Cada partido es un mundo. Los hay que muestran orgullosos las heridas causadas tras la elaboración de las listas y presumen de que cada una de ellas fue en buena lid y demuestran la sana democracia que prima en su seno y no como pasa en otros partidos donde el 'ordeno y mando' campa por sus respetos. Hay partidos cohesionados que primero publican sus listas en bloque y luego envían a los bomberos a apagar los incendios causados en determinados municipios, bien porque el cabeza de lista no era quien quería la agrupación local bien porque el cabeza de lista no está de acuerdo con sus compañeros de candidatura.
También están los que entrelazan las manos con sus compañeros y las levantan en señal de victoria mientras aprietan en el bolsillo el puñal político en forma de "tú dirás lo que quieras pero yo te hago la lista", respondido con un apenas audible "tú haz lo que quieras que ya verás qué cometidos van a terminar realizando los que tú me impongas".
Los ciudadanos no suelen entender estas posiciones y les gustaría que los dirigentes de los partidos, ya que no se suelen llevar bien con las otras formaciones políticas, se llevaran, por lo menos, bien entre sí. Pero eso es casi imposible. Nos solemos enterar de ello cada cuatro años, precisamente ahora cuando se forman las listas y cada uno sabe, más o menos, si va a tener trabajo en el siguiente cuatrienio, lo que no es ninguna tontería, porque estamos hablando nada más y nada menos que de la seguridad laboral.
A continuación, en función del puesto que ocupe, los aspirantes podrán calibrar su acercamiento al líder y por lo tanto estarán en disposición de establecer el posible protagonismo que ejercerán en la legislatura. Hablamos por tanto de vanidad, mezclada con el orgullo de ocupar posiciones relevantes frente a quienes no han sabido hacerse valer.
Por el contrario, quienes bajan posiciones pero saben que saldrán elegidos de no mediar una debacle, si bien respiran ante la seguridad económica, se suelen reconcomer y echan la culpa de su desgracia a quienes podían haberle impulsado y sin embargo les han relegado. Eso dará origen a un odio que se plasmará en pequeñas zancadillas, hirientes comentarios y descalificaciones abiertas cuando el objeto de sus inquinas caiga en desgracia.
Otro aspecto que todos arguyen, pero que lamentablemente sólo algunos poseen, es el verdadero deseo filántrópico de hacer algo por sus conciudadanos. El resto, como pasaba en el siglo XIX cuando a un personaje le nombraban diputado por una provincia que a lo peor jamás había pisado en su vida, pueden pasar una legislatura completa sin llegar a conocer en profundidad las materias sobre las que habla o el territorio cuyos habitantes le eligieron, en lo que es una clara impostura.
¿Significa todo esto que los políticos son egoístas, vanidosos, orgullosos, envidiosos o mendaces? Afortunadamente, no. Pero, ahora que se acercan unas elecciones, habría que recordar que en el último Barómetro de enero de este año realizado por el Centro de Investigaciones Sociológicas, un 70 por ciento opinaba que "los políticos no se preocupan mucho de lo que piensa la gente como yo" .
También conviene recordar que en el Barómetro de Octubre de 2006, cuando se les preguntó a los españoles sobre la confianza en las instituciones, los encuestados situaron a la Policía, el Ejército, la Monarquía y al Defensor del Pueblo por delante de los Ayuntamientos que obtuvieron una calificación de 5,11. Y que tras ellos iban el Tribunal Constitucional, los gobiernos autonómicos y los parlamentos autónomicos, si bien éstos dos últimos no alcanzaban el aprobado al quedarse en un 4,96 y en un 4,90. Claro que, puestos a ser positivo, concejales y diputados regionales estaban mejor valorados que el Gobierno central, el Congreso de los Diputados, el Senado y los tribunales de Justicia.
En estas condiciones, sólo quiero hacer una petición a quienes se presenten: piensen en el electorado; no le defrauden. Quizás, si no cumplen su compromiso, puedan repetir en las listas e incluso escalar posiciones, pero sean conscientes de que arrebatar la ilusión a una parte de la sociedad y aumentar con ello la abstención, por falta de confianza en sus representantes, es el principal mal que pueden inocular en un sistema democrático. Y de ello la Historia sí que les pasará factura.