La puja de fuerzas entre el Presidente de la República y el Alcalde de Guayaquil, y junto con él gran parte de la fragmentada oposición, tuvo ayer otro episodio. Miles de personas colmaron una de las principales avenidas del Puerto Principal, para reclamar en contra de lo que consideran un trato injusto a su ciudad. No pocos lo hicieron como muestra de rechazo a la política y la ideología que sustentan los actuales inquilinos de Carondelet.
Previo a la marcha, el cruce de acusaciones entre el Gobierno y la Alcaldía llenó abusivamente los espacios publicitarios de los medios independientes y de los gubernamentales.
Ambas partes nos obligaron a cuantos vivimos en el resto del país, a pasar de espectadores a participantes de una polémica que en principio debió canalizarse por vías constitucionales. Se nos involucró a todos, y por tanto nos asiste el derecho de pedir un poco de sensatez a los nuevos y viejos políticos que, desde distintos niveles, nos gobiernan.
Sin embargo, mientras todo esto sucedía en el país, el Presidente no pudo posponer una intervención quirúrgica y se marchó a Cuba. Un lamentable (por soberbia) gesto que echa más leña al fuego del enfrentamiento y que no le allana el camino en los años que le restan al frente de esta República a la que el infortunio no abandona. Una actitud de la que, más temprano que tarde, cosechará frutos muy amargos.
La Historia se construye día a día, y las oportunidades de mejorarla no suelen repetirse, en particular en el terreno de la política. La marcha en Guayaquil es uno de esos acontecimientos que la sustancian.