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Pero ¿quién aconseja a los reyes?

domingo 23 de noviembre de 2008, 12:48h
Actualizado: 26 de noviembre de 2008, 07:31h
Si no fuera porque conozco bien las cualidades que adornan a Alberto Aza, un hombre admirable que ejerce como jefe de la Casa del Rey, o las del secretario general de esa Casa, o las de algunos magníficos funcionarios como el director de comunicación, me preguntaría quién diablos está influyendo en algunas de las cosas que ocurren en La Zarzuela. Desde el famoso libro de Pilar Urbano –yo sigo sin creerme que la Reina pude decir cosas que se ponen en su boca como “¿Iker Casillas y yo juntos? Pues que me lo envuelvan, que me lo quedo”--, que nadie sabe cómo recibió el ‘nihil obstat’ del palacio, hasta el aumento no muy justificado ahora en el presupuesto de la Casa, son muchos los dislates que se han cometido últimamente.

Lo recuerda el gran periodista Miguel Angel Mellado en su columna dominical en El Mundo, que no es un periódico monárquico, pero que, cuando tiene razón, la tiene. ¿Quién llevó al Rey a inaugurar el curso escolar en el Instituto balear donde el español está suprimido? ¿Quién mantuvo a los reyes en la inauguración de la polémica cúpula de Barceló en Ginebra? ¿Quién no le avisa de que hay que suprimir ya tanto yate en Mallorca, financiado con intereses privados?

Y conste que no cita Mellado algunas otras cuestiones, que son puros dislates desde el punto de vista de la imagen: el Príncipe, condecorando a su esposa, doña Letizia, nada menos que con el lazo de dama de la Real Maestranza de Caballería, rancia institución sevillana de abolengo clasista y, sin duda, machista. ¿Contribuye tal ceremonia a acercar al heredero de la Corona –persona que tiene muchas virtudes para encarnar la Corona española,  aunque parece que haya quien se empeña en ocultarlas: tengo pruebas de ello—a los ciudadanos de la calle, que es a los que tiene que gobernar? Leo la crónica, contenida, lacónica, de la especialista de La Vanguardia, Mariangel Alcázar, una auténtica veterana en seguimiento a las figuras de nuestra monarquía, y me espanto; desconocía lo que la Real Maestranza de Caballería, que no deja que las mujeres estén presentes en sus ceremonias, significa.

Como monárquico que me confieso –pienso que es la forma más progresista y segura de abordar ahora la nueva era—no puedo evitar recordar la anécdota que se nos ha transmitido en familia y que, por tanto, puede ser apócrifa, aunque yo la dé por cierta: ardían los conventos, se alborotaban las calles y en todos los rincones se hablaba de la posible llegada de la República. Maura, el polémico y gran político, se acercó a palacio a ofrecer su apoyo al Rey Alfonso XIII, a quien encontró…colocándose las botas para jugar al polo. “Me alisto en las filas de la República, Majestad”, dicen que le dijo, indignado, Maura, mientras abandonaba el recinto.

Lo que nunca puede ser la Monarquía, especialmente una que apenas lleva tres décadas restaurada, es piedra de escándalo. Y objeto de comentarios cuando menos irónicos en los periódicos, aunque sean periódicos de talante republicano, pero respetuosos con la Corona y quienes la encarnan. Si, como creo, no está en La Zarzuela, ¿quién diablos aconseja lo que quienes encarnan a la familia real deben o no hacer?
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