Una inmensa marcha, una de aquellas que marcan hitos en la vida política de las naciones, protagonizó ayer el pueblo de Guayaquil al salir multitudinariamente a las calles a clamar por la libertad, la equidad y las rentas para esa urbe, la más populosa del país.
Bajo el incontrastable liderazgo del alcalde Jaime Nebot, que ayer confirmó que tiene una inmensa conexión con su gente, los ciudadanos de esa gran urbe se movilizaron a la legendaria Nueve de Octubre, en donde una marea humana hizo sentir su malestar y su inconformidad con la manera en la que el Gobierno central está conduciendo los destinos de la nación y la forma cómo está actuando de cara a las ciudades ecuatorianas.
Las imágenes quedarán por mucho tiempo en la retina de la gente, haciendo recordar que la amenaza contra las libertades, y las muestras de marginación a un popular Municipio son ingredientes suficientes para levantar a la gente y movilizarla a las calles.
La protesta de ayer fue altiva, colorida, alegre, pero también firme, reflejando la propia manera de ser del habitante de Guayaquil.
Los gritos de la protesta retumbaron por todo lo alto, por lo que nadie en el Ecuador habrá quedado impasible tras semejante muestra de rebeldía y coraje de un pueblo que se siente maltratado por el poder central.
Aunque el presidente Correa haya optado por ir a Cuba, justamente la fecha de la marcha de Guayaquil, sería absurdo pretender desestimar el reclamo ciudadano.
Si tanto dice el Gobierno escuchar a los ciudadanos, no puede dejar de atender los reclamos de sus mandantes, los habitantes de Guayaquil, crisol de la ecuatorianidad, en donde habitan hombres y mujeres de todas las regiones de la patria y que, una vez más, ayer demostró tener la legitimidad suficiente para exigir rectificaciones y nuevos rumbos a quienes, por decisión popular, ocupan las más altas dignidades en la nación.