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Estatución

Estatución

lunes 17 de mayo de 2010, 17:37h
Última actualización: martes 18 de mayo de 2010, 13:40h
El Sr. Montilla y sus asociados se expresan como si su famoso Estatuto fuese una Estatución y la Constitución del Reino de España un Constituto. En una curiosa inversión de valores se empeñan en autoconvencerse y convencer a quien quiera oírlos que es la Constitución la que debe adaptarse al Estatuto y no al contrario. Lo cual, lo único que demuestra es que están totalmente convencidos de la inconstitucionalidad del texto que fabricaron con el beneplácito del Presidente Zapatero.

Están tan convencidos de su empeño como, en sentido contrario, el Tribunal Constitucional que se resiste tozudamente y a través de los tiempos a fabricar una sentencia a la medida de las presiones que recibe, ya que para decir “amén” no hacía falta tejer y destejer borradores durante cuatro años. La única duda del Tribunal está en si el Estatuto es algo inconstitucional o muy inconstitucional. Porque sean cuales sean las ideas políticas y las presiones a que se somete a un jurista, si este merece tal nombre, el cotejo entre dos textos legales es una ciencia objetiva y su análisis razonado no admite mucho margen de maniobra.

Que Zapatero o Montilla estén preocupados por las consecuencias de su irresponsable e innecesaria iniciativa parece natural. Lo que no parece tan natural es que los sectores puramente nacionalistas cuya meta ilusoria es la independencia, estén tan interesados en la constitucionalidad del Estatuto cuando lo propio sería que cuanto menos constitucional –es decir, menos español- mejor. Quizá sea porque el  minoritario refrendo popular del famoso Estatuto fue un cierto éxito en comparación con la ridícula asistencia a las consultas irregulares que han ido celebrando en municipios cuidadosamente seleccionados por su previa propensión electoral más favorable al nacionalismo y donde, a pesar de no haberse realizado campaña en contra `por parte de nadie, no llega al veinte por cien el número de vecinos interesados en el experimento. En definitiva, parecen pensar  que más vale amoldar el pastel, aunque sea bajo presión y con correcciones, dentro de la realidad política-institucional llamada España que seguir alimentando con el merengue infantil de los Países Catalanes a unos  cuantos escolares que se van desengañando en cuanto sientan cabeza.
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