No ha sido un mensaje navideño más. El Rey, consciente de la gravedad de la situación y de las penurias que sufren miles de familias españolas, raseó su discurso con expresiones claras y cotidianas para que todos le entendieran al abordar los tres problemas principales en España: crisis económica, terrorismo y unidad territorial. Incluso, puede considerarse que bordeó el papel que le otorga la Constitución y planteó problemas y necesidades que representan un compromiso ineludible de unidad de acción para el Gobierno y el principal partido de la oposición. Preocupado por los jóvenes sin trabajo con sus aspiraciones truncadas, la necesidad de crear empleo y mantener la solidaridad, las reglas internacionales con mejor supervisión y transparencia y la unidad para salir de la crisis,
D. Juan Carlos espoleó a la dignidad y orgullo de los españoles
“despleguemos con inteligencia y tesón nuestra bien probada capacidad de superación, tirando del carro en la misma dirección, soportando cada uno su grano de arena”. En un párrafo, D. Juan Carlos trasladaba a los ciudadanos, en su propio lenguaje, lo que hace falta para salir de la
“seria crisis” y su preocupación por los que han perdido el empleo “más allá de la frialdad de las cifras” y, en concreto,
“sus familiares y tantos jóvenes que no encuentran trabajo y los que ven amenazados o truncados sus proyectos y aspiraciones”. Pero no sólo basta con tirar del carro, el Rey reclama principios básicos de actuación para vencer problemas y dificultades
“si actuamos con realismo, rigor, ética y mucho esfuerzo, anteponiendo siempre los intereses generales a los particulares".
Pero el momento álgido del discurso se produjo con un cambio de cámara a plano corto y un tono de voz enfático y trascendente
“No es tiempo para el desánimo. Hemos logrado salir adelante con fuerza de otros periodos complejos y reemprender el camino aún con mayor dinamismo”. El monarca utilizó la táctica del entrenador de fútbol en el descanso para animar a sus jugadores a que salgan a ganar, si o sí, el partido
“Tenemos sobradas razones para creer en nosotros mismos, para sentirnos satisfechos de lo que somos, de nuestros esfuerzos, de muchas realizaciones y nuevos éxitos, incluidos los deportivos tan abundantes en el 2008”. La Casa del Rey cuidó todos los detalles porque la foto que aparecía a la derecha del monarca recogía una instantánea con Luis Aragonés celebrando el triunfo en la Eurocopa. Y a continuación lanzó una alegato para que los ciudadanos recuperen la confianza en sí mismos, en las instituciones, en su cultura
“son muchos los motivos para sentirnos orgullosos de España, para alimentar la necesaria confianza y esperanza en el futuro, con el aval de tres décadas de progreso y modernización en torno a nuestra Constitución”.
En clave positiva, con el objetivo de introducir cierto optimismo y confianza pero sin esquivar la dura realidad, y tras recordar a las víctimas del terrorismo, felicitar a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y agradecer la

colaboración de Francia, el Rey aseguró que
“estoy convencido de que, con unidad, voluntad y determinación, el final del terrorismo estará cada vez más cerca”.
Los mensajes navideños del Rey D. Juan Carlos tienen históricamente una trascendencia y relevancia notable. Es el único, a lo largo del año, que redacta la Casa del Rey y que, por cortesía, conoce el gobierno pero sin capacidad para corregirlo, aunque eso depende de la confianza y la relación personal entre el monarca y el presidente del Gobierno de turno.
En el discurso de este año nos encontramos con un equilibrio entre cuestiones que pueden agradar más o menos a
José Luis Rodríguez Zapatero. Por ejemplo, que en los primeros párrafos del mensaje navideño el Jefe del Estado se refiera a España como Nación en tres ocasiones y reclame
“capacidad para resolver problemas y alcanzar nuevos objetivos con sentido de Estado”, es un aviso a navegantes que aceptan discutir la interpretación del término Nación para España; y es una guía en pleno proceso de negociación de la financiación autonómica, en ese mercado placentero de satisfacer ambiciones que se ha convertido el Palacio de la Moncloa.
Un último apunte. La acción exterior de España debe ser lo más consensuada y coordinada posible, reclamó el Rey y planteó un nuevo impulso a las relaciones con Estados Unidos. D. Juan Carlos planteó la obligación de reforzar la cooperación multilateral
“frente a los grandes desafíos, desde el terrorismo internacional a la crisis financiera y económica internacional, el hambre y la pobreza, o la protección del medio ambiente”.
Lo dicho, un discurso de calado con un planteamiento vital: todos a tirar del carro en la misma dirección. Eso también va por la banca.