Democracia y participación
lunes 08 de junio de 2009, 16:51h
Actualizado: 12 de junio de 2009, 21:33h
Si tenemos en cuenta que la participación es un elemento consubstancial con la democracia, y que es difícil concebirla sin la opinión expresada a través del voto de los ciudadanos, de qué se ríen los que no han conseguido sacar de sus casas a más de la mitad de la población convocada a las urnas para decidir qué cincuenta candidatos se sentarán en el próximo Parlamento de la UE. Ya sé que en otros países de la Europa de los 27, la abstención ha sido mayor y que incluso en algunos la participación ha rozado porcentajes ridículos. Mal de muchos, consuelo de necios, no puede ser el camino a seguir, porque haciéndolo se ofrece una imagen muy negativa de la importancia de la participación y se da a entender que lo importante es el apoyo a cada formación política, con independencia de los que participen.
Más vale pájaro en mano que ciento volando, se convierte, de esta manera, en el lema principal de los que creen que es lógico que en unos comicios europeos la mayoría de la ciudadanía pase de algo que cuesta entender a los propios que viven de ello. Europa, donde ya se deciden una gran parte de lo que afecta a nuestras vidas, se convierte en un lugar lejano aunque notamos la cercanía de sus decisiones en nuestros pescuezos. Por estas razones, me extrañó que la vicepresidenta del Gobierno de España María Teresa Fernández de la Vega calificase de “digna” la participación electoral, alegando que España votó más que la media de la UE.
También me llamó muchísimo la atención la alegría del líder de la oposición popular, Mariano Rajoy, al conocer que había ganado sin la participación de la mitad de los españoles llamados a las urnas. Se mostró eufórico por obtener más porcentaje de votos que en otras elecciones generales y por no sé cuántas comparaciones más, sin aclarar que lo que cuenta es el número de apoyos ciudadanos. Si en los comicios en los que José Luis Rodríguez Zapatero repitió su triunfo, en 2008, el PP obtuvo más de diez millones de votos, cómo puede estar contento ahora de que el apoyo al PP no supere los 6,5 millones de votantes. Ya sé que los porcentajes sobre los votantes es lo importante, para la clase política española, pero no estaría de más reflexionar sobre la legitimidad de los elegidos sin el concurso de más de la mitad de la población con derecho a voto.
Sin ninguna duda, es obligación de los líderes políticos trabajar para animar a los ciudadanos a que participen en y de la democracia, y una decepción que no consigan atraer su atención. Pero no pasa nunca nada. Los ganadores madrileños encabezados por Esperanza Aguirre, encantados de conocerse, se muestran contentos de ser los que más votos han puesto en la cesta de Rajoy y de ganar en pueblos en los que el PSM había arrasado hasta la fecha, y los perdedores liderados por Tomás Gómez, aparentemente encantados de no conocerse, dicen, con razón, que los datos no son extrapolables y añaden, con mucha fantasía, que los resultados del PP indican que la mayoría absoluta de la mandataria madrileña está a punto de quebrarse. El que no se contenta es porque no quiere.
Algo tendrán que hacer para fomentar la participación como una manera nítida de democratizar la democracia, sistema muy poco desarrollado en los partidos políticos mayoritarios, porque de lo contrario habrá que ir pensando en la sustitución, paulatina, de esta clase política por otra más propensa a contar con los demás y a estar cerca de la ciudadanía y sus problemas. Siempre es más sencillo y menos traumático que tratar de sustituir al 50% de la población que pasa de comicios y otras cuestiones vitales para mejorar la calidad de vida de las personas.