En todos los países del mundo existe una edificación, un monumento, un sitio, dedicado a honrar a sus héroes nacionales y a personalidades destacadas de su historia, la literatura, las ciencias, la política, etc. Esos sitios son venerados, respetados y protegidos con toda solemnidad por los gobiernos y por el público que los visita porque son lugares de recogimiento donde está presente la esencia misma de la nación.
El 27 de marzo de 1874 el presidente Antonio Leocadio Guzmán decretó la transformación de la iglesia de la Santísima Trinidad de Caracas en Panteón Nacional para conservar los restos de los Próceres de la Independencia y de ciudadanos venezolanos eminentes que merecieran ese elevado honor. Allí reposan los restos mortales de El Libertador Simón Bolívar y permanecen abiertos los sarcófagos destinados a acoger las cenizas del Precursor Francisco de Miranda y del héroe de Ayacucho, Antonio José de Sucre. También reposan los restos de numerosos próceres y hombres ilustres de Venezuela.
El Panteón Nacional es el más alto altar de la patria. Siempre fue un lugar de recogimiento donde los venezolanos acudimos a reverenciar a los protagonistas de nuestra historia patria, donde en las ocasiones solemnes de fechas nacionales se rinde tributo a El Libertador y donde dignatarios extranjeros que nos visitan presentan sus respetos a los fundadores y constructores de nuestra nación.
Por lo menos así fue hasta que bajo el régimen del teniente coronel presidente se inició un proceso de irreverencia y agravio hacia ese augusto lugar que comenzó con el traslado de los restos del dictador Cipriano Castro y la sepultura de unos presuntos despojos del cacique Guaicaipuro. En el primer caso, colocar allí la osamenta de un sátrapa como Cipriano Castro, en el mismo sitio donde se encuentran no sólo los restos de nuestro Libertador sino también los de los protagonistas de nuestra democracia, es una grave injuria, un acto denigrante y bochornoso hacia quienes reposan en ese santo lugar y hacia todos nosotros, los venezolanos. En el segundo caso, sepultar en el Panteón un puñado de tierra recogido en el lugar donde hipotéticamente se quitó la vida, incinerándose, ese mítico personaje de la época de la conquista, es un acto que desnaturaliza el destino al cual está dedicado ese sacrosanto templo de nuestra historia independentista y republicana.
Pero el colmo de la afrenta contra nuestro Altar de la Patria la acaba de cometer el teniente coronel presidente al celebrar en el Panteón Nacional el cincuentenario de la revolución cubana y al tomar la vejatoria, afrentosa e insolente determinación de colocar la bandera de Cuba junto con la de los demás países bolivarianos en ese recinto sagrado. ¿A cuenta de qué se ha tomado esa decisión? ¿Qué tiene que ver Cuba con nuestra historia patria a no ser por aquel oprobioso episodio del fallido intento de introducir en territorio venezolano un contingente de guerrilleros para apoyar la subversión castro-comunista contra la naciente institucionalidad democrática de nuestro país?
¿No es éste, como dice Agustín Blanco Muñoz (El Universal 03-01-09, Pág. 1-4) un paso más hacia la consolidación de la Venecuba (yo prefiero hablar de Cubazuela porque el orden de los factores es importante ya que en definitiva se trata de la imposición del modelo cubano-comunista en nuestro país y no viceversa).
En su mensaje de Año Nuevo, el pasado 31 de diciembre, el teniente coronel mostró una fotografía del momento histórico en que los líderes de los principales partidos políticos venezolanos firmaron el "Pacto de Punto Fijo" que garantizó la estabilidad democrática de Venezuela hasta que este aspirante a monarca absoluto interrumpiera las cuatro décadas de democracia que vivió el país como resultado de ese trascendental documento. Luego de mencionar los nombres de los personajes que figuraban en la fotografía los calificó de traidores. Cabe preguntar, ¿Quién es, o quiénes son los traidores? ¿Aquellos que en un gesto de patriotismo y desprendimiento convinieron en colocar el destino democrático del país por encima de sus ambiciones personales y de los intereses político-partidistas? ¿O quien no solamente pretende eternizarse en el poder modificando a su antojo la Constitución Nacional, sino que, además, sacrifica la soberanía nacional con su proyecto político personal que busca reemplazar nuestra democracia con una copia al carbón del sistema comunista imperante en la isla, facilita al invasión de nuestro país por más de treinta mil cubanos que desplazan y privan de oportunidades de empleo a ciudadanos venezolanos y entrega nuestro petróleo a cambio de asesoramiento político para consolidar su hegemonía y su permanencia en el poder?
Pero eso no es todo. En la perorata que pronunció durante la celebración del aniversario de la revolución cubana en el Panteón Nacional el teniente coronel aseguró que los venezolanos están dispuestos a luchar por defender a Cuba y su régimen ante cualquier ataque por parte del imperio capitalista. "Los venezolanos por Cuba lloramos y por Cuba estamos dispuestos a morir peleando, si hubiera que morir por la Cuba revolucionaria", dijo.
Nuevamente cabe preguntar: ¿A cuenta de qué ofrece a la dictadura comunista cubana la sangre de los venezolanos? ¡Con mi sangre que no cuente! Y dudo que algún venezolano, incluidos sus mas fervientes y fanáticos seguidores y aduladores o alguno de los militarotes que aplauden como focas todos sus desmanes, se sacrificaría por Cuba. Allá él si como resultado de su enamoramiento enfermizo con Cuba y con Fidel está dispuesto a morir defendiéndolos.
Mientras califica de "pitiyanquis" a quienes disentimos de su descabellado proyecto político, el teniente coronel presidente exhibe de la manera más descarada su pitifidelismo. Nada sorprendería si el día que muera el otro Castro hace trasladar unos cuantos pelos de su barba para sepultarlos y erigirle un monumento dentro del Panteón Nacional.
Todo esto es una razón más para votar NO en el referendo.