Tal como están las cosas, “
lo de Caja Madrid” baja casi de la categoría a la anécdota, pero en cualquier caso anécdota importante. Pocas veces un relevo tan necesario y urgente como el de
Miguel Blesa en la presidencia de la entidad, se habrá convertido en un culebrón tan interminable, con tantos papeles cambiados y tantos tejemanejes políticos deteriorando la que es nada menos que la cuarta entidad financiera de España. Esta semana, un hombre tan profesional, capaz y equilibrado como
Luis de Guindos ha sido literalmente incinerado por la tradicional vía del anuncio, sin su conocimiento y contra su voluntad, de un acuerdo inexistente por el que las cúpulas del PP y el PSOE, a espaldas nada menos que de la presidenta de la Comunidad de Madrid, habrían pactado su nombre como presidente de Caja Madrid. La agencia Europa Press, con su enorme y merecido crédito, fue sorprendida y utilizada en esa maniobra de manual para
“quemar” a Guindos, con la vieja lógica de que nada es más letal que el anuncio en falso.
Está bien comprobado que nada tuvo que ver el propio Guindos en el mismo, ni quienes promueven y defienden su candidatura. El falso anuncio paradójicamente vino a fortalecer el llamado “
pacto de julio” entre el PP y el PSOE madrileños, los sindicatos e incluso IU de la Comunidad de Madrid, que abre cada vez más paso al candidato de la presidenta madrileña Esperanza Aguirre, su estrecho colaborador político
Ignacio González, de perfil quizá no muy ajustado al cargo en disputa, pero también hay que reconocer que no más desajustado que el del actual presidente de la entidad, Miguel Blesa.
En esta fase del largo culebrón, sabido desde tiempo atrás que Luis de Guindos no tiene el respaldo de la presidenta
Aguirre, lo que de ninguna manera significa que no tenga su amistad y alta valoración, ya es un secreto a voces que tampoco Génova –ni
Rajoy ni el entorno de Rajo
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y– juega la carta de esa candidatura. El presunto acuerdo en torno a Guindos fue desmentido y murió nada más nacer. Se asegura incluso que Rajoy lo hizo personalmente en llamada a Esperanza Aguirre. La propia agencia Europa Press, siempre cuidadosa y escrupulosa en su tarea informativa, daba todo por desmentido a las pocas horas.
Por los círculos políticos y financieros de Madrid se piensa que la inexistente reunión fue filtrada precisamente para lo contrario de lo que parecía, esto es, para quemar el nombre de Luis de Guindos como candidato. Resulta verosímil, todo hay que decirlo. Al fin y al cabo, en Ferraz están felices con el intenso desgaste que la situación de Caja Madrid y el afloramiento de las diferencias entre un Mariano Rajoy en descenso de apoyos dentro del propio partido y una Esperanza Aguirre cada vez más activa e independiente, y con más seguidores, también hay que reconocerlo, supone para el PP en un momento en que las encuestas evidencian ya el deterioro electoral del PSOE, y en concreto de
Rodríguez Zapatero, con crecientes posibilidades para la oposición de consolidarse como alternativa a corto plazo.
Como la presidenta Aguirre es todo un carácter, no ha perdido un minuto para que el comité de dirección del PP de la Comunidad de Madrid ratificase el acuerdo del pasado mes de julio, conocido como “
pacto de estabilidad de Caja Madrid” y anunciar así la muy alta probabilidad de que su colaborador Ignacio González sea el candidato a la presidencia de la Caja en una “
lista única de consenso”. Desde luego, hay que reconocer que “atado y bien atado” lo parece, a la vista de la rapidez con que los responsables madrileños del PSOE, IU, CCOO y UGT se han apresurado a ratificarse en el “pacto de estabilidad”, que instalaría a Ignacio González en la presidencia y al socialista Gómez Moreno en la vicepresidencia de Caja Madrid, y a reclamar asimismo la no injerencia de las direcciones nacionales de Ferraz y Génova.
Tercero en discordia es el enemigo político interno de la presidenta Esperanza Aguirre y todavía alcalde de Madrid,
Alberto Ruiz-Gallardón, que se ha lanzado a promover para la presidencia de Caja Madrid la candidatura nada menos que de
Rodrigo Rato. Los más malévolos dicen que Ruiz-Gallardón pretende un doble objetivo: cerrar el paso a Ignacio González para debilitar políticamente a Esperanza Aguirre, y retirar a Rato, alejándole de la política, de esa permanente posición de ser “
el deseado” del centroderecha, algo tanto más importante cuando, por vez primera desde su llegada al poder en 2004, el descenso de popularidad de Rodríguez Zapatero tiene disparadas todas las alarmas en La Moncloa y en Ferraz.
En la raíz de ese desplazamiento de la voluntad de los electores está lo que ya no es percepción, sino evidencia, de que el gobierno de Rodríguez Zapatero ha perdido completamente el control de la situación económica, de manera que se acentúan, semana a semana, y el agravamiento del déficit público es sólo uno de los indicadores de la situación, las desventajas comparativas de la economía española, mientras el presidente, sumido en su raro mundo personal, nos saca a los españoles los colores con sus extrañas apariciones por donde nadie le llama, la última por el terrible conflicto de Oriente medio, que enfrenta al brutal terrorismo islámico con ese Estado de Israel que es un emblema del mundo libre, y donde Rodríguez Zapatero se ha movido como un elefante en una cacharrería.
Los indicadores económicos de nuestro país vuelven a empeorar, de manera que, siendo terrible lo ya pasado, pudiera ser peor lo que está por llegar. Los españoles saben que sin un sistema financiero capaz de dar créditos en condiciones normales, y mientras subsiste la parálisis del sector inmobiliario, hablar de recuperación ni siquiera es voluntarismo, es economía-ficción, máxime cuando la Comisión Europea acaba de advertirnos nuevamente de que la situación de las cuentas públicas de España es insostenible.
Mientras, la CEOE, víctima de un acoso gubernamental casi tercermundista, grita en el vacío la angustia del empresariado a un Gobierno que no quiere ni oír hablar de reformas y que se enfanga cada vez más en el descontrol del gasto público, sin que las restantes fuerzas parlamentarias, ni siquiera el PP, sean capaces de forzar al Gobierno a volver a la racionalidad económica o de impulsar un cambio de Gobierno para que otros hagan lo que es imprescindible hacer y hacer ya. La economía española se hunde en un naufragio de dimensiones históricas y la política permanece atrapada en raras conspiraciones dentro de los partidos