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Que actúen los jueces, no los juzgadores

jueves 15 de septiembre de 2016, 17:35h

Dicen que en este país nuestro llamado España cada habitante lleva en su alma un seleccionador de fútbol, un político*y un juez. Es este un país lleno de juzgadores, sin toga ni conocimientos jurídicos. Capaces de convertir en villanos a señores a los que jueces influidos por factores ambientales han decretado que deben ser imputados (investigados, perdón) por prevaricación, malversación, cohecho o por apropiación indebida que en muchos casos no ha existido. O, simplemente, por haberse equivocado pensando que hacían lo correcto o, al menos, lo que en ese momento estaba permitido y luego fue prohibido.

Espero que usted me entienda: naturalmente que no estoy pidiendo hacer la vista gorda contra el corrupto, contra aquel que ha desviado dinero público hacia su bolsillo: tolerancia cero con esos. Lo que sí pido es un trato diferente, que no incluya la pena infamante, con quienes se hayan equivocado de buena fe en el ejercicio de su cargo, con aquellos a los que una apuesta que pensaban en favor de su comunidad les ha salido mal, con aquellos que quizá por pereza, negligencia o simplemente mala pata, no se llegaron a enterar de que otros, subordinados suyos, abusaban o, sin más, robaban. O con quienes actuaron en una coyuntura que luego, merced a esa inseguridad jurídica tan made in Spain, cambió de pronto.

Ignoro el grado de culpas de Rita Barberá, tan cruelmente tratada por los suyos y los ajenos. Y lo mismo puedo decir de Manuel Chaves y José Antonio Griñán; conozco a los tres y reconozco que puedo ser un ingenuo de tomo y lomo, pero no estoy nada seguro de que merezcan pasar por el infierno por el que están pasando, mientras otros, ya sea en la vida pública, en la privada, o en ambas, se han ido de rositas o han visto injustificadamente prescritos sus casos gracias a tribunales cortos de vista.

No, insisto: no estoy abogando por mirar hacia otro lado ante la corrupción, sino por todo lo contrario: porque nos centremos en la verdadera corrupción, y que no convirtamos a esta en un pretexto para no hacer los pactos políticos que necesitan los españoles.

Ni tampoco estoy disparando contra un presuntamente excesivo celo judicial: creo que los jueces están, eso sí, sometidos a una presión mediática, ambiental, que en alguna ocasión -no siempre, desde luego-- les impide actuar con plena libertad. Lo que quiero decir, en resumen, es que no me gustan ciertas actuaciones de Barberá, ni de Chaves, ni de Griñán, ni de Soria, ni la de mi paisana la ex alcaldesa de Santoña, que ha tenido que dejar su escaño por una antigua denuncia falangista, ni la de mi amigo Abel Caballero, a quien se pretendió imputar por un no demostrado 'soborno' de un bolígrafo y un reloj.

No los defiendo, porque tribunales hay que actuarán espero que correctamente. Lo único que digo es que hemos vuelto a instaurar la pena de la picota y de ahí a la pira purificadora puede que haya un paso. Que una cosa es un país limpio, honrado y justo, y otra una nación llena de dazibaos acusatorios que, encima, sirven de pretexto para tirarse a la cabeza las hemerotecas, mientras seguimos con un Gobierno en funciones en el que todos llaman 'corruptos' a todos, mientras no hay un solo funcionario que quiera desatascar un papel no vaya a ser que aparezca, merced a vaya usted a saber qué 'vendetta', en los papeles. Lo de Concepción Arenal: odia el delito y compadece al delincuente. Y compadece aún más al presunto inocente a quien nadie le reconoce esta presunción.

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