Recientemente, el Tribunal Constitucional invalidó la distribución gratuita de la anticoncepción oral de emergencia (píldora del día siguiente). A raíz de ello, hemos escuchado variados argumentos a favor y en contra, anclados en dos sistemas de pensamiento, ciertamente irreconciliables e irrefutables en sí mismos: los credos religiosos y las investigaciones médicas. Las creencias religiosas difícilmente se cambian y las explicaciones científicas terminan exigiendo un acto de fe, pues vaya uno – si no es médico- a entender argumentos por demás complejos. Por eso, la sensación que me quedó fue la de un diálogo de sordos entre sordos. Y cada uno (y cada una) con su propia posición sobre un tema que ciertamente agarra carne.
Curiosamente, la pregunta primordial es la que menos se han hecho quienes han discutido sobre este tema: “¿quién decide sobre mi cuerpo?”; es decir, ¿cuánto negocian los sujetos contemporáneos los límites de su libertad individual?
Lo más disparatado que he escuchado es que…”el cuerpo de la mujer no le pertenece” (Cipriani dixit). ¿Por qué el estado me pregunta si quiero donar mis órganos si sufro muerte cerebral en mi documento de identidad, pero a la vez me niega la posibilidad de decidir sobre mi propio cuerpo con relación a la anticoncepción?
¡Vivan los Estados Laicos! El cuerpo es más que un sistema orgánico, o un instrumento o recipiente ocupado por el alma y disociado de ella. El cuerpo es un vehículo de expresión y de recepción de ideas, sentimientos y afectos; es nuestra base de operaciones en el mundo. Por eso, ¡este cuerpo es mío!… sino, que me regresen a la Edad Media….