Con motivo de un artículo de opinión mío sobre política internacional regional, aparecido en esta columna hace 15 días, recibí algunos mensajes insultantes y agresivos, tanto que un lector pedía que se discutan los argumentos y no se ofenda a lo personal.
En realidad, muchos colegas que escriben artículos de opinión han recibido el triple, incluso amenazas personales, por no estar de acuerdo en sus diferentes campos con la posición oficial. No se trata entonces de "tener la piel más delicada", como dijera irónicamente Mario Moya Palencia en una reunión llevada a cabo en la casa de Daniel Cossío Villegas durante el Gobierno de Luis Echeverría, convocada precisamente para discutir el papel de los intelectuales frente al poder y en donde participaron Octavio Paz, Julio Schérer, entonces director de Excelsior, y el propio presidente de México. Villegas contestó que no se trataba de ser o más o menos sensible, sino de algo más importante: la libertad de opinar más allá de los intereses de los Gobiernos de turno. "No es un problema de piel delicada, es un problema de salud pública", remató Cossío Villegas.
No se trata entonces de quejarse por agravios recibidos, sino de reflexionar sobre estos y lo que implican.
En mi larga vida de articulista de opinión, critiqué la política de los Estados Unidos en América Central, los Gobiernos de esa época y por, supuesto, los regímenes dictatoriales de Pinochet y aliados en otros países de la región. En esta década, el ataque de los Estados Unidos a Iraq. Recibí algunas comunicaciones de formal desacuerdo, de crítica a mi punto de vista, nunca insultos ni agravios. Es cierto que muchos de los lectores que estaban en contra caían en el juego del maniqueísmo. ¿Por qué no hablaba también de los fusilamientos en Cuba, de las "purgas" internas de los grupos guerrilleros en América Latina? La respuesta era obvia: a cada quien su día. Un crimen no justifica otro.
Se suponía que los tiempos habían cambiado y que, por lo menos, las personas que se dicen de izquierda habían entendido el enorme salto intelectual y político que implicaba dejar el socialismo del siglo XX por el del XXI. La diferencia se llama democracia. El socialismo del siglo XX construyó en los países en donde obtuvo el poder verdaderos campos de concentración. Y lo que permitió encerrar en estos campos al que opinaba diferente fue precisamente negarle la capacidad de poder opinar en contra de un sistema. Aniquilarlo como ciudadano al condenarlo a priori de estar al servicio del "enemigo".
El remate de esta intolerancia es la impunidad. Se escribe desde el anonimato. Con el tiempo, aparecerán los rostros. A falta de argumentos, la agresión verbal. No hay que ser filósofo ni historiador para saber que las agresiones verbales justificaron las agresiones físicas. Por ello, los espacios de reflexión y de diálogo de los periódicos no pueden convertirse en lugares en los que sea consignada la agresión, el insulto y, sobre todo, la incapacidad de razonar en nombre de una violencia que se arroga la pretensión de la verdad. Ni el de la fuerza, así sea verbal.
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