- en el espectador. El mismo Aristóteles, que era médico y trabajó con su padre que también lo era, aunque luego se dedicó a ser un intelectual, que era mucho más divertido que la Medicina, utilizaba el término catarsis, que es el mismo que utilizaban los médicos griegos para las purgas, las sangrías. Y cuando explica cómo funciona la tragedia, dice que produce en el ánimo del espectador una catarsis, a través de la compasión y del terror. Esa es una teoría que me gusta bastante y por eso, cuando escribo, suelo preguntarme siempre si lo que hago es lo suficientemente catárquico…

P.- ¿Para ti, el teatro es una especie de espejo donde nos miramos?

R.- Sí, desde luego. La literatura, en general. El amor, la violencia política, el terror, está en el teatro y está en la vida. Escribir un teatro frío, donde no hay pasión, un teatro de ideas, puede tener un sentido; a mí no me atrae nada eso y no lo hago. Cuando leo cosas que me conmocionan, pienso siempre en poder llevarlas a mi teatro porque pienso que, en la misma medida que me ha conmocionado a mí, puede hacerlo con el espectador. Por eso me gusta tanto ‘Las criadas’, de Genet, porque, siendo una obra superviolenta, tiene al tiempo una enorme capacidad poética. Jean Genet era admirable, en ese sentido…

P.- ¿Y en qué medida el hecho de conocer una cosa no es también el principio de su solución?

R.- Ese es un terreno muy delicado. La tradición occidental siempre ha tenido la pretensión de hacer mejores a los demás, pero yo creo que esa no es tarea de la cultura. Por eso a mí me gusta Jean Genet, porque no pretende hacer mejores a los otros, entre otras cosas porque su moral personal era muy sui géneris que, por cierto, yo no comparto. Pero era un artista extraordinario que no necesita esa vertiente pedagógica que tiene la Ilustración y todo el teatro contemporáneo, esa manía de “instruir deleitando”, que han repetido tantas veces los pedagogos del teatro. Al teatro le basta con deleitar, hacer que el público encuentre belleza en él, lo cual no es incompatible con la compasión y el terror que decía Aristóteles... La belleza de la tragedia es, precisamente, esa inmersión en las pasiones (Medea, Electra, Orestes…)...

“No tengo ninguna prisa en morir”

P.- ¿Puede decirse del Fermín Cabal autor, que es un dramaturgo claro?

R.-Sí. Lo intento siempre. Pero sé también que no estoy en posesión de la verdad. Transmito lo que pienso. Creo también que casi todas las pasiones humanas son intercambiables, y por eso el teatro funciona… A través de la empatía (otra vez el ‘pathos’). Otra vez vemos que todo el teatro gira en torno al ‘pathos’. Por cierto, una palabra que en el griego clásico era mucho más neutra de lo que es hoy en día, que es un término que arrastra ciertas connotaciones negativas. Entonces significaba solamente un movimiento anímico que transformaba al personaje. Pathos es el dolor, pero también el amor.

P.- Sientes que los nuevos autores (Conejero, Messiez, Becerra, Velasco, Amaya, Martínez Vila, etc.) han desplazado ya a la vieja guardia que integráis Alonso de Santos o tú mismo?

R.- Cuando mueres, desde luego, nadie te hace ya ningún caso. Pero aún sigo vivo… Bromas aparte, ahora hay un momento muy bueno de escritura dramática en España.

P.- En tu caso personal, desde ‘Briones’ hasta hoy, ha llovido mucho… ¿Qué obras tuyas te parece que serán más rescatables en el futuro?

R.- Ninguna (Ríe abiertamente)… El futuro tiene muchos nombres. Para los pesimistas, el futuro es el fracaso. Para los optimistas, el futuro es la ilusión. Y, para los hombres prácticos, el futuro es la oportunidad… Para mis obras, el futuro es la cuesta de Moyano. Irán desapareciendo lentamente (vuelve a reír…).

P.- ¿Tu postura es resignada o cínica?

R.- Ni lo uno, ni lo otro. Resignación, no. ¿Para qué? No me tiembla el pulso por decirte esto; es realismo absoluto. Es puro sentido común. Es pura cuestión estadística. Si tú coges el teatro de la primera mitad del siglo XX, prácticamente no han sobrevivido más que Valle Inclán y García Lorca. Y Valle Inclán, en vida, solo vio representadas dos de sus obras. Ese hecho te pone en un sitio muy claro.

P.- ¿Qué buscas más en el público con tu teatro: la perplejidad, la angustia o la sonrisa?

R.- Algunas actrices con las que trabajo ahora te dirían que la sonrisa fácil y vulgar. Ellas me contienen porque yo soy muy chabacano. Si me dejaran, yo haría solamente payasadas. Aristótelesdecía que el hombre es el único animal que ríe; ningún otro lo hace. A mí eso me fascina. Yo he estado en hospitales, en la cárcel, en un batallón de castigo en el Ejército, y nunca me he reído más que en esos momentos terribles. La dureza de la vida te obliga a sacar lo mejor de ti mismo. O te ríes o te matas, y yo no he tenido nunca ninguna gana de matarme… No tengo ninguna prisa en morir.

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