Pantallas de 75 pulgadas, sonido envolvente, suscripciones a todas las plataformas deportivas habidas y por haber. Nunca habíamos tenido tantas facilidades para ver un partido cómodamente sentados en el sofá de casa. Y, sin embargo, cuando llega la hora del pitido inicial de este Mundial, miles de españoles siguen cogiendo las llaves, cerrando la puerta y caminando hasta el bar de siempre para animar a La Roja. ¿Por qué seguimos haciéndolo?
El sofá nunca ganó al ambiente
La respuesta no tiene tanto que ver con la tecnología como con algo mucho más antiguo: la necesidad de compartir la emoción con otros. Un estudio reciente sobre hábitos de consumo futbolístico en España revela que el 80,6% de los aficionados prefiere ver el fútbol acompañado de amigos antes que en solitario, y que el 77,1% opta directamente por hacerlo en un bar. Son datos que confirman algo que cualquier aficionado intuye: un gol grita más fuerte cuando se celebra junto a una barra llena de desconocidos que comparten la misma camiseta, aunque sea solo por noventa minutos.
El bar ofrece algo que ninguna pantalla doméstica puede replicar: la incertidumbre compartida en tiempo real, los gritos al unísono, las miradas cómplices con el de la mesa de al lado, el comentario espontáneo del camarero que también está pendiente del marcador. Es una experiencia social que trasciende el partido en sí.
Una tendencia que el sector ha sabido leer
Esta preferencia no ha pasado desapercibida para la hostelería ni para las marcas vinculadas al mundo del deporte, que cada vez ponen más en valor el papel del bar como espacio de encuentro futbolero. Una muestra de ello es #MegaBarMundial, una iniciativa impulsada por Mega Casino para identificar y reconocer los bares donde mejor se vive el fútbol en distintos puntos de España. El reconocimiento como mejor bar del país recayó este año en el Oé Oé Sport Bar de Burgos, con el Universal Sport - Cafetería Bar de Zamora como segundo clasificado, dos ejemplos que ilustran cómo determinados locales consiguen movilizar a su comunidad y convertir cada partido en una cita ineludible del barrio.
Iniciativas de este tipo funcionan precisamente porque ponen el foco en algo que las grandes cifras del streaming a domicilio no logran capturar: el vínculo entre un establecimiento y su clientela, construido partido a partido, temporada tras temporada.
El ritual importa tanto como el resultado
Hay también un componente de ritual en todo esto. Ir al bar a ver el partido implica una rutina reconocible: la misma mesa, el mismo grupo de amigos, la misma cerveza antes del once inicial. Ese ritual aporta una sensación de pertenencia que ver el partido solo en casa, por mucho que la imagen sea perfecta, no termina de sustituir. El fútbol, al final, siempre ha sido tanto lo que ocurre dentro del campo como lo que se vive alrededor de él.
A esto se suma un factor práctico nada desdeñable: no todos los hogares cuentan con la suscripción necesaria para ver según qué partidos, y el bar resuelve ese problema de un plumazo, con la ventaja añadida de no tener que recoger nada al terminar.
Una costumbre que no parece tener fecha de caducidad
Con la proliferación de plataformas de streaming y la mejora constante de la tecnología doméstica, sería razonable pensar que el bar perdería protagonismo como lugar para ver el fútbol. Los datos, sin embargo, indican justo lo contrario: la experiencia colectiva sigue pesando más que la comodidad individual. Mientras siga existiendo la necesidad de celebrar un gol con alguien al lado, el bar de la esquina seguirá teniendo las pantallas encendidas cada vez que haya un partido importante por delante.
Y partidos importantes, lo que es decirlo, no van a faltar. El próximo 2 de julio España se juega el pase a octavos de final ante Austria, así que ya sabes: nos vemos en el bar para celebrar juntos cada ocasión, cada parada y, con suerte, cada gol de La Roja.