Corre últimamente por nuestra geografía, dentro de un pequeño brote verde de nuestra tradición humorística española, el chiste de que
Zapatero es presidente de España y Portugal, pues es el presidente de “españoles ilusos”. Este sábado 12 de junio se ha celebrado un acto en el Monasterio de los Jerónimos de Lisboa al que siguió otro en el Palacio Real de Madrid, y al que acudió, entre otros, nuestro presidente del Gobierno para conmemorar el 25 aniversario de la adhesión a la entonces CEE de Portugal y España. Pero, más allá de lo estrictamente ingenioso y gracioso de la bufa, no está de más reconocer que la actualidad nacional nos ha llevado a un escepticismo más que preocupante. La falta de credibilidad de nuestros políticos se ha visto engordada por los abundantes casos de corrupción que salpican por doquier la vida pública. El político sin oficio ni beneficio antes de su ingreso en la política, la permanencia insistente de muchos de ellos en la actividad, el blindaje a la hora de abandonar el cargo y sus privilegios más que ostentosos en nuestra sociedad empobrecida, abonan decisivamente el concepto crítico que tenemos hacia ellos en general.
No estaría nada mal que se propusieran un plan de choque para rehabilitar su imagen pública tan depauperada, a través de una campaña de hechos y gestos, para reivindicar su buen nombre. Así por ejemplo, provocado por el tema de los trajes de Camps, la Generalidad Valenciana publicó en su Boletín Oficial el patrimonio de todos sus altos cargos y el Gobierno de España el de sus ministros. Gestos, que deberían extenderse a todos los gobiernos autonómicos, diputaciones y ayuntamientos.
Han de cumplir su deber, hoy tan en desuso, de cercanía a los ciudadanos. Siempre me ha sorprendido la tardanza en la concesión de citas – dos, tres meses o más - para tratar un problema, cuando ya la cita no tiene objeto, o la situación ha empeorado. La modestia, pues parece que, una vez pasadas las elecciones, de lo prometido, ya veremos. La austeridad, en sus gastos, viajes y celebraciones; el trabajo serio, constante y eficaz; la transparencia en sus gestiones y objetivos; la honestidad consigo mismos, sus partidos y con los ciudadanos desterrando el nepotismo y teniendo siempre las maletas hechas para abandonar el cargo, etc. Todo para que no pensemos los votantes que los políticos van a la política a resolver su problema y no nuestros problemas. Es decir, y dicho de otra manera, el certificado de calidad y de excelencia que se exige a nuestras empresas ya es hora de que vaya imponiéndose en la política.
Puede que nuestra democracia representativa necesite un ajuste serio y vigoroso para que antes de las elecciones nos convenzan, primero, de que decidamos ir a votar y, luego, podamos elegir entre los buenos al mejor, y no al menos malo. Esa regeneración democrática urgente es un clamor popular para que nuestros políticos no sean un problema, sino la solución a los problemas generales. En tanto no se comprenda por nuestra clase política que los españoles ya no somos los ilusos que ellos piensan, sino gente madura que exigimos que se nos ilusione para votar, ellos serán para nosotros los ciudadanos los auténticos y verdaderos ilusos, que merecen nuestra más que justificada indiferencia.
Jesús Pérez López. Abogado.