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Ni Abejas ni Abejón pudieron aguijonear a Blesa

viernes 16 de enero de 2009, 20:24h
Actualizado: 23 de enero de 2009, 15:06h

Desde el palacete de la Puerta del Sol de Madrid, la presidenta autonómica, Esperanza Aguirre debe estar lanzando todo tipo de exabruptos. Nada hacía suponer lo que ha pasado. Vamos, que ni cuando fue elegida se produjo un esperpento parecido. Ese “Señor Simancas ausente” en la sesión parlamentaria de investidura en la cual dos tránsfugas socialistas le hicieron la  pascua al entonces líder del PSOE madrileño, que figura en los anales del ridículo político, pasa al segundo lugar de esta penosa clasificación.

Y otra vez aparece el mismo protagonista. Rafael Simancas , - el ausente en su sesión de investidura cuando los que le salieron respondones intervinieron para justificarse-. Ahora también está ausente cuando su jefe de gabinete,  Francisco Pérez Fernández, que nadie sabe bien porqué permanece en los órganos de gobierno de Caja Madrid,  ha votado en contra de una estrategia ordenada por su actual jefe de filas, el actual secretario general del PSM Tomás Gómez, cuyos juramentos en arameo se deben estar oyendo hasta en Ferraz, la sede federal socialista.

Lo cierto es que la operación de relevo de Blesa se ha roto por dónde menos se esperaba. Los socialistas madrileños han vuelto a hacer el ridículo, y vienen a demostrar que, por muchas renovaciones que lleven a cabo, siguen manteniendo actitudes similares a las de la época de Pepe Acosta o Juan Barranco, cuando los comités regionales, máximos órganos decisorios de la organización, se parecían más a una pelea callejera, con navajas incluidas, que a un debate político.

Ahora nadie puede predecir el futuro de Abejas, el hombre encargado por Esperanza Aguirre de llevar a cabo el proceso que debería conducir al relevo de Miguel Blesa. Pero tampoco el de otros, como el pobre Miguel Ángel Abejón, el representante de UGT, ni de muchos otros próceres a los que se les está atragantando la poltrona de esos reyes midas en que se convierten los políticos que acaban en los órganos de gobierno de las cajas de ahorro. Ellos que se las prometían muy felices, con sus prestamitos por aquí, sus condonaciones de deuda por allá, su influencia financiera por acullá. Todo menos el tener que pasar por convertirse en los protagonistas de una tragicomedia que no se merece Caja Madrid, ni por su  historia, ni por su relevancia en el mundo financiero e industrial español, ni por su política social que tanto ha ayudado a la Comunidad Madrileña.
 

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