domingo 15 de febrero de 2009, 18:38h
Actualizado: 17 de febrero de 2009, 07:45h
Cada año desaparecen en España 25.000 personas. De ellas aparece el 99%, y entre estos están los que se ha ido de cacería con un juez sin decirlo en casa, los que están trincando hasta que les pillan, los maridos o esposas infieles y los que no saben quienes son hasta que se les pasa la borrachera.
A todos estos es bueno señalarlos con el dedo y la fotografía para conocimiento del personal y vergüenza de ellos mismos, si es que la tienen.
Siempre he pensado que a los golfos conviene identificarlos y me parece que los periódicos se la cogen con papel de fumar cuando tapan los ojos de un delincuente o ponen las iniciales de su nombre y apellidos en vez de exhibir su personalidad como castigo social a su desvergüenza.
Pero como el mundo está al revés, la intimidad que se protege es la de los indecentes.
En el caso de la desaparición y muerte por asesinato de la adolescente sevillana Marta del Castillo, los medios de comunicación no paran de sacar la foto de la victima abrazada a su verdugo a pesar de que sus padres han pedido a los medios que no se recreen en esa escena.
Un respeto a la familia y a la víctima sería lo mínimo exigible a unos medios de comunicación que presumen de defender unos principios éticos que luego no aplican en su conducta diaria.
El nombre y la foto que debe salir es la del asesino y su cómplice (que ayer aparecía telecinco protegido por un sombreado de su rostro).
Sin llegar a un maniqueísmo exagerado es importarte que sepamos distinguir entre quiénes son los buenos y quienes son los malos, porque en caso contrario estamos colaborando a igualar conductas que no se parecen en nada.
Proteger el derecho a la intimidad del delincuente a costa del derecho a exhibir el rostro de la víctima porque así se informa mejor es una indecencia y ya es hora de que los medios de comunicación empiecen a liderar una batalla por la limpieza en un entono demasiado sucio protegido por lo políticamente correcto.