La justicia debe ser equilibrada, humana y edificante. Una acción equiparable a la acción criminal no sería justicia sino venganza. La venganza conduce a la revancha y la cadena de acciones que ésta desata sólo fortalece los odios fanáticos. Debe ponderarse el sentido constructivo y humano de la justicia. Debe tenerse cuidado pues no se puede conceder patente de corso a los agredidos para responder con igual iniquidad.
Hay casos en que la intolerancia se une con el poder político, financiero, militar, comunicativo y entonces suceden las campañas de supeditación, sometimiento o aniquilación del distinto. El poder otorga a los grupos de intolerancia la posibilidad no ya de rechazar, sino de eliminar al distinto.
La intolerancia siempre desconfía de la información, pues el conocimiento de datos, hechos y conceptos pueden conducir a acólitos de un sistema de creencia a pensar, revalorizar y cambiar de opinión.
Es obvio que el análisis crítico se sustenta sobre la información. El intolerante no quiere un sistema de diálogo y polémica creativa sino un sistema de obediencia ciega.
La vida, el decoro, la justicia, la libertad, no pueden atenerse a ciertas conveniencias grupales. Tienen que ser asumidas en sus esencias universales porque si no se debilitan. En tales conceptos básicos para la normal existencia y pervivencia de la humanidad no puede haber medias tintas: un poco menos de vida ya no es vida, un poco menos de decoro ya no es decoro, un poco menos de justicia y de libertad ya las lesiona.