Parece el túnel del tiempo.
Zapatero sigue impertérrito en su optimismo antropológico, o zapateriano. El zapaterato se mantiene a duras penas, pero el califa no acaba de enterarse. Ahora dice a la prensa internacional que no tiene intención de cambiar a sus ministros. ¿Qué ministros? La mayor parte de los españoles no conoce a la mayor parte de los integrantes del gobierno, y a varios de los que conoce quisiera cambiarlos. Entonces, ¿a qué viene la chulada de que no va a cambiarlos? Me parece un desafío peligrosísimo a la opinión pública.
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Nunca he creído que el presidente del gobierno sea el único al que compete nombrar y separar a sus ministros. Nosotros les pagamos, elegimos a quien los elige: tenemos derecho a opinar, faltaría más. No encontrará usted hoy un solo periódico, una sola tertulia, una sola opinión callejera, que no piense que hay ministros quemados, abrasados, torrados. Que apenas se salvan cuatro o cinco, y soy generoso. Pero este ZP imperturbable –cualidad positiva que, llevada al extremo, se convierte en sumamente negativa— nos hace comulgar con la rueda de molino de que todo es inalterable, todo va bien, nada debe cambiar.
Ya sabemos que los comentaristas políticos, a los que siempre nos achacan simpatías o antipatías que la mayor parte de las veces no tenemos, para nada contamos en la opinión de los inquilinos de La Moncloa y aledaños. La verdad es, quizá, que ni siquiera deberíamos ofrecer nuestras opiniones. La que sigue no es solamente la mía: Zapatero tiene que cambiar urgentemente a varios de sus ministros, sacar conejos de la chistera, variar el rumbo de su gobernación. O perderá las próximas elecciones, pese a la oposición que tiene.