En la escalera del ayuntamiento de Toledo, están grabadas unas décimas del “Decálogo del buen regidor” del poeta del siglo XV
Jorge Manrique cuyos versos esenciales dicen: “Por los comunes derechos –dejad los particulares”. No se si este consejo sería bien asumido por los regidores de entonces pero, a juzgar por las numerosas causas de corrupción de nuestros días, no es norma tenida en cuenta por variados intrusos en la política actual.

Es deplorable que la vida pública se vea salpicada reiteradamente por indicios de corrupción que terminan en la crónica de tribunales. Pero lo peor no es la fase judicial a la que termina por corresponder la confirmación, sanción o absolución de estas conductas indiciarias, sino el clima previo en que estas conductas se han desarrollado en instituciones políticas. Las invocaciones a la presunción de inocencia que ampara a todo enjuiciado no deja de ser un derecho que protege a todo acusado pero no es una excusa para justificar la responsabilidad de quienes por falta de celo o cortedad de visión han dejado llegar las cosas hasta un punto que solo puede resolver la justicia.
En muchos casos y en diversas formaciones políticas y organismo administrativos –los hay para dar y tomar de todos los colores- da la impresión de que hasta que ciertos asuntos llegan a los medios informativos o a los estrados judiciales ha abundado lo que castizamente se llama “la vista gorda”. Es decir, que se ha practicado el arte de hacer alguien como que no se entera de conductas que debería reprender o corregir antes de que se convirtiesen en causa judicial. Porque la obligación de los políticos debe ser `previsora a la pena de banquillo y aún a la llamada pena de televisión. No basta esperar a que los indicios razonables de culpabilidad sienten ante el juez a los sospechosos. Esto puede entenderse en el campo de la delincuencia común pero no disculpa la falta de celo de los responsables políticos de la selección de personal y de la observación de sus manejos. Ha existido y existe exceso de “vista gorda” en la vida pública y no es suficiente disculparse con reacciones tardías de una mala gestión ajena. El celo que se demuestra tantas veces en desplazar disidencias ideológicas o distancias personales en la vida política más valiera que se aplicase en alejar a su debido tiempo conductas cuando menos sospechosas.