Como la inmensa mayoría de políticos españoles de los últimos 30 años, el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, anda bastante, por no decir totalmente, pez en materia de transportes terrestres, marítimos y aéreos. Y tiene el columnista para sí que esta carencia obedece más a ineptitud congénita para la materia que a falta de voluntad.
Ciertamente, al igual que todos sus antecesores monclovitas, ZetaPé, en lo que lleva de mandato, ha dado un fuerte impulso a la construcción de costosas infraestructuras, lo que, sin lugar a dudas, ha sido de gran utilidad y provecho para las grandes empresas de obras públicas. Claro que las infraestructuras, sin una idea clara de su utilidad y de la dotación de materiales anexos, de planificación, en suma, sólo sirven para las fotos de inauguración.
Ayer, el presidente del Gobierno giraba visita a Barcelona, y como se trata de una persona educada, pedía excusas por el carajal ferroviario de la capital catalana (24 cortes de la red de cercanías en los primeros 59 días naturales de 2007), que tiene como causa inmediata las obras –contra reloj, hay que añadir— del AVE. La indignación ciudadana por tan reiterados incidentes está cobrando ya caracteres de motín popular, mientras tanto la Generalitat tripartita, como las organizaciones sindicales y la patronal ponen el grito en el Cielo...
Rodríguez Zapatero y su inclasificable ministra de Fomento, Magdalena Álvarez, (quien, por lo visto, ha ganado algún que otro entero en La Moncloa, por haber seguido la mitad de los consejos técnicos sobre la resolución del incidente del Ostedijk, el barco holandés con fermentación a bordo de parte de sus 6.000 toneladas de fertilizantes) deben afrontar ahora la petición de la Generalitat de ceder la gestión del aeropuerto del Prat. Petición que está entre los diez primeros asuntos el temario de la comisión mixta que debe desarrollar el nuevo Estatuto de Cataluña.
Ayer, en Barcelona, en principio y con tibieza, el presidente del Gobierno dijo que no era el momento para plantear esta transferencia, aunque, muy de acuerdo con su estilo, no descartó el hacerlo más adelante. Y ahí es donde el columnista se echa a temblar. El aeropuerto del Prat, tal y como está el tráfico aéreo en Europa, es, por ubicación, por infraestructuras e instalaciones, el aeropuerto alternativo al oceánico de Barajas, y viceversa. No hay vuelta de hoja. Si el tripartito catalán quiere ejercer la co-soberanía esbozada en el Estatut(o), que busque una ubicación adecuada –si la hay, que no—para construir un Prat II.
Sin salirse ni un ápice de la legalidad constitucional vigente, el actual Gobierno puede ceder a las Comunidades Autónomas hasta la emisión de sellos de Correos, pero lo que por la situación geográfica de España y las oportunas legislaciones y convenios internacionales, hay dos no debería hacer nunca, por más que no haya obstáculos legales para ello. La primera es la cesión de las competencias en materia de Salvamento Marítimo (la Xunta de Galicia ya las ha pedido). Y la segunda, es renunciar a la gestión del aeropuerto del Prat. En el bien entendido caso, por cierto, de que quiera hacer una buena política de Transportes. Cosa que, transcurridos tres años de la legislatura está por ver.