Solidaridad, equidad, tolerancia, equilibrio y diversidad, palabras vacías
El conformismo asombra. Una proporción se levanta cada día y cumple con sus actividades con una expresión que pareciera indicar que nada está ocurriendo. Pero, pienso que la procesión va por dentro. Debe ser así, salvo que la mitad de la población sea imbécil y la otra mitad ingiera pentotal sódico tres veces al día. Como sea, toleramos demasiados abusos de poder, ilegalidad y violación de nuestros derechos.
No navegamos en el mar de la felicidad, lo hacemos sobre uno de inmundicia, huecos y charcos, con servicios públicos precarios, viendo indigentes y niños con la mano extendida en las esquinas. El ciudadano de a pie, sobreviviente más que habitante, sortea toda clase de peligros, desde la motocicleta que circula sobre las aceras hasta las enfermedades que han retornado con intensidad. Si logra sobrevivir, tendrá la certeza que él, o un integrante de su familia será víctima de robo, atraco, secuestro o asesinato. Si se salva de lo anterior, entonces le clavan una enmienda para perpetuar el desgobierno, le cierran el negocio y lo mandan a callar.
Venezuela vive un estado de ilegalidad casi total. La ley es pisoteada en forma permanente: el productor o comerciante está sujeto al cobro de peajes y vacunas y todo el que tramita un pasaporte, una licencia, un certificado, una solvencia, un contrato o participa en un juicio sabe que pone en juego su salud, el bolsillo o ambos. Corruptos y corruptores forman un coro maligno que amenaza con liquidar valores y principios de nuestra sociedad. Tranquilo, "tú sabes como es la cosa aquí ¿Ya te bajaste de la mula?" es parte del diálogo cotidiano.
La Constitución y las leyes constituyen las normas básicas que garantizan cohesión, progreso social y el éxito de sus individuos. Sin ellas dominan el caos, la injusticia, la erosión de los derechos humanos y el crimen. Aumenta el costo de hacer negocios, viajar, divertirse, transitar, prestar servicios o generar bienes. Las autoridades, electas o nombradas, pero siempre pagadas por los ciudadanos, son servidores cuya función central es respetar y hacer respetar la Constitución, las leyes y las disposiciones emanadas de ellas. Deben ser los vigilantes del orden social, garantes del progreso de los individuos y sobre todo un ejemplo para los demás. Cuando no lo son, cuando interpretan las leyes a su antojo y abusan del poder, degradan nuestras vidas. Un millón de nuevos empleos improductivos, la mitad de las industrias cerradas, productores amenazados, medio país en la economía informal, inflación rampante es el balance de una década y en lugar de pedir perdón, quiere mandar durante otra.
Solidaridad, equidad, tolerancia, equilibrio y diversidad, palabras vacías. El abusador es solidario con sí mismo y sus acólitos; tolerancia, ni con sus seguidores; equidad, pura demagogia. Política de Yo, El Supremo, yo el único amigo de los pobres y que en tal condición los mantengo. Yo, el que da las órdenes. Yo que quisiera irme, pero no debo, yo mando y ordeno. Yo, vapuleador de enemigos y liquidador de disidentes. Yo, ese que te da algo sólo cuando obedeces. Ordeno cambiar la Constitución y las leyes aunque ellas pauten lo contrario. "Tú sabes como es la cosa aquí, ¿Ilegal? Yo te aviso, la ley soy yo" ¡Basta ya!
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