Soñar nuestra Europa
jueves 04 de junio de 2009, 19:12h
Actualizado: 05 de junio de 2009, 13:03h
Cuando el 12 de junio de 1985 Felipe González firmaba en el Palacio Real el acuerdo de adhesión de España a las Comunidades Europeas, se cerraba definitivamente una etapa de nuestra historia. Concluía con esa rúbrica nuestra transición hacia la democracia y la integración en Europa, dejando por fin atrás el periodo más triste, gris y oscuro de los últimos 100 años. En ese gesto simple de aquella firma se concentraba buena parte de los sueños y aspiraciones de toda una generación de hombres y mujeres que había luchado por una Europa que no acabara en los Pirineos, que anhelaba dejar de ser la reserva espiritual de occidente, el rescoldo del fascismo, mientras corría delante de los grises en ese lugar común que no por tópico fue nunca menos triste ni menos cierto. La Libertad, alimentada y protegida en el pensamiento de todos esos hombres y mujeres fue casi la única ventana al futuro durante la mayor parte de la dictadura militar franquista, y fue del mismo modo la que permitó seguir con aquella lucha un día y otro día más hasta sumar cuarenta años .
Entendimos así que Europa bien valía renunciar a una parte de nuestra soberanía, de nuestra capacidad para decidir sobre procesos que nos afectaban directamente, con la firme convicción de que toda cesión nos hacia más fuertes, más grandes y más iguales al resto de países del viejo continente. Lo cual mirado ahora ya con una cierta perspectiva histórica podríamos decir fue acertado.
Gracias a los fondos de cohesión y fondos estructurales que nos llegaron desde el seno de Unión pudimos construir carreteras y vías ferroviarias, levantamos hospitales y centros de salud, nuestros pueblos y ciudades se llenaron de nuevos colegios y parques, en definitiva gracias a los fondos recibidos y al esfuerzo de esa generación que peleó por hacer de nuestro país uno más del viejo continente. Pudimos recuperar el tiempo perdido y pasar de ser invitados a ser anfitriones de la casa común que hoy conforman 27 países.
Pero ahora cuando ya han transcurrido veinticuatro años desde esa fecha, otra generación pide paso con energías renovadas, con nuevos sueños y anhelos, con distintas aspiraciones, pero con las mismas ansias transformadoras de entonces. Asumiendo de entrada nuestra ciudadanía europea de hecho y reclamando que sea de derecho, demandando soluciones globales a problemas supranacionales, exigiendo la igualdad como una realidad social y no como un discurso hueco, pidiendo un desarrollo sostenible que cuide nuestro medio ambiente, reivindicando no una Europa de los 27 sino de 497 millones.
Por eso el 7 de junio nos jugamos mucho más que saber quién capitaneará el equipo español en la eurocamara, lo que esta en liza es nuestro derecho a soñar con una Europa mejor, más justa y más solidaria, con una Europa de los ciudadanos. A construir entre todos el futuro que deseamos y no el que nos impongan, a vivir en un espacio donde las personas valgan más que los capitales y no al contrario. Debemos recoger la antorcha y con el mismo espíritu transformador de antaño volver a imaginar Europa, recordando que otros antes que nosotros nos demostraron que todo era posible. Debemos en definitiva transformar nuestros sueños en realidades. Ése es nuestro desafío, nuestra responsabilidad con los que nos sucedan. Ésta es la herencia que queremos dejar.