Apuntes desde la Sala. Todos morimos un poco
jueves 26 de abril de 2007, 20:30h
Actualizado: 19 de septiembre de 2007, 18:32h
Cuando abandona el sillón a la derecha del de Javier Gómez Bermúdez de la Casa de Campo y ocupa el centro del Tribunal en la sala de Audiencias número 2, del sótano primero, en la calle Génova, el magistrado Alfonso Guevara se olvida de los micrófonos. Da igual que los otros jueces o el secretario se lo acerquen a la boca a petición del público que asiste al juicio y no le oye. El sigue a su ritmo, en voz baja, para entenderse con el fiscal que se sienta enfrente de él o con los testigos, que comparecen un poco detrás del ministerio público y de pie frente al micrófono.
Entretanto, el etarra Jon Bienzobas parece una bestia acorralada en su pecera de cristal, casi siempre de pie, con las manos cogidas a la espalda, que se mueve de un sitio a otro, como quien oye llover. Le da igual que tras persianillas de plástico, que le impiden verlos, varios testigos expliquen como aquella horrorosa mañana del 14 de febrero de 1996 le vieron abandonar apresuradamente el despacho de Francisco Tomás y Valiente, tras disparar tres veces, con la pistola aún humeante en su mano derecha. Los entonces alumnos de Derecho, hoy once años más talluditos, explicaron que les encañonó y que les dijo “si me miráis os mato”. Le da igual. Se lo ha dicho claro al Tribunal por dos veces, porque aquí no solo es que el presidente Guevara hable bajo, es que la vieja sala de la Audiencia Nacional aún tiene problemas con la megafonía y muchas veces no hay quien entienda lo que se dice. El reconoce ser de ETA, no piensa contestar a ninguna pregunta y además “usted no es un juez para juzgarme a mí”.
BESO Y PUÑO. Desde la sexta y última fila de sillas del habitáculo que ocupamos el público, tras el cristal que nos separa de la Sala de juicios, quien parece ser la madre de Bienzobas le ha enviado un beso. Y el etarra ha correspondido con la mano abierta y levantada al saludo, puño en alto, de un individuo con rastas, varios aros en las orejas y pantalón vaquero pirata.
En medio de esa diagonal de miradas y complicidades entre el acusado y su colegui, sentado en la hilera de en medio, uno de los hijos del profesor Tomás y Valiente, escucha con entereza el terrible relato de la tragedia. Un alumno recuerda que al entrar en el despacho encontró al ex presidente del Tribunal Constitucional tumbado hacia atrás en su silla, lleno de sangre y con un orificio de entrada en un pómulo. Otro explica que entre cuatro lo sacaron del despacho porque aún tenía vida y lo metieron en el ascensor de la cuarta planta de la facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid. Buscaban desesperadamente el garaje para evacuarlo. Pero las prisas son malas consejeras y las puertas se abrieron en la primera planta. “Nadie se enteró”, cuenta con rubor el alumno. Pero el esfuerzo fue inútil. Cuando llegaron hasta el monovolumen en el que pensaban trasladarlo hasta un hospital había expirado.
Horas después los alumnos de la Universidad se cubrieron las manos con pintura blanca y las levantaron airados como protesta. Blanco de paz y mirada limpia contra el negro de la muerte provocada por una bestia sedienta de sangre. Solo una semana antes, en el País Vasco, habían matado también al dirigente socialista Fernando Múgica. Los alumnos habían aprendido las palabras de su maestro: “cuando ETA mata a alguno de nosotros morimos todos un poco”. Era como el testamento escrito unos meses antes en un periódico por Francisco Tomás y Valiente.
Se hará justicia y este Bienzobas si ha sido él o los demás Bienzobas se pudrirán poco o mucho en la cárcel. Pero alguien alguna vez tendría que pensar como evitar tanta mirada cruzada en una sala de Audiencias. Cómo proteger a las víctimas y a sus familiares de las chulerías de los reos asesinos y del coro de compinches que allí acuden para dar aliento a esas alimañas que se las dan de gudaris.