“El Concilio Vaticano II fue un pecado”, confesó a este periodista en 1983 monseñor Marcel Lefebvre, fundador de la secta integrista Fraternidad de San Pio X, (creada en la localidad suiza de Friburgo en 1971). Fue en su seminario de Econe (Suiza), donde se despachó a gusto contra los Papas Juan XXIII, Pablo VI y el mismísimo Juan Pablo II por las consecuencias postconciliares, asumidas por Roma, en torno a la liturgia de la misa, el ecumenismo, la libertad religiosa y la colegialidad de los obispos. En resumen, lo que le llevó al cisma y a la desobediencia de hecho a los postulados de la Iglesia que, como él también dijo a quien suscribe, “ha dejado de ser católica”. Monseñor Lefebvre fue excomulgado pública y formalmente por el papa polaco, que en su Carta Apostólica "Ecclesia Dei" (2 de julio de 1988) decía: "El reverendísmo mons. Lefebvre y los sacerdotes Bernard Fellay, Bernard Tissier de Mallerais, Richard Williamson y Alfonso de Galarreta han incurrido en la grave pena de excomunión prevista por la disciplina eclesiástica" (Código de Derecho Canónico, can. 1.382). Lefebvre les había consagrado obispos contra la voluntad de Roma. Su decisión de consagrar a estos cuatro curas de la Fraternidad (un suizo, un francés, un inglés y un hispano-argentino) la tomó en 1986, cuando ya se veía viejo y sin sucesor en la secta, y a pesar de las advertencias del Papa Wojtyla y el entonces cardenal Ratzinger para no llevarlas a cabo. Lefebvre murió el 25 de marzo de 1991.
Esta excomunión de Lefebvre y sus cuatro obispos ha estado vigente hasta el 24 de enero pasado, cuando el papa Benedicto XVI la acaba de levantar, después de que el 15 de diciembre de 2008 Fellay enviase una carta al Vaticano, en nombre de los cuatro, en la que expresaba el deseo de permanecer fieles a la Iglesia romana y al Papa. Muchos de los miembros de la integrista Fraternidad de San Pio X se han encolerizado al ver que se levanta la excomunión de estos cuatro obispos, pero no la de Marcel Lefebvre, su padre fundador. Pero la cólera de verdad ha saltado donde menos se esperaba: por parte de los judíos, que no han tolerado las declaraciones de uno de los cuatro exonerados de la excomunión, el obispo inglés Richard Williamson, negando la realidad del holocausto y las cámaras de gas y afirmando que los nazis “sólo” asesinaron a 300.000 judíos. (Lefebvre basaba una de sus máximas críticas a la Iglesia en la liturgia posconciliar que suprimió las alusiones a los “judíos deicidas”).
Como tantas veces a lo largo de los siglos, dentro del seno de la Iglesia de Cristo han ido surgiendo movimientos cismáticos (éste el último) que en nombre de lo “católico” (entendido como lo “tradicional” y lo “intocable”) han enfrentado a los cristianos entre sí, ignorando la base de la creencia en Cristo. Dejando de lado la polémica creada en torno al levantamiento de la excomunión de los lefebvristas prelados ultracatólicos, habría que imaginar hasta dónde pueden llegar los movimientos inducidos por la jerarquía católica (casi se puede definir ya de ultracatólica) española, que del odio a los judíos –predicado todavía por los lefebvristas- ha pasado al odio a los ateos, y del odio a los ateos (y a los agnósticos militantes), al odio a los socialistas. Da lo mismo que se hable de la probabilidad o seguridad de la existencia de Dios que del aborto, de la eutanasia, del matrimonio homosexual o de la Educación para la Ciudadanía. Si una de las máximas jerarquías de la Iglesia en España dice sin bajar la mirada que “la utilización de los espacios públicos para hablar mal de Dios es un abuso que condiciona injustamente el ejercicio de la libertad religiosa”, refiriendose a la publicidad aparecida en autobuses de Madrid y Barcelona,o si la revista semanal del arzobispado de Madrid, Alfa y Omega, señala que la campaña del ministerio de Sanidad a favor del uso de los condones por parte de los jóvenes para prevenir el peligro de embarazos no deseados equivale a la “corrupción de menores”, ¿qué se puede esperar del inmediato futuro del catolicismo en España?
Es triste reconocerlo, pero el desprestigio de lo “católico” va cuesta abajo. El católico de verdad prefiere considerarse cristiano a secas porque ve cómo, cada vez con más furia, con más pasión, con más ceguera, más ranciamente, muchos de los que enarbolan la bandera católica lo hacen para encerrarse en un ghetto, para ganar una batalla, para salir triunfadores, para recordar tiempos pasados, para invocar constantinismos, para lamentar pérdidas, para sumar ganancias. Los integristas de la Fraternidad de San Pio X, con Lefebvre a la cabeza, renegaron del Concilio Vaticano II, y se lamentaban de que la Iglesia ya no era “católica”. En el nuevo integrismo de las jerarquías y los movimientos y partidos políticos que las jalean funciona, como en los años 70, cuando aquello de “Tarancón al paredón”, el miedo: el miedo a dejar de aparecer socialmente como católicos. Aunque no exista miedo alguno a dejar de aparecer como cristianos.